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domingo, 15 de marzo de 2020

TRASTOCADOS


Aunque hay otros muchos temas revoloteando en el ambiente, está claro que en estos días de marzo de 2020 el principal tema de conversación, y de preocupación, es el famoso coronavirus COVID-19 que trae en jaque a la población mundial con mayor o menor influencia según los países, pero que en España ha llevado al Gobierno, tras algún tiempo de dudas y titubeos, a convocar el llamado «Estado de alarma» para poder frenar la expansión de este enemigo invisible que se propaga a toda velocidad afectando a todas las capas de la población y causando más muertes reales que las que en principio los expertos vaticinaban.

Me retrotraigo unos años, casi 30, para contar una historia que a alguno de los lectores de este blog les sonará. Yo estaba abandonando mi empresa de toda la vida tras veinte años de trabajo para incorporarme al departamento de informática de otra empresa de mucho menor tamaño. Éramos unos veinte los que desde varias de las empresas más punteras del país nos habíamos sentido ilusionados para incorporarnos a este departamento en el que ya laboraban unas ochenta personas. La palabra clave era «ilusión» en un nuevo proyecto porque muchos de los que nos incorporábamos, al menos yo, nos cambiábamos de empresa perdiendo dinero, mucho dinero, en este cambio. Los trabajadores se cambian de empresa para mejorar, pero yo elegí mejorar en ilusión, aunque perder en salario.

La incorporación de los veinte «nuevos» al departamento no fue un camino de rosas. Una mala presentación de los directivos como «los que vienen a enseñaros» hizo que los antiguos trabajadores que se dejaban la piel allí montaran en cólera contra los recién llegados, que por todos lados encontraban malas caras y, digamos, poca colaboración en unos comienzos que siempre son difíciles. El ambiente no estaba para bromas.

Pero hete aquí que, en un par de meses, todos, nuevos y antiguos, se vieron afectados por la declaración de que se nos iba a trasladar a una nueva empresa por fusión de varias. Las condiciones en el nuevo puesto de trabajo no eran ni mucho menos satisfactorias sobre todo en cuanto a los horarios se refiere, ya que pasábamos de acabar nuestra jornada diaria de las 15:00 a las 17:30, un verdadero horror para todos. Aprovecho para manifestar que la jornada continuada de 08:00 a 15:00 es la mejor y más productiva por mucho que los abanderados del «estar estando que no trabajando» sigan insistiendo en que los trabajadores se pasen horas y horas en los puestos de trabajo.

En un abrir y cerrar de ojos, la «animadversión» entre nuevos y hallados se esfumó. Había un enemigo común y hubo que hacer una piña para defender nuestros intereses contra el enemigo que atentaba contra nosotros. La unión estuvo servida por la agresión exterior contra todos que disolvió de un plumazo esas pequeñas desavenencias que, tengo que reconocerlo, poco a poco iban remitiendo.

En alguna ocasión anterior, en este blog, he comentado medio en broma, medio en serio, que nos vendría bien que nos invadiera Portugal —mi más sincera admiración por este país y su transformación en los últimos años a la chita callando—. No ha sido Portugal el país que nos ha invadido sino otro más sibilino y oculto, invisible y poderoso, dañino y difícilmente combatible al menos en estos primeros momentos. Las sociedades occidentales que se las dan de avanzadas se demuestran como gigantes con pies de barro, de cristal diría yo, para hacer frente a esta agresión. La movilidad mundial que nos permite estar hoy aquí y dentro de un rato en Milán o en Wuhan también facilita el llevarnos y traernos con nosotros unas miasmas que regalar a nuestros vecinos de avión, autobús, manifestación o trabajo. El regalito circula ya libremente y sin mucho control por la gran mayoría de países del globo, con mayor o menor incidencia en ellos por el momento.

