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martes, 30 de noviembre de 2010

PUBLICIDAD

Tengo que reconocer que últimamente me estoy aficionando demasiado a los dichos y refranes populares, que por lo general suelen tener detrás unas grandes dosis de razón y sabiduría. Hoy me viene al pelo aquel de  “Donde no hay publicidad, resplandece la verdad”.

Esta frase era característica de una revista que se llamaba “La Codorniz” y que las personas con cierto número de años cumplidos recordarán. Se caracterizaba por su mordacidad y por su independencia. A medida que ha ido pasando el tiempo y el abanico publicitario se ha ido abriendo a numerosos medios, no solo prensa, radio y televisión, este dicho se nos muestra como tremendamente veraz.

La mejor publicidad es la que no existe, la que se experimenta en propias carnes o se pasa de boca en boca de unos a otros a base de experiencias personales. Bien es verdad que tendemos a comentar y maximizar los fallos y las cosas negativas y no tanto a hablar y comentar lo bueno, porque muchas veces queda sobreentendido que es lo normal y lo que tenía que ser. Por lo general suelo hacer bastante poco caso de la publicidad porque tengo la sensación, mas cierta que incierta, que las dosis de engaño y tergiversación están aumentando como la espuma.

Lo mejor es un ejemplo. No he ido a nadie hablar bien de los servicios de atención telefónica, ahora todos son vía teléfono, a usuarios de la mayor compañía de comunicaciones de este país. Por circunstancias que no vienen al caso hace tiempo no tuve más remedio que caer en sus redes en mi contrato de telefonía móvil. Nunca me acostumbré a los innumerables rollos publicitarios en cuanto a los horarios, los números frecuentes, los favoritos, el consumo mínimo y ciento cincuenta mil zarandajas que continuamente me comunicaban. Tenía más o menos claro en aquella época que con mi tarifa debería llamar a partir de las cuatro de la tarde y eso hacía. Ya lo he comentado anteriormente en este blog: un día llegó una letra pequeña en la factura comunicándome que me cambiaban drásticamente las condiciones. Menos mal que lo ví y llamé inmediatamente para darme de baja, a lo que me contraofertaron diciéndome, engañándome, que me mantenían mis condiciones anteriores durante un año, cosa que no cumplieron como pude comprobar a toro pasado al recibir la siguiente factura. “No consta nada de esa prórroga” me decía y repetía la operadora del departamento ese “todos nuestros operadores están ocupados”...

La letra pequeña es importante porque hoy día las cosas no son como parecen. Especialmente las grandes compañías como bancos, aseguradoras, eléctricas, suministradoras de gas, automovilísticas, etc. etc., esas que tienen una gran proyección nacional e internacional y que son las que debían de jugar limpio, no siempre lo hacen bordeando  la legalidad en la letra pequeña, y abundante, de sus contratos. Las comisiones no son como parecerían, las tarifas no son lo que uno pensaba, las garantías no cubren lo que parece que debe cubrir una garantía “normal”, las lecturas de los contadores pueden ser “estimadas” y “reales” y en función  de ello las facturas son diferentes y casi siempre a favor de ya-se-sabe-quién, etc.. etc.

La publicidad trata de engancharte y que tomes decisiones anticipadas aún sin tu saberlo. Hermosa fotografía de un coche en la prensa donde aparece debajo un precio fantástico. Lo ves y ya tomas la decisión de comprarte el coche, por ese dinero que dice que cuesta incluso te comprarías dos o dos y medio. Pero luego hay que leer con detenimiento: el precio lleva un “asterisco” que debajo en letra casi ilegible indica que ese es un precio “desde”, que poco más o menos se aplica al modelo que viene sin ruedas, sin asientos y que solo quedan dos unidades en un pueblo perdido de Ciudad Real. Además, se explica también que el coche que aparece en la fotografía no tiene nada que ver con el modelo ofertado y que las llantas de aleación no son posibles en la gama inferior.

Esto en modelos de automóvil pero parecido o similar ocurre en el mundo de los viajes. Desde poderte ir casi gratis a Egipto o San Petersburgo a la cruda realidad que constatas cuando ya tienes la boca hecha agua y te diriges a la agencia donde te hacen comprobar que “no es oro todo lo que reluce” y ese viaje por el que suspirabas existe pero a un coste y a unas condiciones tremendamente diferentes de las que tu habías imaginado.

Mi tendencia es a no creerme lo que en principio parece que me transmite el anuncio. Leerlo con cuidado y al final no hacerme ilusiones antes de intentar llevar a cabo una apetencia. Así  se consiguen menos desilusiones. Afortunadamente el mundo de Internet nos permite, dedicando tiempo, acceder a información que hay que saber escoger y contrastar pero que está al alcance de la mano, así como desarrollar una cierta intuición a la hora de tomar decisiones. Por poner un ejemplo, hace muchos años me tuve que preparar un viaje por Escocia y no quería hacerlo por agencia de viajes, con lo que tuve que sufrir las conversaciones telefónicas directas con las casas de «Bed and Breakfast», enviar talones conformados de pago por correo, comprar los billetes del ferry vía teléfono ….Hoy día todo eso y mucho más se puede hacer a golpe de ratón sentado ante una pantalla y conectado a Internet. Las agencias de viaje tienen que moverse y ofertar verdaderos servicios interesantes, fiables y comprometidos porque si no los clientes, a medida que pase el tiempo, se abstendrán de acudir a ellas y se lo harán todo por su cuenta. Cada vez conozco a más gente que se lo hace todo desde casita y a través de canales informativos más o menos fiables y que van ganado adeptos con el tiempo a base de poca publicidad y mucha efectividad.

domingo, 21 de noviembre de 2010

POLITICOS

Nunca han estado más en el punto de mira las miríadas de personas que han hecho de la política una profesión, bien remunerada pero últimamente mal considerada por los líos y tejemanejes que se van descubriendo y los que se atisba que pueden existir aunque no lleguen nunca a ver la luz. No me han gustado y siempre me he mantenido alejado de estos entresijos. Solo recuerdo un pequeño acercamiento hace muchos años cuando ....  

No es uno de mis sitios preferidos este blog para comentar los libros, que ya hay otros afines, como http://alqs2d.blogspot.com/ donde se hará el comentario cuando se termine de leer. Pero este blog es también una especie de base de datos de mis vivencias, eso sí, compartidas con no se sabe quién que puede estar leyendo esto en cualquier parte del mundo. Por y pese a ello me voy a conceder la licencia de incluir aquí, para mi recuerdo, un par de textos extraídos del libro titulado “Un Hombre” de Oriana Fallaci, publicado a finales de los años setenta pero que se me antoja de rabiosa actualidad ahora y para siempre.

Narra la vida de un griego de nombre impronunciable, Alexandros “Alekos” Panagulis, comenzando en su etapa de activista con atentado, su paso por las peores cárceles de Grecia en la época de los coroneles donde no fue fusilado de forma milagrosa, hasta convertirse en político “de partido” y morir pronto…asesinado. Un relato arduo, intenso, profundo, de temor, terror y resistencia, que parece tan lejano pero a la vez puede estar a la vuelta de la esquina en cualquier parte de este mundo inestable en el que vivimos y pasamos de la gloria a la miseria de un día para otro.

En el primer relato, Alekos está permanentemente esposado e incomunicado en una celda desde hace mucho tiempo. De vez en cuando, un escarabajo, de nombre “Dalí”, le visitaba. Luego resultaría aplastado bajo la bota de un carcelero.

“Sin embargo, no eran estas cosas las que te exasperaban, sino la soledad, el aislamiento. No tenías la menor idea de lo que sucedía más allá del recinto amurallado, y en cuanto a la misma prisión, ni siquiera sabías cuantos detenidos albergaba y quienes ocupaban las celdas adyacentes. Las únicas personas en las que posabas los ojos eran los centinelas que acudían con la comida o a vaciar el orinal y tanto si los saludabas como si los insultabas, no abrían la boca para hablar contigo. Les había sido prohibido, y para oir el sonido de una voz que no fuera la tuya, debías perseguir el eco de un altercado o de una canción. Aquel silencio obstinado te destrozaba los nervios y, a veces, te hacía añorar el interrogatorio y Egina. La muerte se afronta, te decías, las torturas se sufren; el silencio , no. De momento, parece que no sea un mal, que incluso sirva para pensar mejor y más, pero pronto te das cuenta que con él piensas menos y peor porque el cerebro, trabajando exclusivamente con la memoria, se empobrece. Un hombre que no habla con nadie y a quién nadie habla es como un pozo al que no alimenta ningún manantial; poco a poco el agua que se estanca en él se pudre y se evapora. De vez en cuando hablabas a una mancha en la pared. Puede ser una gran compañía un mancha en la pared, porque se mueve, sus contornos no son nunca los mismos, de continuo se apartan y ora te regalan un objeto, ora un cuerpo, tal vez el rostro de un amigo o el cuerpo de una mujer deseada, Y hablas con esa mancha como con el escarabajo. Pero hay una gran diferencia, admitámoslo, entre una mancha en la pared y un escarabajo; cuando establecías la comparación, sufrías. ¡Echabas tanto de menos a Dalí, el escarabajo!. Lo echabas de menos hasta el punto de inducirte a dudar de tu salud psíquica: un hombre puede llorar la muerte de un perro, de un gato, pero no la muerte de un escarabajo. ¡Y cuanto anhelaste ver aparecer otro!. Durante días …

En el segundo relato de habla comparativamente de políticos y directivos de empresa.

Un partido funciona como una empresa, como una industria donde el director general (el líder) y el consejo de administración (el comité central) detentan un poder inalcanzable e indivisible. Para detentarlo precisan solo de “managers” obedientes, empleados serviles, “yes-men” o sea, los hombres que no son hombres, los autómatas que dicen siempre que sí, En una empresa, en una industria, el director general y el consejo de administración no saben qué hacer con las personas inteligentes y provistas de iniciativa, con los hombres y las mujeres que dicen no, y ello por un motivo que supera incluso su arrogancia; en efecto, pensando y actuando, los hombres y las mujeres que dicen no, constituyen un elemento molesto y de sabotaje, echan arena en los engranajes de la máquina, se convierten en piedras que rompen los huevos del cesto. En una palabra, la estructura de un partido y de una empresa es la de un ejército donde el soldado obedece al cabo, que a su vez obedece al sargento, que a su vez obedece al capitán, que a su vez obedece al coronel, que a su vez obedece al general que a su vez obedece al estado mayor que a su vez obedece al ministro de defensa; curas, monseñores, obispos, arzobispos, cardenales, curia, papa. Ay del iluso que cree aportar una contribución personal con la discusión o el intercambio de puntos de vista: termina expulsado o lapidado, como corresponde a quién no es capaz de comprender o finge no comprender que en un partido, en una empresa, sólo se permite discutir sobre órdenes ya dadas, sobre opiniones ya decididas. Con tal de que, se sobreentiende que la discusión no ignore los dos sagrados principios: obediencia y personalidad.

