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domingo, 8 de julio de 2018

FISGONES



Antaño ser espía era una profesión de riesgo, llevada a cabo por señores, y también señoras, altamente entrenados que llevaban a cabo su labor en unas condiciones duras y utilizaban medios no tan sofisticados para comunicar con sus jefes las pesquisas realizadas. Hogaño supongo que seguirán existiendo de este tipo, pero han surgido nuevas formas que utilizan los medios más sofisticados que el estado de la tecnología actual pone a su alcance. Y encima los llevamos nosotros mismos en el bolsillo y ahora empezamos a meterlos en el salón de nuestras casas.

Hace unas semanas me llegó un correo electrónico de AMAZON ofreciéndome un (quizá envenenado) regalo: probar de manera gratuita un archiperre suyo, el ECHO, un aparato tecnológico que cuesta más de cien euros y que me enviaban a cambio de prácticamente nada, bueno, participar en sus correos y encuestas con mis impresiones sobre su uso. Mi buen amigo Manolo me llamaba la atención sobre estos asuntos y me recordaba la frase que se nos olvida con bastante frecuencia: «Cuando algo es gratis, el producto eres tú».

Cuando llega el aparato a casa, comprado o regalado, lo único que hay que hacer es enchufarle a la corriente y configurarlo de una manera básica desde una aplicación en el móvil o en la tableta donde se le dice lo más importante y que necesita de forma vital: una conexión a internet. Ya está, desde ese momento tienes una «amiga» en casa que te ayuda en todas tus necesidades. Digo amiga porque por lo general adoptan nombres femeninos: Alexa, Cortana, Ana… Uno de ellos, que se ha hecho famoso esta semana, se llama Siri, no sé si masculino o femenino y es como (casi) todos sabemos el asistente que utiliza la plataforma Apple en sus Macs o Iphones para los asuntos de reconocimiento de voz.

Un político inglés tenía la palabra en una sesión en el Parlamento cuando su teléfono se puso a hablar aportando información sobre lo que estaba tratando en su discurso. Su disertación versaba sobre Siria y, claro, las cuatro primeras letras de Siria son Siri, con lo que el aparato se dio por aludido, pues estaba «escuchando», y se lanzó a intervenir ante el asombro de su propietario y de todos los parlamentarios ingleses que asistieron atónitos a las explicaciones que aportaba el smartphone.

Google Home, Amazon Echo, HomePod de Apple… quieren ocupar un lugar en nuestras vidas y estar permanentemente enchufados y alerta en el salón de nuestra casa. Un poco de investigación me ha permitido conocer que la OCU alertó ya hace un par de años sobre juguetes inseguros como puede verse en el trino capturado en la parte derecha de la imagen que acompaña a esta entrada. La inseguridad estaba, precisamente, en su conexión a internet. Noticias más recientes hablan de que la venta de la muñeca del centro ha sido prohibida en Alemania, al descubrirse que transmitía información a una empresa norteamericana especialista en reconocimiento de voz. La muñeca «ayudaba» a las niñas e interaccionaba con ellas, bien con datos almacenados en el programa informático que la controlaba, bien con datos recogidos de internet o bien con… ¡comunicaciones directas con alguien al otro lado! La muñeca «amiga» se llama Cayla y la noticia se puede leer todavía en este enlace.

Pensémoslo detenidamente. Si la muñeca, o el cachivache, tiene conexión a internet… ¿qué impide que esté mandando información ─sonido, imágenes, ubicación─ a través de la red a algún destino ignoto? Habíamos empezado a asumir que nuestros ordenadores nos espiaban y de hecho es frecuente ver a muchos portátiles con la cámara tapada con cinta aislante. También que lo hacen nuestros móviles, a los que pretendemos vigilar para evitar que lo hagan: ¡qué confiados somos! Si yo desconecto el GPS o el micrófono de mi teléfono y este me «dice» que están desconectados… ¿están desconectados de verdad? ¿cómo lo puedo asegurar? Al final todo está controlado por un programa informático que me puede decir misa en latín y por detrás estar haciendo otra cosa. La prensa ha hablado de una aplicación de fútbol que se utilizaba para detectar los bares que ponían los partidos en la televisión sin haber pagado los derechos.

Si entramos en casa y tenemos nuestro aparato conectado para decirle: «Ok. Alexa, pon música» o «Ok. Alexa, recuérdame a las 18:55 que llame a mi madre», eso significa que Alexa está permanentemente, repito e insisto, permanentemente, escuchando, para poder responder a nuestras peticiones. Además, dispone, porque nosotros se lo hemos dado, de acceso a internet, de nuestras claves de correo electrónico si queremos que nos lea los correos, de nuestra suscripción a canales de televisión o musicales, si queremos que nos encienda la televisión o nos ponga nuestra música preferida. A medida que vayamos «delegando» tareas tendrá más información sobre nosotros.

El aparato por lo general estará en el salón de la casa. Oyendo permanentemente, grabando todo lo que se habla, posiblemente «viendo» lo que allí ocurre y quién sabe si transmitiendo a todo transmitir como hacía la muñeca antes aludida, Nuestro «asistente» sabrá cuando llegamos a casa, cuando encendemos la televisión y que cadenas o programas vemos, cuando apagamos la luz por la noche, etc. etc.

Silvia Barrera, una ex inspectora de policía, decía: «El cambio tecnológico ha sido brutal y nadie nos ha enseñado a gestionarlo. Los menores que acceden ahora dependen de unos padres que no tienen ese conocimiento y en la escuela tampoco se enseña». Vamos oyendo cosas, pero seguimos sin preocuparnos demasiado de ellas y cayendo poco a poco en unas redes que como las de araña nos envuelven más y más hasta ahogarnos y dejarnos a disposición de la araña, que solo tiene que venir a recoger la presa cuando está ya está exhausta.

«Lo que la publicidad no te cuenta sobre los nuevos "altavoces inteligentes"» es un artículo muy interesante que puede leerse en este enlace en www.eldiario.es. No podemos controlar los dispositivos que utilizamos, solo fiarnos de lo que ellos o las empresas que los controlan nos «digan». Y yo, como ya dije en la entrada «CONFIANZA» de este blog, ya no me fío ni de mí mismo.