Parece que China, donde se detectó el primer foco hace meses, ha controlado el asunto. No podemos comparar el sistema político de China con el de España a la hora de tomar decisiones, implementar disposiciones y hacerlas cumplir. Las actuaciones que no califico de ninguna manera, ni buenas ni malas, de los diecisiete más dos reyezuelos de taifas que tenemos actualmente en España, han sido de lo más dispar haciendo que, por ejemplo, dos autonomías cerraran sus centros educativos mientras las otras seguían como si nada pasara. Y algo parecido con el sistema sanitario, que al igual que el educativo tiene sus competencias cedidas a esos reinos de taifas en los que cada uno tira por su lado en función de sus reyezuelos.

El enemigo es común y el frente que hay que hacer es común. Mientras Europa sea una comunidad económica y no política, los países y sus habitantes deben actuar todos a una contra el enemigo común. Parece que aquí no estábamos en esa línea y el Gobierno ha tenido que poner, bien es verdad que un poco tarde en mi opinión, todos en fila y bajo una única unidad de actuación. Bueno, al menos lo está intentando porque ayer vimos cómo se llenaba el aparcamiento de La Pedriza como si estuviéramos de vacaciones y en el campo, aglomerados, no nos fuéramos a contaminar. La Semana Santa podría haberse suspendido en Andalucía, pero no en Castilla León y zarandajas por el estilo que no aventuran nada bueno y que demuestran que no podemos ir cada uno por su lado. Algunos reyezuelos que clamaban y despotricaban contra el gobierno ahora piden ayuda. Ya no dicen que les roba, sino que les ayude.

El tema da y va a seguir dando mucho. Lo que se oye en las redes o en los medios es demasiada «mala baba» de unos contra otros, perdiendo un tiempo y unas energías preciosas en ponernos todos a remar en la misma dirección y contra el frente común que no entiende de ideologías ni de consignas políticas. Situaciones graves como estas son una demostración de que ciertos sectores claves —menos mal que el ejército no lo está— no deberían estar en manos «privadas» o de «reyezuelos».

El problema es que esto pasará, pero como ya ha ocurrido numerosas veces en la historia, no aprenderemos la lección. Hacen falta recursos creativos y emplear las posibilidades que nos brinda la tecnología actual para sentar las bases realistas que nos puedan ayudar en un futuro con situaciones como esta o similares. Pero tardaremos mucho en recuperar la normalidad en todos los ámbitos —económico, educativo, sanitario…— y debería ser entonces, cuando todo esté tranquilo, cuando de una manera pausada y con cabeza se deberían implementar todas esas cosas que oímos ahora como teletrabajo, clases a distancia y similares. Cuando el país está, como decía mi abuela, «patas arriba», no es momento de implementar soluciones de pan para hoy y hambre para mañana. 



domingo, 8 de marzo de 2020

EXTRAPOLAR




Leo con absoluto estupor que en 2016 la Guardia Civil de Tráfico incoó a conductores 164.595 expedientes por asuntos relacionados con el alcohol y las drogas. Me parece una enormidad, pero la fuente es más o menos fiable. Esa exorbitante cantidad se desglosa en 102.818 expedientes de tipo administrativo y 61.777, —¡¡¡61.777!!! de tipo penal. Con esta cantidad de infracciones detectadas —a saber cuántas habrá no detectadas— uno se echa las manos a la cabeza y piensa aquello de que no pasan más cosas porque Dios no quiere, que diría un creyente. Conductas violentas y agresivas en el mundo del tráfico están a la orden del día, culminando en algunas ocasiones en accidentes y delitos.

Me viene a la mente la lectura ya hace años de un libro maravilloso y muy recomendable titulado «El señor de las moscas», de William Golding. Una treintena de muchachos sobreviven a un accidente en una isla desierta. Ningún adulto está con ellos y desde el primer momento surge la idea y la necesidad de organizarse mientras suspiran por la aparición de un barco en el horizonte que se acerque a la isla y los devuelva a casa. Organizarse es la palabra clave. Cuando en un espacio compartido hay más de una persona, incluso habiendo solo dos, surge la necesidad de acordar una serie de normas para que la convivencia resulte llevadera y ambos sepan a qué atenerse. Si esto ocurre en la vida real en una casa con dos moradores, o en la imaginación de esa isla con treinta muchachos, que no deberá ocurrir en el mundo real.