Aquí quedan estos textos para que cada uno reflexione. Al menos en nuestra esfera personal no necesitamos que nadie nos autorice a pensar de determinada manera.



lunes, 15 de noviembre de 2010

NEPOTISMO


En las pocas ocasiones en que leo, o más bien ojeo, la prensa diaria, una de las secciones que más llama mi atención es la de “Cartas al Director. Sin bien se publican pocas y estas son escogidas según los criterios editoriales del diario en cuestión, las opiniones vertidas por la gente de a pié siempre aportan nuevos puntos de vista sobre temas de actualidad. En uno de los diarios gratuitos de hoy aparece una carta titulada “El favoritismo del progenitor” en la que se alude al caso de haber sido nombrada directora general de un banco en otro país a la hija del director general del banco matriz en este. A tenor de lo indicado en el diccionario, a este caso no le sería de aplicación estricta el concepto de nepotismo, ya que no se refiere a la “cosa” pública, al tratarse de una empresa privada. Apostillaría yo que privada para unas cosas y para otras no tanto, aunque en este caso el banco objeto de la noticia ha demostrado su solvencia y buena salud y no ha tenido que acudir a las ubres de mamá estado, como han hecho otros y siguen haciendo con uniones, fusiones u otras operaciones de cirugía financiera que consiguen que la cosa siga igual o parecida, hasta la próxima crisis.


Nepotismo o asimilado, la carta acaba con una frase que me ha hecho recordar mis inicios laborales en una caja de ahorros. La frase en cuestión es “Es una pena comprobar que en temas como este seguimos en la España de los setenta”.

Por la primavera de 1972 estaba acabando mis estudios de COU y no tenía muy claro si iba a poder seguir estudios universitarios, pues la situación familiar, en su aspecto económico, no era la más adecuada. Si bien yo laboraba compaginando con mis estudios de bachillerato desde hacía cuatro años y aportaba algo al sustento familiar, el esfuerzo que hubiera supuesto mi formación universitaria hubiera sido excesivo. Me enteré de que estaban convocadas para después de verano sendas oposiciones para auxiliar administrativo de banca y caja de ahorros. Decidí ponerme al día a toda prisa en los programas de esas oposiciones, entre los que recuerdo haber estudiado contabilidad, métodos bancarios, matemática bancaria, geografía, política y cosas tan curiosas como aprenderme de memoria los “Veintisiete puntos de la Falange de Jose Antonio”. Creo recordar que eran veintisiete o un número similar y entraban el programa de oposición de la caja de ahorros. Era otra época.

Tras un verano intenso aprobé las dos oposiciones a las que me presenté: una era para el Banco Español de Crédito, a la que renuncié y la otra era para una caja de ahorros, que aprobé aunque nunca lo hubiera creído si en esa empresa o entidad hubiera imperado el favoritismo al que alude la carta al director en su último párrafo. Más bien fue todo lo contrario.

Ni yo ni mis familiares conocíamos a nadie en la dirección de la caja que nos pudiera “enchufar” según el vulgo decía y sigue diciendo. La única plaza ofertada era para la oficina de un pueblo y nos presentamos veinte candidatos al concurso oposición. La primera decepción fue el comprobar que seis de los aspirantes ya eran empleados de la caja de ahorros, dos de ellos botones y los otros cuatro auxiliares administrativos. Al preguntarles poco más o menos acerca de qué hacían allí, me contestaron que la caja, su empresa, les obligaba a presentarse a la oposición, y sin ninguna mejora de puntos, simplemente para trasladarse de oficina. Es decir, ya eran auxiliares administrativos de oficina pero la plaza ofertada les venía mejor por distancia o por otras consideraciones. La verdad es que aún con la perspectiva de hoy día, esto parecía un poco extraño, cuando menos, exagerado.

Más extrañado quedé cuando obtuve el primer lugar en la oposición y por tanto la plaza fue para mí, empezando a prestar mis servicios con fecha 2 de octubre de 1972 en una oficina en la que estábamos tres personas: el jefe, un botones y el que suscribe. Como puede deducirse, todos estos hechos son lo más alejado a lo que pudiéramos llamar favoritismo en la concesión de la plaza. Fue un examen legal y o bien tuve más suerte o bien me había preparado mejor que el resto.

Pero aquí no quedan mis recuerdos ni mi extrañeza. Cuando fui avisado y me presenté en el departamento de personal, que ahora sería de recursos humanos, a pasar el reconocimiento médico y firmar el contrato, la sorpresa fue mayúscula. Han pasado casi cuarenta años pero lo recuerdo con una viveza tal que parece que estuviera ocurriendo ahora mismo. Me recibió personalmente el jefe de personal que era Dn. Eloy Rivas Fresnedo, me dio la enhorabuena y me dijo que las recomendaciones y enchufes estaban fuera de lugar en esa entidad y que por ello me felicitaba en la confianza de que había ganado la plaza en buena y limpia lid. Más adelante supe que los empleados le conocían con el sobrenombre de “el zorro plateado” por su abundante pelo ya canoso y su astucia sin par.

Un año después los métodos seguían igual. Se convocó una oposición interna de nueve plazas para acceso al servicio electrónico que así se llamaba lo que hoy son departamentos de informática o centros de cálculo. Otra vez fue un examen limpio al que se presentaron más de seiscientos empleados. A finales de esa década, con un nuevo director general y un nuevo jefe de personal, las cosas empezaron a cambiar y ya tuvieron lugar las contrataciones personales a dedo y los traslados sin oposición por medio. Con esto contradigo un poco esa frase final ya que al menos en mi caso y mi experiencia, el enchufe hubiera sido contraproducente.

La imagen que acompaña a esta entrada es una curiosidad: mi primera nómina en aquella caja de ahorros correspondiente a los meses de octubre y noviembre de 1972. Era una tira alargada y estrecha de unos ochenta centímetros de largo que recibías junto con el dinero contante y sonante. Se podían hacer sisas, otro día hablaremos de ello.

martes, 9 de noviembre de 2010

CARESTÍA

Una de las ventajas que tiene el haber incorporado el ordenador personal a nuestras casas y nuestras vidas es que podemos guardar gran cantidad de información que estará accesible con facilidad, eso siempre que tengamos un método y una organización en nuestros archivos.

Yo particularmente soy un enemigo declarado y acérrimo de los papeles en un doble sentido: no tener sitio para guardarlos y dificultad de encontrarlos cuando se necesitan.

Por ello, los papeles cuando entran en casa van directos al escáner y de ahí en la mayoría de los casos al archivo general en forma de papelera o basura, salvo los que no se pueden “archivar” y que se encuentran en una carpeta en el fondo del armario a la espera de que algún día hagan falta. Un ejemplo de estos últimos son las escrituras de la casa que harán falta físicamente cuando se produzca la venta de la misma. Mientras tanto el hecho de tenerlas disponibles en el ordenador permite su impresión, lo que sería el equivalente a una fotocopia, para presentarlas donde nos requieran.

En estos días he recibido un encargo de un buen amigo del que ya me he ocupado en anteriores ocasiones. Se trata de la fabricación de unos baberos, para lo cual tengo que dirigirme a la tienda de mercería, donde adquiero unas servilletas blancas de hostelería y a continuación las llevo a una tienda de estampados donde graban el emblema de una asociación. Esta vez yo no tenía guardados en mi ordenador los justificantes de los costes de esta operación, realizada a primeros del año pasado, pero sí los tenía mi amigo. A lo que vamos, las servilletas que costaban en dos mil nueve uno con sesenta y cinco céntimos de euro han pasado a costar ahora 2,20 euros. Para no hacer cálculos parciales, el estampado que costaba 2 euros ha subido con el cambio de año, y de IVA, a costar 3 euros. Si entrar en parciales, cada babero salía en dos mil nueve por 3,65 euros y en dos mil diez su coste ha alcanzado 5,00 euros, números redondos.

Ya pocos recuerdan cuando hace unos años se implantó el euro como la moneda de cien pesetas pasó a ser equivalente a la moneda de un euro, a pesar de que nos habían dicho que el cambio oficial era de 161 pesetas y pico cada euro. Mucha gente hizo su agosto aunque era enero. La subida del IVA del 16% al 18% que se ha producido a primeros del pasado mes de julio ha sido el acicate para que algunos comerciantes hayan revisado sus precios y, ya que nos ponemos, consideraciones, redondeos y demás, puestos a revisar, pues vamos a revisar.

Vamos, que si la calculadora no falla, los baberos han subido en el transcurso de un año un 37%. Cuando se lo mencioné al tendero y al grabador manifestaron no recordar los precios de los años anteriores pero creían que costaban lo mismo, que no habían subido. Era una buena ocasión para pedir los tickets a mi amigo y llevárselos junto con el cálculo de los porcentajes de incremento que habían tenido lugar.

El problema es que esto no es un caso aislado. Ha habido casos contrarios como podemos mencionar en el caso de la leche. No tengo datos concretos pero tengo la sensación de que el litro de leche rondaba el año pasado un euro y ahora está por los ochenta céntimos, según que marcas. Puestos a ser mal pensados, es que si ahopra cobran lo justo el año pasado se pasaron unos pueblos.

Un caso especial son los impuestos que tienen una doble influencia. Suben por un lado como meteoros pero no está claro que los servicios que los municipios, comunidades y estado nos dan a cambio suban o mejoren, sino todo lo contrario. Alcaldes como el de Madrid recuperan impuestos olvidados o incluidos en otros, como el de la basura, pero la recogida no mejora e incluso empeora según a quién preguntemos. Eso sin hablar de otros anacrónicos y que permanecen un año tras otro como el del alcantarillado o el del impuesto de circulación de vehículos. A riesgo de dar ideas, esperemos que no se inventen el impuesto de respirar por la calle aplicable a todo ser viviente o a su dueño.

Ya hemos comentado que antes los bandoleros estaban escondidos en las sierras y se tenían jugaban la vida para asaltar a los caminantes. Ahora están detrás de un mostrador o en un despacho de oficina tomando decisiones basadas en los datos. A la hora de decidir una subida pueden incluso asumir que se marchen unos cuantos, incluso un montón de clientes a raíz de una subida desmesurada, ya que a fin de ejercicio habrá beneficio.