Si nos circunscribimos al mundo del tráfico rodado, las normas tratan de garantizar un adecuado sincronismo entre lo que podemos y lo que no podemos hacer y cómo debemos comportarnos cuando estamos a los mandos de un vehículo. Las normas van cambiando y los conductores no siempre nos actualizamos, cuestión que estoy comprobando en estos días dado que mi hija se está peleando con el teórico para sacarse el carnet de conducir y me hace algunas preguntas que no alcanzo a contestar o, lo que es mucho peor, las contesto mal dada mi desactualización tras cuarenta y muchos años conduciendo.

Pero algunas normas son de sentido común y ni tan siquiera sería necesario que nos las grabaran a sangre y fuego. Conducir bajo los efectos del alcohol o las drogas es un peligro para nosotros mismos, —allá nosotros— pero también para los demás a los que podemos llevar a situaciones escabrosas sin comerlo ni beberlo por una mala práctica nuestra. Las señales de tráfico están para recordar las normas, pero muchas veces, aun conociendo perfectamente su significado, nos las saltamos a la torera: aparcando en un sitio prohibido al pensamiento justificativo aquel de «si no molesta».

Hay veces que no hay señales, pero el sentido común indica no llevar a cabo determinadas actitudes. Ya se sabe que el sentido común es el menos común de los sentidos y, lo que es mucho peor, cada persona tenemos «nuestro» sentido común, que no tiene forzosamente que coincidir con el de otros.

Vean la fotografía que ilustra esta entrada. Un enorme aparcamiento para coches frente a una de las entradas de un campus universitario. Las personas que aparcan en él son trabajadores o alumnos de la universidad porque los profesores tienen aparcamiento en el interior. Pongamos que la generalidad son alumnos, insisto, universitarios.

Tenemos la tendencia de llegar con el coche hasta el punto más próximo posible a nuestro destino. Si nos dejaran entrar a clase sentaditos en nuestro coche… lo haríamos. En la puerta de acceso NO HAY ninguna señal de tráfico que indique que está prohibido aparcar. Por tanto, se puede aparcar. Pero… ¿es realmente necesario? Bloquear una puerta, generalmente de peatones pero que en caso de emergencia puede necesitar ser utilizada por vehículos de emergencia, bomberos, ambulancia, policía… no parece una buena idea y puede entrar dentro del saco del sentido común; máxime cuando se puede dejar el coche a muy pocos metros sin estorbar. ¿Se imagina Vd. lo que ocurre? Vea las siguientes imágenes.



Coches aparcados en plena puerta. Un poco más y hay que ponerse de perfil para poder entrar. Como el sentido común no basta, al parecer, los empleados de la universidad colocan y retiran a diario unas vallas para refrescar el sentido común e instar a los sufridos conductores a no aparcar sus coches a la vez que velan por su salud al obligarles a dejar el vehículo «un poco más allá» y dar unos pasos, pocos, que serán buenos para su salud.


Pero somos reincidentes, recalcitrantes, insistentes. Uno de los días de esta semana había un fuerte ventarrón. Las vallas azules son de plástico, por lo que con buen criterio el empleado encargado de su colocación no las puso para evitar que aparecieran en vaya Vd. a saber dónde impulsadas por el viento. ¿Se imaginan Vds. lo que pasó? La respuesta la tienen en la fotografía superior: no había vallas, ergo se podía aparcar. Aparquemos pues.

Nos dice el diccionario que extrapolar es «aplicar a un ámbito determinado conclusiones obtenidas en otro». He mantenido en muchas de las entradas de este blog que el tráfico es un espejo de la educación de la sociedad, una educación que en muchos aspectos brilla por su ausencia. Está claro que no debemos aparcar delante de esa puerta, está claro que no podemos aparcar subidos a una acera, pero si no tenemos unas vallas o unos bolardos que nos lo impidan… «ancha es Castilla». No se puede generalizar, pero los que aparcan el coche en plena puerta... mañana, serán directivos, policías, jueces, médicos, albañiles… Volviendo al tema religioso… ¡Qué Dios nos pille confesaos!



 





domingo, 1 de marzo de 2020

CELULAR



El título de esta entrada es un guiño a nuestros hermanos americanos que utilizan este vocablo para designar los teléfonos inteligentes, esos que se han convertido en amigos inseparables nuestros casi en todos los momentos del día. Había pensado en titular esta entrada «Smartphone», pero me hubiera ganado con toda justicia una reprimenda de mi buen amigo Juan por aquello de emplear palabras inglesas o extranjeras cuando en nuestro rico y extenso vocabulario podemos apañarnos; lo que ocurre es que desde hace ya más de doce años que llevo escribiendo mis ocurrencias en este blog trato de emplear un solo vocablo para los títulos… y los sinónimos se van acabando a medida que pasa el tiempo. Otro posible título podría haber sido «MÓVILES» pero ya fue utilizado en enero de 2010.

Hace unos días he asistido a unas charlas sobre lo que se ha dado en llamar transhumanismo. Han sido dos de muy diferente signo ya que una estaba enfocada desde un punto de vista filosófico-literario y la otra desde un punto de vista tecnológico. No es posible encontrar en el diccionario una definición de este concepto. Aunque el prefijo «trans-» indica «al otro lado de o a través de», no es muy de aplicación en este caso ya que haría falta una tercera acepción del tipo de «más allá de». Resumiendo, en muy pocas palabras, el transhumanismo trata de la mejora de las capacidades humanas e incluso la prolongación de la vida de forma indefinida, más allá de la muerte y por lo general apoyándose en apechusques tecnológicos.

Y que mejor archiperre que un teléfono inteligente incorporado a nuestras vidas. Ya hemos comentado que lo que menos es es un teléfono, pues aunque de vez en cuando hablemos por él, llevamos una linterna, un GPS, una agenda, el correo electrónico, cámara de fotos y vídeo, los diarios, el tiempo que va a hacer, acceso a internet y un montón de aplicaciones más que sería eterno detallar aquí pero que prolongan nuestras capacidades humanas hasta extremos que hace muy pocos años eran impensables. Podemos llevar en la memoria, en la memoria del teléfono, todos los apuntes de nuestros estudios, miles de documentos, libros, fotografías… y es casi como si los lleváramos en nuestra propia memoria humana, muy potente pero claramente limitada comparativamente. 

Hay un segmento de la población que tiene algunas dificultades con el uso de estas tecnologías tan avanzadas: los «yo-yas», los abanderados del «yo ya no estoy para estos trotes». Las edades de estos «yo-yas» están en un abanico muy amplio, pero por lo general se ubican en las últimas etapas de la vida. Lo que sí han hecho es un esfuerzo por manejar de alguna manera los teléfonos inteligentes, muchas veces presionados por sus hijos, para tenerlos localizados y poder hablar con ellos desde cualquier parte del mundo donde se encuentren.

Yendo a un ejemplo concreto, tengo algunos amigos que se acercan a los ochenta y que conducen perfectamente sus vehículos. Por aquello de que están jubilados y «no hacen nada» salvo esperar en sus casas los mandados no solo de familiares sino también de amigos, amiguetes, vecinos y hasta compañeros de clase, muchas veces son los encargados de hacer de taxistas para transportar personas a algunas actividades o bien recogerlas cuando llegan a los aeropuertos o a las estaciones de autobuses. En todos los sitios surge la figura del aparcamiento, por lo general de pago. Y este pago cada vez más es impersonal, a través de máquinas, con tarjetas, billetes o monedas.