Otra muestra de subida desmesurada reciente es la cuota mensual del seguro médico, una de esas cosas que se empezaron a pagar hace años, se paga mes tras mes y mes tras mes se piensa de dejar de hacerlo pero no se toma la decisión. Y eso además de que tenemos la Seguridad Social. En este caso la póliza familiar está contratada con Sanitas y lo que el año pasado importaba 141,17 me anuncian que a primero del próximo año pasa a 166,16. Solo un 17,70% de aumento, un poco más que la subida del coste de la vida que nos anunciará el INE a final de año.

domingo, 31 de octubre de 2010

GARANTÍAS


Parece premonitorio. Si antes hablo de las bondades de mi lector de libros electrónico en una entrada en este blog justamente la semana, pasada, antes se me estropea. De alguna forma este es uno de los inconvenientes, que por otra parte no le pasa a un libro convencional.
Esta mañana, sin nada aparente que haya ocurrido, la pantalla ha aparecido “a rayas”, con lo que cual a mí me ha dejado “a cuadros”. La pantalla mostraba una serie de rayas y aunque parecía que los controles y mandos del aparato funcionaban, la muestra en pantalla estaba formada por las mencionadas líneas y manchas. Ha dado la casualidad de que el libro que finalmente empecé a leer el domingo pasado, por un cambio de intención, fue Los Pilares de la Tierra, un libro que había leído hace veinte años y que lo conservaba en papel. Un poco de búsqueda adelante y atrás y he logrado posicionarme en la página 404, que no tiene nada que ver con la que figuraba en el libro electrónico, y seguir leyendo, aunque más incómodo, pues es un formato de bolsillo, con más de mil páginas y una letra diminuta que no tiene ninguna posibilidad de ampliarse.
Por las últimas leyes publicadas en nuestro país, los aparatos tienen un período de garantía oficial de dos años, aunque algunas casas, sobre todo multinacionales, se hacen oídos sordos a esto y mantienen que el período es de solo un año. La verdad es que lo normal es que los aparatos se estropeen, caso de estropearse, a los dos años y un día, justo cuando ha acabado el período de garantía. Y lo que también ocurre, y lo digo por experiencia propia, es que el servicio técnico o no existe o más te vale comprar uno nuevo porque en muchos casos los inconvenientes y el precio de la reparación no la justifican. A mí me ocurrió hace algún tiempo con una pantalla de ordenador y me dijeron tranquilamente que el servicio técnico para España estaba en Portugal y que tenía que mandarlo allí por mensajero a mi coste y a la vuelta pagar el coste de la reparación y el envío. Me disuadieron de hacerlo y me compré otra pantalla, por supuesto que de otra marca, aunque no averigüé si tenía servicio técnico aquí o estaba en Pernambuco.
Y con esto entramos en el tema de las garantías. Antaño, cuando comprábamos un aparato que tenía garantía, nos sellaban en la tienda un cupón dedicado para ella junto con la fecha de compra, que había que mandar por correo ordinario a una dirección para que la garantía empezara a tener validez. Hogaño, con las nuevas tecnologías, existe el concepto de registro a través de internet, pero no nos quita de que es absolutamente necesario guardar el ticket o la factura de compra para demostrar la fecha de adquisición de nuestro aparato para tener derecho a una reparación en caso de avería.
Esto tiene ahora su truco, porque si sabemos de algún familiar o amigo que se ha comprado un aparato como el nuestro recientemente, siempre podemos pedirle su justificante para usarlo nosotros. Esto resulta válido si bien las casas utilizan los números de serie y los períodos de envío a los comerciantes para determinar la concordancia a grandes rasgos.
Pero aquí viene lo bueno. Nos queda claro que debemos conservar el ticket de compra. Una pregunta que me surge es porque no emplear un poco de tiempo en pedir una factura, máxime cuando los aparatos cuestan unos cuantos euros. Generalmente no lo hacemos salvo que seamos empresarios o autónomos y tengamos la posibilidad de colar el aparato como necesario para nuestro negocio y poder descontarnos el IVA y algunos gastos en nuestra declaración. Supongamos que no pedimos factura y supongamos también que guardamos con esmero nuestros tickets. Pues aun así nos pueden pasar dos cosas al menos: una, que el ticket no haga referencia clara al aparato. En mi caso y hablando del lector de libros electrónico, el ticket de la tienda en la que fue adquirido, Hipercor, nuestra como concepto un genérico como “consumibles”. El precio coincide en lo que costaba en aquella época de primeros de año pero esperemos que el servicio técnico de Grammata-Papyre no me ponga pegas. Y otra cosa que puede ocurrir y que no ha sido el caso, pero me he dado cuenta al buscar este justificante, es que el ticket esté borrado. Si, borrado, completamente en blanco. Me ha pasado con varios, de los que están realizados en papel térmico, que o bien están completamente borrados o estaban empezando a borrarse. Contra esto solo se me ocurre una solución y no es otra que pasarlos por el escáner para por lo menos tener una prueba que poder mostrar en caso de que sea necesario y nos la soliciten. Me he dado esta mañana una paliza a escanear todos aquellos tickets que tenían menos de dos años de antigüedad, por si las moscas.
A partir de ahora, y además de recomendarlo yo así lo haré, debemos invertir algo de tiempo cuando compremos un aparato que pueda estar sujeto a garantía. Comprobar el ticket para que se especifique claramente el aparato y el modelo, pedir aunque no nos haga falta una factura y al llegar a casa, ticket y factura, o los dos, escanearlos junto con los datos técnicos como puedan ser el modelo, color, número de serie y aquellos que puedan resultar de interés ante una eventual visita al servicio técnico.

sábado, 23 de octubre de 2010

E-books


Hace menos de un año y dado mi carácter de lector intenso de libros, uno de los principales problemas que me surgían mientras estaba leyendo uno, y más según me aproximaba al final, era determinar el siguiente libro a leer y empezar a buscarlo. Básicamente disponía de tres formas de hacerme con el ejemplar que iba a ser devorado en el siguiente turno: adquirirlo si lo encontraba en una librería, acercarme a la biblioteca a ver si estaba en catálogo y disponible y por último pedirlo prestado a alguien que lo tuviera si era capaz de encontrarlo. Realmente había una cuarta pero desechada por mí de antemano, que era leerlo en la pantalla del ordenador, aunque esta última tenía una alternativa mucho más peligrosa: imprimirlo en papel. A finales de dos mil nueve existían ya varias webs, muchas de ellas argentinas y de países latinoamericanos, donde estaban disponibles multitud de libros electrónicos, en los archiconocidos formatos “doc” y “pdf”, pero leerlos en el ordenador es muy pesado, al menos para mí. Si uno estaba dispuesto a gastar tinta de impresora y papel, o bien disponía de alguna impresora utilizable en el trabajo a cargo de la empresa o del estado, el truco era imprimir páginas, leerlas y “archivarlas”.

Pero en el mes de diciembre del año pasado, mi buen amigo Miguel Angel, a quién debo muchos favores y este es uno más, me subió sin pedirme permiso a la locomotora de los libros electrónicos. Una locomotora de velocidad alta, más que alta, altísima. Había visto pasar el tren y estaba pensando subirme a él, pero todavía no consideraba que era el momento. No hay nada como que alguien te dé un empujoncito y más si es una persona de total confianza. Con ello, los Reyes Magos del 2010 dieron un vuelco a mi faceta de lector de libros y me dispuse a disfrutar de los contenidos alejándome de los continentes en papel.

Como ya ha ocurrido con otras tantas cosas, la sociedad avanza mucho en unos aspectos y en otros, cada vez en menos, marcha más lentamente. Por poner un ejemplo, la industria discográfica ha sufrido esto en propias carnes al revolucionarse el mundo de la música con los soportes digitales y la descarga por internet. Al mundo de los libros, sobre todo de las novelas, le ha llegado la hora, pero hay ciertos matices que hacen que la industria editorial lo tenga mucho más complicado. De un lado hay mucha más experiencia en el mundo de la red, pues quedaron atrás sistemas lentos de compartición de archivos que han sido sustituídos por otros más rápidos de descarga directa que permiten obtener, lícita o ilícitamente, un CD completo en apenas unos minutos. De otro, y esto es clave, los libros ocupan muy poco si nos atenemos a la parte de texto y desechamos portadas e imágenes.

Sirva un ejemplo. Por hablar en términos que han quedado obsoletos con los “pen-drives”, en un DVD pueden caber del orden de los ocho mil libros del tipo que estamos comentando, sin imágenes. Eso que hace que en una tarjeta de las pequeñas utilizadas en los lectores y cámaras fotográficas, de 2 Gb, nos quepan cerca de cuatro mil libros. Una pasada.

El último libro que he leído ha sido el recientemente publicado “Los Gigantes de la Tierra”, de Ken Follet. No voy a decir aquí si lo he leído en papel o en electrónico, eso queda en el secreto, pues en ambos formatos se pueden adquirir en las librerías. Este hace el número cincuenta y dos de los leídos en el presente año, de los cuales treinta y uno han sido electrónicos. Algunos no ha sido posibles encontrarlos en electrónico, otros pienso que nunca existirán y otros los tenía en mi biblioteca particular en papel.

Teniendo en cuenta mi velocidad media de lectura anual, estimada alrededor de sesenta o setenta libros y siempre y cuando el lector no se me estropee y aguante, tengo libros para leer todo lo que me queda de vida y parte de la siguiente si es que existe y me los puedo llevar, aunque espero que no haga falta. El problema que planteaba al principio de esta entrada ha desaparecido y queda sustituido simplemente por elegir uno de los que están guardados en la tarjeta.

Los libros electrónicos tienen muchas ventajas sobre los de papel, sobre todo si lo que nos interesa es su contenido y no tanto su continente. Una de ellas es su poco peso y la posibilidad de manejarlos y sujetarlos con una sola mano, o con ninguna si nos inventamos alguna forma de sujetarlos como puede verse en la imagen. Pero también tienen algún inconveniente, como cuando vemos en el transporte público a una persona leyendo y no podemos enterarnos de que libro se trata. También es verdad que algunas personas los llevan forrados y nos pasa lo mismo, pero en ambos casos siempre tenemos la posibilidad de, con educación, preguntarlo. La gente por lo general suele responder amablemente.