Esto mismo ocurre en las famosas «zonas azules» o «zonas verdes» que hace bien poco eran exclusivas de muy grandes ciudades y que ahora nos encontramos en cualquier pueblo y hasta en la playa. El andar buscando la maquinita para meter las moneditas que eviten la multa muchas veces no es tarea fácil, no solo por llevar calderilla a mano sino por introducir la matrícula, saber la zona y otras zarandajas que convierten la operación de aparcar un rato en un quebradero de cabeza, directamente proporcional a la edad.

Hay aplicaciones para todo. Podemos llevarlas en nuestro teléfono inteligente y utilizarlas en diferentes acciones de nuestra vida, pero para ello hay que dejar de ser un «yo-ya» y dedicar un tiempo, variable según la predisposición y los conocimientos personales, a instalar, configurar y poner en marcha las diferentes aplicaciones que nos hacen la vida mucho más sencilla. Compare Vd. el pagar una zona azul para estacionar el coche con moneditas en la máquina o desde el teléfono inteligente. No tiene color y merece la pena para evitarse desplazamientos, tickets, ampliaciones si se nos acaba el tiempo…

Yo llevo dos APP’s en el teléfono para el tema de la hora y los aparcamientos, pues una funciona en algunas ciudades y la otra en otras. La imagen que acompaña a esta entrada es «otra» aplicación, la de AENA, para pagar en los aparcamientos del aeropuerto de Barajas y posiblemente sea válida para otros aeropuertos del país, cuestión que desconozco pues todavía no me ha surgido el «mandado» de recoger a nadie en otros aeropuertos. Pero todo llegará: un familiar residente en Madridque se marcha de vacaciones a Noruega me ha dicho que ha sacado los billetes desde el aeropuerto de Alicante porque los precios no aguantan comparación; le merece la pena la ida y vuelta al aeropuerto de Alicante y el aparcamiento del coche allí con tal de ahorrarse una pasta gansa en el precio de los vuelos. ¡Vivir para ver! Hay veces que cuesta más el taxi o el aparcamiento en el aeropuerto que el propio billete del avión.

Hay cosas costosas, en mayor o menor medida en función de nuestras necesidades. La tecnología lo es. Pero en muchas ocasiones nos compensará el tiempo dedicado a inmiscuirnos en ellas, tiempo que se irá progresivamente reduciendo a medida que cojamos práctica y soltura. El pedir al compañero de clase o vecino que «nos compre una cosa en internet» puede estar bien la primera vez o la segunda, pera a la tercera se cansará y nos mandará a freír espárragos o gárgaras. Eso cuando no lo haga a la primera si por alguna cuestión hay que devolver el pedido…



domingo, 23 de febrero de 2020

MAYRIT



Al parecer la fundación de la ciudad de Mayrit, —Madrid—, se remonta a una decisión de los árabes en el siglo IX en consideración, entre otras cosas, a la abundancia de agua en la zona. Las vicisitudes de Madrid fueron variadas a lo largo de los siglos hasta que la cabeza visible de la Monarquía Hispánica, Felipe II, decidiera en 1561 establecer la Corte de manera estable en la ciudad de Madrid. Hasta entonces, los diferentes reyes castellanos iban moviéndose por las ciudades importantes del reino, Segovia, Toledo, Valladolid e incluso Granada, arrastrando una serie de seguidores y estamentos que suponían un coste elevado para las arcas que en muchas ocasiones estaban llenas de… telarañas.


Una veintena de años más tarde  y con motivo de ser coronado rey de Portugal el propio Felipe II, hubo un intento de mover la capital de la península a Lisboa por aquello de la miríada de posesiones allende los mares en todo el orbe. Pero la cosa no cuajó y la «capitalidad» se quedó en Madrid. Con excepción del «pelotazo urbanístico» propiciado por el Duque de Lerma, mano derecha de Felipe III, con el traslado de la corte a Valladolid por unos años, Madrid ha sido ya desde hace siglos la sede de las altas instituciones del Estado y sus gobernantes en las diferentes formas, monarquía, república o dictadura, que los siglos han ido observando.