Hace un par de días mientras estaba finalizando el libro en curso, un lector compañero y desconocido del Metro me dio la pista del libro siguiente a leer: “El Día D-La Batalla de Normandía” de Antony Beevor.

lunes, 18 de octubre de 2010

PRECINTOS


Quién más quién menos cuando va a comprar o le regalan algo le gusta recibirlo precintado. Es una agradable sensación la percibida cuando sabemos o creemos que lo que hemos adquirido no ha sido usado ni manipulado por otros, salvo unas pruebas de funcionamiento indispensables que deberían haber sido realizadas en la fábrica o donde se haya montado el producto. Es parte de la magia de una nueva posesión.
Hay una diferencia grande entre vender y despachar. Bien es verdad que hoy en día cada vez más lo que se hace es despachar y el vendedor se limita a entregarte aquello que le has pedido sin más. Los consumidores cada vez acuden o acudimos más preparados a comprar las cosas y no es infrecuente que en muchos casos sepamos más de los productos que el propio dependiente de la tienda que nos los vende, eso si existe tienda y no estamos comprando por Internet.
Dado que muchos sabemos cómo se trabaja hoy, el precinto no es ninguna garantía de que lo que venga dentro esté correcto. Las grandes cadenas de montaje y el estrés al que están sometidos los trabajadores, con salarios de unos cuantos yenes o pesetas por semana, no garantizan una calidad de lo envasado ni certifican que todo lo que tiene que estar esté realmente.
La semana pasada acudí a unos grandes almacenes a comprar un “notebook”, un pequeño ordenador ultraportátil. La empleada que me lo entregó, en este caso me lo despachó, se mostró muy sorprendida cuando, con toda tranquilidad, abrí el precinto y desparramé el contenido de la caja por encima del mostrador, para comprobar que el ordenador, la batería, el cargador, el CD con los manuales, el libro de instrucciones, la garantía y demás "achiperres" que deberían estar realmente estaban.
Lo normal es que esté todo y esté bien, pero no siempre ocurre así y el hecho de que uno se muestre cauto, quizá hasta desconfiado, en estos temas es debido a experiencias personales sufridas en el pasado y que acabaron felizmente, pero no sin cierta desazón.
La primera de ellas fue hace casi veinte años. Debido a cambios personales en mi vida que me hicieron casi partir de cero en muchos aspectos, acudí a unos grandes almacenes, concretamente El Corte Inglés, a comprar una colección de diez discos de música clásica que aún conservo y escucho, eso sí, digitalizados en un disco duro, que los soportes en CD se van quedando un poco obsoletos. A lo que íbamos, el paquete de diez discos venía debidamente precintado con su celofán. AL llegar a casa me hice el propósito firme de escucharlos que ya sabemos lo que pasa cuando se compran colecciones de este tipo, que al cabo de los años siguen en las estanterías sin haber sido usados ni siquiera una vez. Intentaba cada día oír un disco completo y cual fue mi sorpresa, pasados unos días, que al abrir la caja del quinto disco estaba vacío. Vivía solo, había desprecintado yo mismo el paquete de diez, no había usado ese disco con anterioridad……. ¿Dónde estaba el disco? Se me quedó la cara a cuadros. La única explicación posible es que no hubiera sido metido en la caja en donde hubieran preparado y precintado el paquete.
No sabiendo como acometer el tema, ya que como digo habían pasado varios días desde la compra, volví a El Corte Ingles y conté el problema al dependiente encargado de esa sección. No daba crédito a lo que le contaba y cualquiera hubiera pensado que era un caradura que quería disponer de un segundo disco gratis. La colección era buena y como no vendían los discos sueltos la única posibilidad era adquirir otra colección entera, a lo que yo incluso estaba dispuesto. Debí ser convincente o ser mi día de suerte porque el dependiente se avino a cambiarme mi colección mutilada por una nueva, la única que les quedaba en stock. ¿Imaginan lo que ocurrió? Tanto yo como él procedimos a desprecintar in situ el paquete y para mi credibilidad también faltaba el CD número cinco. Tuve que volver al cabo de unos días ya a por ese disco solo que tuvieron que pedir a la discográfica. Menos mal que era El Corte Inglés, que el dependiente era un vendedor y no un “despachante” y que supongo que cuando hablaran con el proveedor y les contaran el caso la retirada y/o revisión de los paquetes en el resto de tiendas y comercios sería inmediata.
El segundo “sucedido” de este estilo fue hace tres o cuatro años con motivo de adquirir un disco multimedia en “Menaje del Hogar”. Tras comprar el disco me marché al metro y allí mientras volvía a casa abrí el paquete, que no estaba precintado, para extraer el folleto con las características y el modo de ponerlo en marcha. Cúal fue mi sorpresa cuando el disco no estaba. Estaba todo lo demás, entre otras cosas un transformador que pesaba y sigue pesando lo suyo y que pudo despistar la ausencia del disco en el peso general del paquete. Me bajé en la siguiente estación, retrocedí por mis pasos y volví a la tienda. Cuando le conté el caso al dependiente que me había atendido instantes antes, noté que su reacción no era todo lo buena que cabía esperar y pensé que iba a tener problemas. Menos mal que un directivo, de un nivel superior, con calma y tiento, llegó a averiguar que el número de serie que venía impreso en la caja se correspondía con el aparato que estaba en la exposición. Me recogieron la caja, me pidieron disculpas y allí por primera vez procedí a desprecintar el paquete, este sí lo traía, y revisar el contenido, cosa que vengo haciendo desde entonces. Por si acaso. Parece que tuve que tropezar dos veces en la misma piedra para aprender la lección.
Los precintos son importantes. En temas como alimentación o medicamentos a nadie se le ocurriría beber de una botella que hemos comprado en el supermercado y que estuviera abierta o lo mismo en un tema de medicamentos. En aparatos electrónicos la cosa no es tan grave pero si nos pusiéramos a pensar en CSI o cualquier tipo de novela fantástica de estas que pululan por ahí, el asesino habría metido una bomba dentro del aparato que se activaría al ponerlo en marcha ….

sábado, 9 de octubre de 2010

INDEROGABLE


¡¡Y un cuerno!! Llevo ya varios días oyendo una serie de comentarios en diferentes ámbitos que me sacan de quicio. Ya días antes de la huelga general que tuvo lugar la semana pasada, muchas de las razones esgrimidas para no hacerla se basaban en que la ley que regulaba la pérdida masiva de derechos de los trabajadores ya había sido aprobada y que no había nada que hacer, la huelga era una pérdida de tiempo. Argumentando esta “poderosa razón” se aprovechaba para atacar a los convocantes de la misma diciendo que debían de haberla convocado antes.
Quizá hubiera que ponerse a pensar si sería bueno engrasar los mecanismos que permitieran convocar una acción de este tipo y envergadura de un día para otro. En vivo y en caliente, que luego pasa el tiempo y se enfría la cuestión. Pero en lo que quiero centrarme es en la idea que nos quieren grabar a sangre y fuego de que “esa” ley va a misa y por los siglos de los siglos, amén.
Y que este argumento se sigue repitiendo machaconamente por todos lados. En la radio, en tertulias en televisión, en periódicos y revistas… como digo, por todos lados. Y parece que tenemos tendencia a aceptar lo que nos dicen como un dogma, como su fuera verdad de la buena, sin cuestionarnos nada y actuando como borregos dejándonos llevar. Y así nos luce el pelo.
Porque digo yo que esta ley, que ya incluso antes de aprobarse muchos han experimentado en propias carnes a través del decreto previo, se ha cargado otra ley anterior, y el Estatuto de los Trabajadores, y muchos logros conseguidos a lo largo de los años a base de lucha, sufrimiento y penalidades. Me vienen a la memoria recuerdos casi olvidados cuando, entre otras, un día participé en una manifestación en la que se cortó el tráfico en la Castellana de Madrid, y cuando estábamos sentados en el asfalto llegaron unidades de la policía nacional, los famosos “grises” de aquella época, montados a caballo. Debíamos ser pocos y estar muy esparcidos porque los caballos pasaron varias veces muy despacito entre nosotros, haciéndonos muy pequeñitos, como hundidos bajo la mirada amenazadora de sus jinetes que, porra en mano, parecían decirnos que no nos moviéramos ni un milímetro, que se podría armar y gorda y podíamos acabar malparados, bien por un porrazo, bien por un pisotón de caballo.
Estas cosas ya no se hacen, están mal vistas y salvo algunos sectores que ya les han tocado suficientemente sus narices y sus bolsillos, las manifestaciones son ordenadas, pacíficas, un paseíto por la calle, una arenga final por un orador de turno y todos a casita.
Y es que donde dije digo, digo Diego según me convenga. Historias las hay para todos los gustos. Hace años, cuando en el gobierno estaban otros que no están ahora, se aprobó una ley denominada LOPS que regulaba las profesiones que podían ser consideradas sanitarias. Aquella ley dejó a muchos psicólogos, que estaban dentro, fuera del sistema sanitario pues la psicología no era considerada una cuestión de salud. No sé de qué otra cosa se puede considerar. Pero bien que llaman sin dilación a un equipo de psicólogos para atender a los heridos y familiares de las víctimas cuando se produce alguna catástrofe de cierto tamaño. Pues bien, los que ahora están en el gobierno y que en aquella época lógicamente estaban en la oposición, que aquí solo tenemos dos, de quita y pon, apoyaron a los psicólogos en contra del gobierno para conseguir la derogación de la ley. Pasó el tiempo y ahora que están en el gobierno y podían hacerlo, según pedían antes, no lo hacen mientras que los que la aprobaron, ahora en la oposición, exigen al gobierno que la cambie. ¿Se entiende algo? Sí, que cada uno va a lo suyo y se aprovecha de los demás según le conviene.
Y volviendo al tema, pongamos nombres. El PP pide que se derogue esta nefasta ley que sirve para despedir y no para crear puestos de trabajo, como estamos viendo y seguiremos viendo por mucho tiempo, porque el trabajo se crea cuando la economía marcha y la gente sin trabajo no mueve la economía y los que lo tienen, por miedo y previsión, tampoco. Cuando en un tajo ponen en la calle a unos cuantos trabajadores, los comerciantes y empresas adyacentes en la zona pierden sus clientes. Esto es una bola y ahora más gorda con esto de la economía global. Pero si da la casualidad que dentro de unos años el PP llega al poder, no tengan ninguna duda de que no tocaran para nada esta ley y en ese preciso momento, los que la aprobaron, es decir, el PSOE, empezará a exigir que se derogue.
Una ley no es para siempre, como ha quedado demostrado y cabe por tanto la posibilidad de hacer otra que modifique la anterior. Así pues, que no nos quiten esta pero que hagan otra con seso y mesura que rescate los derechos ganados a lo largo de muchos años y perdidos de un plumazo por el poco cerebro y la poca imaginación de los que gobiernan nuestros destinos.

domingo, 3 de octubre de 2010

PPPP-o-PPPP


El estrambótico titulo que da lugar a esta entrada en el blog se deriva de una frase que vi hace unos días en un anuncio colocado en las marquesinas de las paradas de autobús. Puesto en román paladino se expandiría en “Personas que Prefieren Pedir Permiso o Personas que Prefieren Pedir Perdón”.
No creo que esto llegue a ser una característica de personalidad pero todos tenemos una tendencia en uno u otro sentido, aunque yo apostillaría que depende mucho de la situación y del contexto en el que nos encontremos. Por poner un ejemplo no es lo mismo pedir permiso para entrar en un campo militar acotado que pedir perdón. Si no pedimos permiso a lo mejor no podemos llegar a pedir perdón por habernos colado sin llamar.
Como siempre al hacer la pregunta a nuestro inseparable compañero diario “Google”, el número de entradas devueltas es una cifra de mareo. En el caso de búsqueda con prefieren pedir permiso arroja más de ciento ochenta y cuatro mil entradas y en el caso de perdón tan sólo treinta y siete mil. Aunque todo depende de cómo hagamos la búsqueda. No es una mala idea dedicar un tiempo a aprender cómo hacer las búsquedas en Google. Es todo un mundo, y se sacan enormes beneficios a poco tiempo que le dediquemos. En este ejemplo, si al realizar las búsquedas entrecomillamos el texto, es decir, usamos “prefieren pedir permiso” los resultados se limitan a cuatrocientos sesenta y dos y por el contrario con perdón alcanza quinientos ochenta y nueve. Estos datos son en estos mismos momentos en que escribo esto y tengo que decir que me ha sorprendido son poca cantidad para lo que uno está acostumbrado.
Habríamos bien en poner en cuarentena toda la información que obtengamos en la red. Salvo algunos sitios oficiales a los que podemos dar toda la credibilidad que queramos, el resto puede ser verdad, mentira o todo lo contrario. Encontrada la siguiente frase: "Si tienes una idea, hazla. Es más fácil pedir perdón que pedir permiso" hay quién se la atribuye a Santa Teresa de Jesús y quién lo hace a una informática norteamericana llamada Grace Hopper, si bien esta lo hizo en inglés de forma parecida aunque prescindiendo del principio: “It’s easier to ask forgiveness than it is to get permission”.
En el fondo todos, cuando nos surge una idea que una vez desarrollada hay que poner en acción, analizamos la situación, los “pros” y los “contras”, el esfuerzo que nos va a suponer y sobre todo las consecuencias, positivas y negativas, que la acción va a tener para nosotros en el futuro. El contexto en el que vayamos a pesar a la acción pesa mucho en la toma de decisión.
Uno de los sitios de aplicación práctica es el entorno laboral. Ya he comentado en anteriores entradas mi “teoría del cenicero”: ante la necesidad de cambiar el cenicero de sitio hay quién le da un manotazo y espera consecuencias y quién pide permiso para hacerlo una vez estudiados todos los pormenores. Todo esto está muy directamente relacionado con palabras que son profusamente empleadas en los entornos laborales actuales como “iniciativa” o “proactividad”, palabra esta última que no existe en el diccionario. Hay quién dice que es mejor arriesgarse, que siempre se obtendrán beneficios y que en último caso siempre queda pedir perdón y dar explicaciones que hagan creer a quién nos juzga que lo hicimos por el bien general de la empresa y su proyección futura. Hay algún caso documentado de “meteduras de pata” graves y que han costado dinero y credibilidad a las empresas y que han terminado en un premio en lugar de un castigo, porque el jefe ha sabido valorar la iniciativa de ese empleado y ha deducido que por una que ha estropeado otro montón de ellas han salido bien. Pero para ello hacen falta jefes con la “azotea” bien puesta encima de los hombros y que miren un poco más allá de sus narices o, lo que es peor, de lo que le ordena el de arriba. Hay empresas que llegan a estar paradas porque todos sus niveles de empleados solo hacen lo que les manda el de arriba, ven, oyen y callan y solo hablan cuando se les pregunta. Pero resulta que el de arriba del todo hace tiempo que no manda nada porque ya no sabe ni a que se dedica. Las iniciativas con petición de permiso implican una obligación al superior inmediato de continuar con la situación de permiso a nieveles superiores porque siempre suelen salpicar a otros que no están por la labor.
En fin, cada cual tendrá sus opiniones y pedirá perdón o pedirá permiso según le venga el viento, esperemos que tras un concienzudo análisis de la situación.
Y como colofón, la búsqueda en internet ha traído a la pantalla un libro que se titula “MÁS VALE PEDIR PERDÓN QUE PEDIR PERMISO” de Jordi Évole, presentador de televisión al parecer conocido como “El Follonero”. Ni sé quién es, ni he leído el libro ni creo que lo haga nunca, pero ahí queda el dato.

domingo, 26 de septiembre de 2010

INDIVIDUALISMOS

Al llegar a tomar el tren en mi desplazamiento diario al trabajo, hace muchos años, encontré escrito algo así como lo siguiente en la pared blanca de la estación:
Cuando vinieron por los comunistas,
me quedé callado; yo no era comunista.
Cuando encerraron a los socialdemócratas,
permanecí en silencio; yo no era socialdemócrata.
Cuando llegaron por los sindicalistas,
no dije nada; yo no era sindicalista.
Cuando vinieron por los judíos,
no pronuncié palabra; yo no era judío.
Cuando vinieron por mí,
no quedaba nadie para decir algo.
Era el final de una época anterior en España y luego me enteré que ante ese muro había tenido lugar la detención o muerte de un miembro de los GRAPO. Las palabras destacaban sobre el fondo blanco y de siempre pensé que era un poema del alemán Bertold Brecht. Con ese nombre lo he intentado localizar en internet encontrándome varias cosas. Una, que el poema original no era exactamente así, por lo que hay varias versiones incluso se ha utilizado en su esencia para decir lo mismo de otros grupos o actitudes. Otra es que el poema no es de Bertold sino de un pastor luterano alemán llamado Martin Niemöller, que lo predicó en una misa de la Semana Santa de 1946, por lo que su transmisión oral puede haberlo cambiado con el tiempo. El autor es lo mismo pero es de justicia aunque sea casi cuarenta años después cambiarlo en mis recuerdos, eso siempre que la información encontrada navegando por internet sea correcta y fiable, que nunca se sabe.
El desplazarse al trabajo en transporte público en una gran ciudad tiene sus ventajas e inconvenientes. No se trata ahora de hacer el ejercicio de enumerarlos, pero si mencionar que una de las ventajas es que se puede palpar el pulso de la ciudad y, aún a riesgo pero sin hacerlo, pecar de cotilla. En los metros u autobuses podemos observar a la gente, como va vestida, los aditamentos que llevan, las revistas o libros que van leyendo siempre que no los hayan forrado e incluso escuchar sus conversaciones, bien en directo si hablan entre ellos o bien ahora con la nueva tecnología de poder usar el teléfono móvil incluso en los profundos túneles del metro.
Procuro abstraerme del ambiente y enfrascarme en la lectura de mi libro que siempre me acompaña. Lo consigo con bastante facilidad pero algunas veces llegan conversaciones a mis oídos que despiertan mi atención. Esta semana hablaban entre dos personas del despido de una de ellas. La otra que le escuchaba estaba atónito sin poderse creer lo que el otro le contaba. De hecho yo creo que no se lo creyó, porque NO LE INTERESABA creérselo. El que había pasado a formar parte de la empresa con más empleados de España, léase el paro, le decía que a la vuelta de sus vacaciones había sido despedido por mor de las nuevas leyes promulgadas en estos últimos meses y que prácticamente dan libertad a los empresarios para hacer lo que les venga en gana. En su caso la empresa había esgrimido que en sus previsiones a dos-tres años anticipaba pérdidas por un descenso en sus ventas y en base a esa previsión, como la ley se lo autoriza, despido al canto. Llevaba veintitrés años dejándose literalmente la piel en esa empresa, con guardias y desplazamiento en noches, domingos y festivos y su premio han sido 20 días de indemnización por año trabajado, sin preaviso y sin nada. De un día para otro, y a la vuelta de las vacaciones con “septembría” y alevosía, patada en salva sea la parte.
Su escuchante, oyente con atención, balbucía todo tipo de opiniones siendo una de las más esgrimidas que las nuevas normas promulgadas no afectaban para nada a los contratos fijos firmados con anterioridad a las mismas.
A mí me gustaría saber qué porcentaje de españoles con contratos fijos saben que esta situación es posible, así como otra serie de supuestos a cada cual más descabellados que prácticamente dejan las manos libres a los empresarios a la hora de tomar decisiones con respecto a sus empleados. La veda está abierta. Y también me gustaría que alguien me explicase como este tipo de despidos van a servir para mejorar el empleo, vamos, que relación directa hay entre ello si es que la hay, porque honradamente no la veo.
En los periódicos de ese mismo día se leían noticias de este tipo:
El I.R.P.F subirá para las rentas de más de 120.000 euros……pero yo no llego.,
Suben un 15% los robos en joyerías……pero yo no soy joyero.
En Francia se expulsa a los gitanos......pero yo no soy gitano ni vivo en Francia.
La morosidad de las hipotecas ……pero yo no soy un banco.
La agonía del carbón……pero yo no soy minero del carbón.
1260 vecinos contra el ruido de Barajas……pero yo no vivo cerca de Barajas.
Estudiar una carrera cuesta más este año……pero yo no soy estudiante.
Francia persigue a los internautas que usan p2p……pero yo no estoy en Francia.
Hacienda no cree que el fraude en los alquileres de pisos…..yo no tengo piso alquilado.
Para que seguir.
Los refranes y dichos populares contienen mucha sabiduría: “Cuando las barbas de tu vecino veas pelar, pon las tuyas a remojar”. Se trata de que caigamos en el individualismo puro y duro y así podrán hacer lo que quieran con nosotros ya que estaremos solos ante el peligro sin nadie que nos defienda.
Y todo esto no tiene que ver nada con la huelga general convocada para el próximo miércoles día 29. ¿O sí?
Esta entrada del blog va a quedar inusualmente larga, pero a modo de documentación personal y para saber siempre donde lo tengo, incluyo a continuación un decálogo del célebre y genial lingüista Noam Chomsky sobre “Estrategias de Manipulación Mediática”. Muy interesante leerlas despacio, entenderlas, procesarlas y no olvidarlas nunca. A lo mejor hay que prescindir de las consideraciones ideológicas que Chomsky agrega, pero las fórmulas de manipulación que sintetiza son, en líneas generales, en forma alternativa y a veces simultánea.
1- La estrategia de la distracción.
El elemento primordial del control social es la estrategia de la distracción que consiste en desviar la atención del público de los problemas importantes y de los cambios decididos por las elites políticas y económicas, mediante la técnica del diluvio o inundación de continuas distracciones y de informaciones insignificantes. La estrategia de la distracción es igualmente indispensable para impedir al público interesarse por los conocimientos esenciales, en el área de la ciencia, la economía, la psicología, la neurobiología y la cibernética. “Mantener la Atención del público distraída, lejos de los verdaderos problemas sociales, cautivada por temas sin importancia real. Mantener al público ocupado, ocupado, ocupado, sin ningún tiempo para pensar; de vuelta a granja como los otros animales (cita del texto Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.
2- Crear problemas, después ofrecer soluciones.
Este método también es llamado “problema-reacción-solución”. Se crea un problema, una “situación” prevista para causar cierta reacción en el público, a fin de que éste sea el mandante de las medidas que se desea hacer aceptar. Por ejemplo: dejar que se desenvuelva o se intensifique la violencia urbana, u organizar atentados sangrientos, a fin de que el público sea el demandante de leyes de seguridad y políticas en perjuicio de la libertad. O también: crear una crisis económica para hacer aceptar como un mal necesario el retroceso de los derechos sociales y el desmantelamiento de los servicios públicos.
3- La estrategia de la gradualidad.
Para hacer que se acepte una medida inaceptable, basta aplicarla gradualmente, a cuentagotas, por años consecutivos. Es de esa manera que condiciones socioeconómicas radicalmente nuevas (neoliberalismo) fueron impuestas durante las décadas de 1980 y 1990: Estado mínimo, privatizaciones, precariedad, flexibilidad, desempleo en masa, salarios que ya no aseguran ingresos decentes, tantos cambios que hubieran provocado una revolución si hubiesen sido aplicadas de una sola vez.
4- La estrategia de diferir.
Otra manera de hacer aceptar una decisión impopular es la de presentarla como “dolorosa y necesaria”, obteniendo la aceptación pública, en el momento, para una aplicación futura. Es más fácil aceptar un sacrificio futuro que un sacrificio inmediato. Primero, porque el esfuerzo no es empleado inmediatamente. Luego, porque el público, la masa, tiene siempre la tendencia a esperar ingenuamente que “todo irá mejorar mañana” y que el sacrificio exigido podrá ser evitado. Esto da más tiempo al público para acostumbrarse a la idea del cambio y de aceptarla con resignación cuando llegue el momento.
5- Dirigirse al público como criaturas de poca edad.
La mayoría de la publicidad dirigida al gran público utiliza discurso, argumentos, personajes y entonación particularmente infantiles, muchas veces próximos a la debilidad, como si el espectador fuese una criatura de poca edad o un deficiente mental. Cuanto más se intente buscar engañar al espectador, más se tiende a adoptar un tono infantilizante. ¿Por qué? “Si uno se dirige a una persona como si ella tuviese la edad de 12 años o menos, entonces, en razón de la sugestionabilidad, ella tenderá, con cierta probabilidad, a una respuesta o reacción también desprovista de un sentido crítico como la de una persona de 12 años o menos de edad (ver Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.
6- Utilizar el aspecto emocional mucho más que la reflexión.
Hacer uso del aspecto emocional es una técnica clásica para causar un corto circuito en el análisis racional, y finalmente al sentido crítico de los individuos. Por otra parte, la utilización del registro emocional permite abrir la puerta de acceso al inconsciente para implantar o injertar ideas, deseos, miedos y temores, compulsiones, o inducir comportamientos…
7- Mantener al público en la ignorancia y la mediocridad.
Hacer que el público sea incapaz de comprender las tecnologías y los métodos utilizados para su control y su esclavitud. “La calidad de la educación dada a las clases sociales inferiores debe ser la más pobre y mediocre posible, de forma que la distancia de la ignorancia que planea entre las clases inferiores y las clases sociales superiores sea y permanezca imposibles de alcanzar para las clases inferiores (ver ‘Armas silenciosas para guerras tranquilas)”.
8- Estimular al público a ser complaciente con la mediocridad.
Promover al público a creer que es moda el hecho de ser estúpido, vulgar e inculto…
9- Reforzar la autoculpabilidad.
Hacer creer al individuo que es solamente él el culpable por su propia desgracia, por causa de la insuficiencia de su inteligencia, de sus capacidades, o de sus esfuerzos. Así, en lugar de rebelarse contra el sistema económico, el individuo se autodesvalida y se culpa, lo que genera un estado depresivo, uno de cuyos efectos es la inhibición de su acción. ¡Y, sin acción, no hay revolución!
10- Conocer a los individuos mejor de lo que ellos mismos se conocen.
En el transcurso de los últimos 50 años, los avances acelerados de la ciencia han generado una creciente brecha entre los conocimientos del público y aquellos poseídos y utilizados por las elites dominantes. Gracias a la biología, la neurobiología y la psicología aplicada, el “sistema” ha disfrutado de un conocimiento avanzado del ser humano, tanto de forma física como psicológicamente. El sistema ha conseguido conocer mejor al individuo común de lo que él se conoce a sí mismo. Esto significa que, en la mayoría de los casos, el sistema ejerce un control mayor y un gran poder sobre los individuos, mayor que el de los individuos sobre sí mismos.