Cada vez menos se puede hablar de política, de religión, de fútbol y de casi nada, porque somos unos campeones en no respetar las opiniones de los demás y en estar convencidos de que lo que nosotros pensamos es lo único válido. Ponemos las emociones por encima de todo y aunque no tengamos para comer, para vivir, para recibir una educación o una sanidad o para otros menesteres, nuestras opiniones van a misa —no hablemos de religión— y defendemos a capa y espada, literalmente a mamporros, lo «nuestro».


Y ya que aludimos a Lisboa, bien nos iría echar una mirada a nuestros vecinos, que muchas veces han sido considerados como «inferiores» y a su marcha en los últimos años, de una manera callada, sin hacer ruido, para ir sentando unas bases estables del país en un crecimiento moderado del que yo al menos siento una cierta envidia. Las noticias nos hablan todos los días de Venezuela, de EE.UU. y de otras partes del mundo, pero nadie habla de los portugueses. No sé si eso es bueno si hacemos caso al refrán ese que dice que «hablen de mí aunque sea mal…». En algunos momentos pienso que sería bueno que, como en los siglos pasados, nos invadieran los portugueses a ver si aprendíamos algo y dejábamos de mirarnos el ombligo para dar importancia a las cosas que realmente la tienen.


Los que vivimos en Madrid, que es ciudad, provincia y autonomía, todo a la vez, tenemos que soportar la carga de esa centralidad que desde hace siglos nos impuso Felipe II. Yo tengo la impresión de que algunos españoles de algunas zonas de España me odian sin que yo crea haberles hecho nada, ni siquiera he tenido contacto con ellos. Y solo por el hecho de vivir o estar en Madrid y debido a una figura gramatical de nombre extraño, sinécdoque, que consiste según el diccionario en «designar una cosa con el nombre de otra, de manera similar a la metonimia, aplicando a un todo el nombre de una de sus partes, o viceversa, …».


Pudiera parecer que los madrileños tenemos la culpa de todo lo que sucede en España o en el Mundo mundial por el hecho de que el gobierno de la nación resida aquí. Frases como «eso lo tiene que solventar Madrid», «se decidirá en Madrid», «a ver con qué nos sale esta vez Madrid» o similares que se escuchan con frecuencia, calan en el subconsciente de muchas personas, sobre todo las poco formadas o poco pensantes, llegando a asociar a una capital o una región y sus habitantes con todas las maldades —según su punto de vista— que ocurren y de las que tiene toda la culpa… Madrid.


Que todo tipo de nacionalismo es malo (me) ha quedado bien patente a lo largo de la historia. Y lo peor de todo es que adquieren más peligro a medida que sus riquezas, las  materiales, crecen por encima de los demás. Regiones pobres, menos desarrolladas económicamente, se guardan muy mucho de exhibir sus nacionalismos y sus reivindicaciones de manera prepotente frente a los demás, porque lo primero es comer, vivir y sacar adelante a sus familias. Cuando estos asuntos parecen estar cubiertos, permitimos que unos visionarios nos toquen nuestras emociones, nos dejemos llevar, y salgamos a la calle gritando independencia, separatismo, «Madrid nos roba» y cosas por el estilo.


Es necesario, cada vez más, conocer bien y en profundidad la Historia. Sentarnos y analizar las cosas con paciencia y conocimiento. Pero en estas sociedades modernas, la cultura, la cultura humanística, está vilipendiada y basta con limitar a las personas a los conocimientos prácticos indispensables para desarrollar un trabajo cada vez más especializado y deshumanizante. Vamos por los derroteros que nos marcan con las orejeras de burro viendo lo que tenemos un par de metros por delante; un poco más allá hay un precipicio…