martes, 21 de septiembre de 2010

INCURRIR


A mediados de los años noventa del siglo pasado trabajaba yo en una empresa grande en la que se desató de golpe una necesidad imperiosa de llevar un control sobre a qué cosas nos dedicábamos y durante cuanto tiempo.De siempre he mantenido que por esta vida hay que ir con datos y hechos constatables cuando se trata de negociar o simplemente intercambiar opiniones. Los hechos están ahí, son demostrables y sirven de base firme y punto de partida para llegar a buen puerto.

Con esto expreso mi apoyo a aquella necesidad de control. Se estaban haciendo muchas cosas pero cuando pasaba el tiempo se tenían solo vagas nociones y a bulto de cuanto se había tardado de forma efectiva y cuantos recursos, en este caso humanos aunque me sabe mal llamarlos recursos, se habían empleado.

Hasta ahí todo bien. Se desarrolló una aplicación informática en la que de forma diaria o todo lo más semanal, cada uno teníamos que consignar las horas que habíamos dedicado a cada uno de los proyectos. No siempre estaban todos abiertos y aunque teníamos estrictamente prohibido dedicar horas a proyectos que no estuvieran identificados, siempre había alguien de categoría superior que ponía los atributos encima de la mesa y se saltaba lo que había que saltar. Para ser exactos, no teníamos que consignar las horas, realmente teníamos que “incurrir” las horas.

En su día ya dije, con ningún éxito como en otras tantas cosas, que el término “incurrir” se estaba usando de una forma incorrecta según las normas de nuestra Real Academia de la Lengua. Según el diccionario, el término “incurrir”, que es un verbo y además intransitivo, tiene las siguientes acepciones:

- CAER EN UNA FALTA, COMETERLA.
- CAUSAR, ATRAERSE UN SENTIMIENTO DESFAVORABLE.
- HACER BREVES INTROMISIONES EN ALGÚN QUEHACER.

A luz de estas definiciones entiendo que las expresiones “horas incurridas” o “incurrir las horas” son incorrectas académicamente hablando. Pero me he dado un paseo por algunos sitios y el empleo parece que, sin ser generalizado, sigue siendo incorrecto. He aquí una muestra:

"Los gastos incurridos durante la fase de investigación se llevan a la cuenta de Pérdidas y Ganancias …"BANCO DE ESPAÑA”.

… sin contar los gastos incurridos en el esfuerzo bélico, que algunos cuantifican en 600.000 millones de dólares."EL PAÍS, MADRID”.

... los 100.000 euros constituyen una compensación a la empresa por los gastos incurridos en la demanda para exigir el pago."EL MUNDO, MADRID”.

Los gastos producidos una vez que el Asegurado se encuentre en su lugar de residencia habitual, los incurridos fuera del ámbito de aplicación de las garantías del seguro o una vez pasados 90 días desde el inicio del mismo….. MAPFRE SEGUROS

El representante acreditado de la empresa/entidad, al solicitar las acreditaciones, se compromete expresamente a aceptar, a cumplir y a hacer cumplir a los usuarios de las mismas, las normas de utilización de las acreditaciones, así como todas las disposiciones establecidas en el formulario, asumiendo las responsabilidades en que pudiera incurrir por su incumplimiento. Web de AENA

Y se me ha ocurrido escribir acerca del término porque en estos días he iniciado mis trabajos en otra gran empresa donde, qué casualidad, las horas se asignan a los proyectos en la aplicación de “incurridos” . A lo mejor alguno de los que desarrolló la antigua aplicación trabaja ahora en esta empresa ….

Esta nueva toma de contacto con la palabrita me ha impelido a buscar información acerca del uso correcto de este término, por pura y simple satisfacción personal. Aunque existe en internet, conservo en mi biblioteca en papel un estupendo regalo que hace años me hizo una cliente, y después algo más que cliente, gracias Silvia, como es el “Diccionario panhispánico de dudas” de la Real Academia Española y de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Es un libro que me gusta abrir de vez en cuando por cualquier parte y husmear sobre el uso de términos muchas veces desconocidos.

En el caso de “incurrir”, el panhispánico lo deja claro: incurrir es un verbo intransitivo y como tal se debe de emplear, además de ir siempre seguido de la preposición “en” por lo que su utilización como adjetivo (gastos incurridos) es incorrecta. Además, se incurre en delito o falta y no en otro tipo de cosas, por lo que se emplea en informes judiciales, pero otra vez mal. Así se dice de forma incorrecta que una persona fue condenada por los delitos incurridos cuando lo correcto es decir que fue condenada por incurrir en tal o cual delito, que es parecido pero no es lo mismo.

Por ello, que una aplicación informática se llame “Incurridos” y que se diga a los empleados que “incurran las horas” ….

martes, 14 de septiembre de 2010

APARCANDO


A finales de los años sesenta del siglo pasado se pusieron de moda en la televisión en blanco y negro unos anuncios que llamaban la atención de los españolitos de entonces, desconectados del mundo, sobre formas de urbanismo y educación. Era aquello de “Mantenga limpia España”, “Piense en los demás” y esloganes similares. Realmente pocos teníamos televisión por aquellos años, pero al menos cuando la veíamos en casa de algún vecino o en el bar, podíamos ser
educados en los diferentes aspectos de la convivencia. No sé si nos hacía falta, pero ahí estaban esos anuncios al menos para recordarnos ciertas normas.
El comportamiento humano evoluciona de muy diferentes maneras. No solo pero también a peor. Lo del “piense en los demás” me parece que es hoy una asignatura no ya pendiente sino completamente olvidada. Triunfa mucho más lo de que cada uno vaya a lo suyo y a los demás, por ser educado, que les den dos duros. Hay situaciones en las que parece que la gente se toma incluso molestias en hacer las cosas de tal forma que perjudiquen a los demás.
Como no podía ser de otra manera, uno de los espejos donde mirar y constatar estos extremos es en el tráfico y especialmente en el momento de aparcar. Antiguamente se oía eso de haber dejado el coche completamente mal aparcado, pero sin molestar. Habría que desarrollar el concepto de molestar ya que no debe de ser igual para el que deja el coche que para el viandante que no puede pasar o la mamá con el carrito que tiene que salirse al medio de la carretera porque la acera está invadida por los coches e incluso por las motos.
Ayer asistí a un evento de esos que se celebran en el campo y a los que asiste más gente de la que cabe, y eso que el campo no tiene puertas. Habilitan un espacio para aparcamiento que es a todas luces insuficiente y en el que los guardias de tráfico y policía municipal insisten en que nos metamos. Una vez dentro el caos es total. Quitando algunos lugares indicados con cal y eventos naturales –piedras o árboles- que conforman de manera clara algunas plazas de aparcamiento, el resto es haga Vd. lo que pueda. Cuando llegué estaba todo bastante lleno pero conseguí aparcar correctamente en una de esas plazas naturales al borde de lo que se suponía era el camino de circunvalación del “parking”.
Hasta ahí todo correcto, disfruté de la fiesta y del ambiente pero el problema vino a la caída de la tarde. Tuve la previsión de marcharme antes de tiempo, para evitar el tropel final, pero a punto estuvo de darme lo mismo. Pude sacar mi coche al camino, pero un poco más adelante el propio camino estaba obstruído por coches indebidamente aparcados, algunos de ellos los típicos y poderosos denominados cuatro x cuatro que parece que tienen licencia para subirse, meterse y aparcarse donde les plazca. Ante la idea del caos que se podía producir cuando todo el mundo acudiera en masa a retirar el coche, me las tuve que ingeniar para hacer un poco de “rally” entre arbustos, piedras, montículos y zarzas consiguiendo escapar de allí. Tengo claro que el próximo año, si decido asistir, dejaré el coche lo más lejos posible de allí, por supuesto fuera del aparcamiento señalizado y haré un poco de ejercicio caminando que además me vendrá bien.
Lo de la no señalización en pleno campo ayuda a montar el caos. Pero en la ciudad, donde está debidamente señalizado todo, el caos es igual. La foto que acompaña esta entrada fue publicada en un periódico y el coche que aparece en ella es el del propio alcalde de esa gran ciudad capital de España. Bien instaladito en medio, ocupando las dos plazas especiales de minusválidos, cerradito y sin nadie por allí. Según comentaba el periódico estuvo así más de media hora, aunque ya que se encargaron de desmentirlo desde la oficina de prensa diciendo que había sido un minuto y por estrictos motivos de seguridad. ¿A quién creemos?
Como será esto que hasta alguien ha creado una web ( http://www.malaparcado.com ) , donde la gente manda fotos de coches mal aparcados. Al menos es curioso ver como se las ingenia la gente para dejar el coche en cualquier lugar. Muchas de ellas son nocturnas por lo que es previsible que el aparcamiento no sea de esos de “un momentito”. En esta misma web hay una historia “graciosa”, aunque el título de la entrada es un poco irreverente. (http://www.malaparcado.com/2006/09/21/para-ser-chulo-hay-que-tener-cojones-y-dinero/ ).

sábado, 4 de septiembre de 2010

ENERVANTE

Desde que recuerdo he venido oyendo eso de la “cuesta de enero”. Será por ello que me he acostumbrado y ya no me
parece tanta cuesta, Sin embargo me ha aparecido otra “cuesta”, la de septiembre, a la que año tras año no logro acostumbrarme por más que lo intento. Como reza el título, me pone de los nervios y, puestos a seleccionar, por una cosa en especial.
Tenemos la sensación de que todos los españolitos somos iguales ante la ley. No especifica de qué tipo de ley se trata, pero desde que existen rangos o niveles de dirigentes con capacidad de dictar leyes y hacérnoslas cumplir sí o sí, al menos en determinados aspectos, puedo afirmar que no todos somos iguales ante la ley.
Parece que determinados aspectos de nuestra existencia deberían estar gobernados y dirigidos de forma inequívocamente igualitaria desde el gobierno de la nación. Pero esto no es así. Hace ya años se inventaron en este nuestro país los gobiernos autonómicos que también tienen mucho que decir en el devenir de nuestras vidas. Por si fuera poco, los ayuntamientos han exigido su cuota de poder y también aportan sus “ideas” a la hora de que no todos los españolitos seamos iguales, por lo menos a la hora de rascarnos los bolsillos y transferir los euros que supuestamente de forma honrada hemos ganado con nuestro trabajo a las arcas municipales, autonómicas o nacionales. Por encima ahora habría que añadir la Comunidad Económica Europea esa, pero vamos a dejarlo dentro de nuestras fronteras.
Retomando la idea de la cuesta de septiembre, muchos padres con hijos en edad escolar se enfrentan al coste de los libros de texto y material escolar. En mi experiencia, que no sé si será extrapolable, con una niña en primaria, el gasto de aproxima a los 300 euros. Ya se tiene, por activa o por pasiva, buen cuidado de que los textos no sirvan de un año para otro, bien porque se cambian, bien porque se escriben o bien porque … El hecho es que hay que comprarlos nuevos.
Pero lo que me pone de los nervios en este mes es la visita anual que precisamente no me entusiasma un ápice del llamado Impuesto Municipal sobre Bienes Inmuebles, IBI, y que de toda la vida se ha conocido como la “Contribución”. No voy a entrar en si es un impuesto lógico, como sería por comparación el anacrónico de Circulación de Vehículos o “Numerito”, y tampoco voy a dar ideas ya que por esa misma razón deberíamos pagar otro impuesto anual por tener televisión, por tener teléfono móvil, por ir a misa los domingos, por tener un pijama o un traje o por tener plantas en las ventanas. Ideas aparte, el famoso IBI no es más que una fuente de financiación de las economías locales, autonómicas y estatales, una fuente más a añadir a lo que nos sacan por el impuesto de la renta, el IVA que pagamos cada vez que respiramos, el precio de los carburantes o los desmesurados impuestos que, por nuestro bien, se aplican a bebidas o tabacos.
Hasta aquí vale. Pero lo que no es de recibo es que un españolito del pueblo de al lado o de la ciudad de al lado pague diferente por el mismo concepto, en función de que el poder que corresponda, en este caso ayuntamiento, fije unos tipos impositivos diferentes. EL año pasado la cuota resultante final a pagar por mi piso en concepto de IBI tuvo un incremento del 5,93 % con respecto al año anterior, y este año ha sido del 6,35 % con respecto al pasado, muy por encima de lo que ha subido la vida en decir del INE y estratosféricamente por encima de lo que me han subido el sueldo. En teoría las cantidades a pagar dependen exclusivamente del Valor Catastral pero como este se encontraba desfasado hace unos años, el tipo impositivo, que maneja el ayuntamiento, se aplica sobre una base imponible que sube como la espuma año tras año hasta llegar al valor catastral, lo que parece que en mi caso se producirá el año que viene. Parece que hay un mínimo del 0,4% para el tipo impositivo pero en mi caso el aplicado es del 0,62. Pero no se preocupen, al año siguiente revisarán el valor catastral, esta vez el Gobierno Central, y seguiremos en la espiral de subidas violentas a las que no nos queda más remedio que acostumbranos… y pagar, además de ajo, agua y resina.
La mejor arma en esto es la comparación, que salvando las distancias, arroja luz y sirve, en mi caso, para que el tono de cabreo suba hasta límites insospechados. Aunque de poco me va a servir, ya que cada vez somos todos, yo el primero, más inactivos a la hora de movernos un poco para evitar que ciertas cosas sigan como están. El valor catastral de mi piso, como se puede ver en la imagen, está por encima de 63.000 euros, ubicado en un pueblo de la provincia de Madrid. Sin contar el garaje y el trastero, que llevan su IBI aparte, y por amornizar los datos, el año pasado aboné en concepto de IBI la cantidad de 354,05 euros. Un amigo mío que vive en Madrid-Aluche tiene un piso con un valor catastral casi idéntico, un poco más de 63.000 euros. Pues bien, este amigo mío pagó el mismo año pasado en concepto de IBI 317,22. ¿Somos iguales todos? Al menos en el IBI no, ya que por un concepto similar, en la misma provincia, pero bajo distinto ayuntamiento, yo pago más y eso que dicen que el municipio de Madrid es uno de los más caros del estado. Cada cual que saque sus conclusiones.
Esto es no es un hecho aislado. Hace años se comentó que el municipio español con más coches censados, muchos más que habitantes, era Robledo de Chavela. El coste del impuesto de circulación de vehículos era siete veces más barato que en la capital. Dentro de la provincia de Madrid, Moralzarzal se ha enganchado a aprovecharse de las diferencias entre españolitos, manejando por parte de sus corporaciones locales las tarifas a aplicar y atrayendo a su padrón de vehículos flotas de empresas de alquiler y similares.
Así pues, españolito que estás leyendo esto, ten mucho cuidado a la hora de elegir donde compras tu casa, donde empadronas el coche o donde pones carburante a tu coche. Aún siendo dentro de España, las diferencias en costes anuales pueden ser importantes.

sábado, 28 de agosto de 2010

VERTIGINOSOS

Acepción 3 del Drae: “Apresuramiento anormal de la actividad de una persona o colectividad”.
Desconozco si la actividad de una determinada persona es apresurada en mayor o menor medida, ya que es una cuestión que la propia persona deberá determinar en función de muchas cosas, todas ellas relativas a sí misma, al momento que vive y al entorno que la rodea. Mucho más difícil es determinar si la colectividad está apresurada. Aunque creo que sí.
Tenía pendiente entre otras muchas cosas la lectura de este libro a raíz del comentario de mi buen amigo Miguel Angel en su / nuestro blog http://alqs2d.blogspot.com/2010/08/todo-va-cambiar-enrique-dans.html . Tras una conversación con otro amigo de los que rondan por aquí, Jose María, en el que salió a colación el libro, la prioridad de lectura se puso en inmediata y en un par de días me lo he liquidado. El libro no es otro que “Todo va a cambiar” de Enrique Dans, cuya portada acompaña a estas líneas.
Aparte de ser un libro que se lee con mucha facilidad a poco tiempo que le dediquemos, me ha encantado la sistematización y el enfoque de un montón de ideas sobre la tecnología en general, los ordenadores en particular e internet en detalle, que en mayor o menor medida todos conocemos, la verdad es que desde hace muy poco tiempo, y que hace que al menos los aspectos tecnológicos de nuestra existencia, y por ende el resto, cambien de un día para otro a un ritmo trepidante.
No se trata aquí de hacer una referencia al libro, pero si el comentar un par de ideas concretas que han llamado mi atención en aspectos del día a día de nuestra existencia.
En muchos aspectos puedo ser considerado un “tocapelotas”, perdón por la palabra, en mis relaciones con las empresas que pululan a mi alrededor y con las que no tengo otro remedio que establecer relaciones, que ya me gustaría fueran cordiales, porque suministran diferentes productos que son fundamentales en nuestra vida. Me estoy refiriendo a bancos, eléctricas, proveedoras de telefonía y servicios de red, agua, ayuntamientos y entidades públicas, aseguradoras, colegios profesionales y otras con las que me veo obligado a interaccionar y no siempre a mi gusto. Por ello me puedo aplicar una definición extraída del libro que dice que pertenezco a “un subconjunto de clientes extremadamente poco representativos” a los que las compañías no atienden en lo que creemos justas peticiones ya que no les merece la pena e incluso consideran el echarte como cliente. Supongo que todos o muchos saben a lo que me estoy refiriendo. Yo me pregunto cómo es posible que empresas como Timofónica traten mejor a sus potenciales nuevos clientes, con ofertas maravillosas, que a los antiguos para conseguir su permanencia y fidelidad. Lo ideal sería cambiarse cada tres meses de compañía, pero las cosas no son tan fáciles y ya se protegen ellas y entre ellas para dificultar estos movimientos que no les convienen.
Las cosas han cambiado mucho. Recuerdo cuando antiguamente te atraían a una presentación de libros o productos con propaganda a la puerta de tu empresa en la que solo por asistir te hacían un buen regalo. Y realmente te lo hacían, asumían el coste como gasto de publicidad. Yo iba a muchas con la intención manifiesta de no comprar nada, escuchaba la perorata, cogía el regalo y a otra cosa mariposa. Ahora, por poner un ejemplo real, te invitan con tu pareja a una reunión donde pretenden que decidas en media hora comprarte un apartamento en la costa, firmando un préstamo bancario y tanto si lo haces como si no te regalan una estancia de una semana en un apartamento. Cuando sales aguantando sus malos modos por no haber “picado” te dan efectivamente el talón y las instrucciones para disfrutar de esa semana. Pero amigo, los problemas son tantos que optas por tirarlo a la basura. Que si tienes que pagar algo en concepto de gastos de gestión, los apartamentos solo están en tres sitios a los que por supuesto no le apetece ir a nadie, tienes que estar la semana completa, no puedes ir solo el fin de semana y, si has vencido todas estas trampas te rematan con que la única semana disponible es la segunda de febrero del año que viene. Vaya regalo envenenado.
Otro concepto que ha llamado mi atención es el de “átomo” y “bit”. En el ejemplo de un libro, la parte “átomo” sería el libro físico en sí, con sus tapas y sus hojas, mientras que la parte “bit” sería solo el contenido, que sería posible almacenar en un disco duro, leerlo, transmitirlo y borrarlo. Cuando Vd. lee un libro “atómico” está interesado sin ninguna duda en la parte “bit” pero puede que no tanto en la parte “átomo” sobre todo si va en el metro y el libro es un tocho que pesa como un demonio. Si leemos la parte “bit” en un libro electrónico y tenemos nostalgia de las hojas en papel, siempre podemos coger un libro “átomo” que nos guste mucho por su tamaño y textura, poner encima el lector electrónico y cada vez que pasemos página en el electrónico pasar página en el de papel, para no perder las sensaciones.
Pero el problema viene en la obtención de estos recursos que podemos diferenciar entre sus partes “átomo” y “bit”. Libros, música, revistas, periódicos, películas, fotografías y algunos otros tiene ya su parte “bit” muy conseguida y están almacenados en lo que se ha dado en llamar la “nube”, traduzcamos por internet. El concepto de “fricción en la obtención” y los “costes de búsqueda” de algo de este tipo hoy día ha cambiado drásticamente. Para leer este libro podemos hacer un click y bajarlo de internet, en este caso de forma legal por que el autor así lo ha querido, o desplazarnos a una librería, interaccionar con el vendedor y comprarlo o encargarlo si no lo tienen. La esencia del libro, su contenido, su parte “bit” es la misma en ambos casos pero nuestro esfuerzo es bien diferente. Y para la crítica fácil, si decido descargarlo y empezarlo a leer, nadie me quita de a continuación darme un paseo a la librería y preguntar por él al librero. Otra cosa es que no lo haga y dedique ese tiempo a otra cosa.
Esto es un peligro porque puede llegar a individualizarnos tanto que nuestras relaciones sean a través de medios electrónicos y no físicos. Pero el que yo haga “chat” con un amigo a través de la red, no me quita el llamarle por teléfono, como hasta hace unos años, o tener que desplazarme físicamente a verle como cuando no había teléfono. No confundamos las cosas.
Para terminar, pienso que este libro debería ser leído una vez al mes de forma obligatoria por dirigentes de empresas y políticos. Algunos de ellos, como se dice en el libro, son personas expertas en hacer las cosas como se hacían ayer, pero desconocen cómo se hacen hoy y bastante de cómo es probable que se tengan que hacer mañana.
Como ejemplo, esta entrada del blog ha sido creada en un ordenador portátil con batería, en lo alto del monte Corona, en Cantabria, España, corregido con un par de diccionarios y transmitido a la red a través de modem inalámbrico con conexión vía satélite. Podría haber sido traducido de forma automática a varios idiomas con traductores que están disponibles en la red. Y una vez publicado, se emiten avisos a personas que estén suscritas y al igual que lo está leyendo Vd., lo puede estar leyendo alguien en una cabaña perdida en medio de Canadá o en cualquier otra parte del mundo. Esto es como se pueden hacer cosas hoy en día, aunque se puede elegir seguir haciéndolo como antiguamente, en una máquina de escribir, corrigiendo con el typex, sacando copias con ciclostil, metiéndolo en sobres y mandándolo por correo ordinario …
Y si Vd. tiene interés en saber donde está el monte Corona o Cantabria, con unos pocos clicks en servicios como Google Map o Google Earth lo puede averiguar en un pispás.

martes, 24 de agosto de 2010

CONFIRMING

El estricto significado de este término inglés, gerundio del verbo to confirm, es confirmando. Pero su significado, aquí y ahora, va mucho más allá de eso. Lea, lea.

Hasta principios de este año del señor de dos mil diez, yo desconocía el verdadero significado de este término, en el mundillo financiero, y todo lo que se cuece detrás de él. Empezaré la historia por el principio, que así se adereza un poco y se hará más amena, o al menos eso pretendo.

Desde hace tres años desarrollo mi labor como, ya que estamos con las palabrejas inglesas, “freelance” que es el equivalente a “autónomo” en nuestro lenguaje coloquial. En julio del pasado año de dos mil nueve, con prisa y premura, un departamento de un gran banco nacional me encargó un trabajillo vamos a tildar de delicado. Me afané en los dos meses del estío y a mediados de septiembre lo tenían disponible, aunque luego por causas ajenas a mi voluntad no se pudo empezar a hacer efectivo hasta diciembre. El departamento quedó contento con el trabajo y santas pascuas por lo que respecta al trabajo en sí.

Ahora viene la parte crematística, que no es cuestión de trabajar por amor al arte y menos para un poderoso. Pues resulta que este gran banco cuyo nombre omito porque tampoco tiene mayor importancia, como otras tantas grandes empresas de este país, ha centralizado sus relaciones con proveedores en un departamento que casi de forma generalizada se denomina “COMPRAS” o algún término parecido. Ya sabemos que ciertas modas y tendencias se extienden con rapidez. Como autónomo yo no puedo siquiera aspirar a resultar homologado por el departamento de compras de este gran banco ni otras empresas, con lo que no puedo tener relación directa, vamos, que no puedo emitirles una factura a su nombre.

Para todo hay soluciones y para eso están los intermediarios. El departamento no contrata el servicio conmigo sino que lo hace con una empresa que si está homologada y que a su vez me lo contrata a mí. Yo no tengo ningún inconveniente, en principio, ya que valoro mi trabajo y cobro por él. Pero a nadie se le escapa que la empresa intermediaria no hace las cosas gratis. Eso es problema del banco que pagará un tanto más por el trabajo que será lo que se reserve la empresa intermediaria por sus gestiones, aunque en este caso concreto por no hacer nada, o casi nada, aparte de poner el nombre.

A lo que vamos y según parece, el banco ha abonado a esta empresa intermediaria la totalidad del trabajo con fecha de noviembre del año pasado. En esa fecha, el que había hecho TODO el trabajo era yo y no había visto un euro. Realicé una primera factura por la mitad del importe a principios de enero que me fue abonada a primeros de abril por medio de, ahora sí, del famoso “confirming”. Ahí nació para mí el “confirming”. La empresa intermediaria a la que he facturado delega el pago en otra empresa que me manda una carta ordinaria a mi dirección, que le ha sido facilitado por la intermediara sin mi consentimiento, anunciándome el pago y poniendo en mis manos la posibilidad de, por un módico interés, adelantar el cobro. Si lo adelantas, con el consiguiente pago por la operación, te mandan el dinero a toda velocidad mediante transferencia a cualquier cuenta que les indiques sin más ni más.

Si no te importa esperar, el pago se realiza mediante un talón bancario nominativo cruzado, que te envían por correo ordinario a tu domicilio y que, si lo recibes, te ves obligado a ingresar en tu cuenta bancaria, con el consiguiente cargo por comisión que no es moco de pavo. Si sabes que te van a pagar mediante confirming deberás tenerlo en cuenta a la hora de establecer tus honorarios. Bueno, hasta ahí todo funcionó para el pago de la mitad del trabajo.

Procedo a emitir la factura por la otra mitad con fecha de primeros de abril. Pasan los meses y mi persona de contacto en la intermediaria me lanza toda clase de disculpas con que si le habían cambiado la aplicación informática, que no les funciona y similares. Esto lo sabe poca gente, pero al cumplirse el trimestre, el autónomo tiene que ingresar el IVA de todas las facturas que haya emitido, las haya cobrado o no. Así que a primeros de julio, ya de este año, sin haber cobrado el segundo plazo, me veo obligado a adelantar a Hacienda unos no pocos euros . No solo no cobro por mi trabajo, sino que además tengo que soltar dinero. ¿Se puede entender?.

A mediados de julio me llega un aviso del pago del segundo plazo, pero esta vez la empresa que realiza el “confirming” ha variado, con lo cual deduzco que mis datos han sido facilitados de nuevo a otra empresa. El vencimiento del pago se anuncia para el treinta de julio y decido esperar al vencimiento y a la carta con el talón correspondiente.

Se pasan los ocho primeros días de este caluroso agosto en el que estamos y la carta no aparece. Como es por correo ordinario no hay manera de seguir la pista. El servicio de confirming dispone de un teléfono, como no, un 902 pagando yo, donde me informan que hay que esperar un mínimo de quince días antes de hacer la reclamación por no haber recibido el talón. Dejo pasar veinte y vuelvo a llamar y aquí empieza mi calvario, en el que me encuentro inmerso todavía.

Me dicen que tengo que mandar un correo electrónico a una dirección indicando todos los datos y manifestando no haber recibido el talón. Me indican que les facilite un número de cuenta donde, previas comprobaciones me remitirán el dinero. Uno está puesto un poco en esto de las tecnologías modernas y sabe mandar un correo electrónico pero de aquí se deduce que las empresas que vayan a disfrutar de las ventajas del confirming hoy día no pueden existir si no tienen correo electrónico, web y esas cosas.

Cuando estoy a la espera de recibir los cuartos, recibo un correo donde me dicen que les tengo que remitir nueva documentación. Y esta vez no dicen cómo, si vía electrónica o en papel. Me piden una carta en la que renuncie a cobrar el talón que me han remitido en caso de que finalmente le reciba y un certificado de que soy titular de la cuenta que les facilito. Una comunicación oficial del banco de cargo de un recibo no sirve, tiene que ser un certificado de titularidad expedido exprofeso por el banco.

Así que así estamos, peleando con el servicio de confirming de BANESTO por una factura emitida a INDRA de un trabajo que he hecho para el banco XXXX. El mundo del revés, pero sin cobrar y adelantando dinero.