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domingo, 22 de noviembre de 2015

CORRESPONSALES




En esta semana de noviembre de 2015 se cumplen cuarenta años de la muerte de Francisco, un señor por todos conocido que rigió los destinos de España durante cuarenta años tras encumbrarse al poder como consecuencia de la sublevación militar ocurrida en julio de 1936 que derivó en una Guerra Civil que mantuvo ocupados unos contra otros a los españoles como si no tuviéramos otras cosas más perentorias a las que dedicarnos. Durante esos años, los medios de comunicación, y en especial la prensa escrita, fueron objeto de una férrea censura que en varias ocasiones impidió la salida de diarios o semanarios al encuentro de sus lectores. Sobre este asunto recuerdo de aquella época un cuarteto que decía así: «Bolín es a bolón — como cojín es a X — me importa tres X — que me cierren la edición» y que fue la respuesta de la revista «La Codorniz» en su reaparición tras un cierre por censura gubernativa.

A los pocos años de la muerte de este señor, la explosión de las ansias de libertad se tradujo en la aparición de numerosas publicaciones. En una de ellas, de marcado carácter local y periodicidad semanal, tuve la suerte de participar como colaborador y por ende tuve la oportunidad de ejercer de corresponsal o de fotógrafo, cuando no de gestor de publicidad, chico de los recados o hasta cajista en la imprenta ayudando a altas horas de la noche para poder sacar el semanario a los quioscos en fecha. Eran otros tiempos y las cosas funcionaban de otra manera. Recuerdo las reuniones de los «consejos de redacción» de los jueves por la tarde noche en casa de Manolo, el director, para ultimar la publicación y que muchas veces se prolongaban hasta bien entrada la noche. Todo por afición y sin cobrar una peseta, que entonces era la moneda que circulaba y además al día siguiente había que madrugar para ir a trabajar. El semanario estuvo en funcionamiento varios años y fue toda una experiencia para un aficionado aprendiz de periodista que me dejó muchas alegrías, muchas carreras y también algún que otro problema pues la información que se publicaba, como era lógico, no estaba a gusto de todos y más al centrarse en una localidad de pequeño tamaño donde nos conocemos todos.

Cuarenta años después, los tiempos han cambiado y de qué manera. El viernes de la semana pasada nos reuníamos a cenar en un restaurante un grupo de familiares y amigos de José Luis con motivo de su sesenta cumpleaños en una fiesta sorpresa de esas que se organizan ahora en secreto y de la que a punto estuvo de escaparse el homenajeado que no quería ir al restaurante ni a tiros. A esa misma hora tenían lugar en París los atentados en varios lugares que dieron como resultado ciento veintinueve muertos y numerosos heridos al ser tiroteados varios restaurantes, los asistentes a un concierto en una sala de fiestas y por auto inmolación en los aledaños de un estadio de fútbol en el que se celebraba un partido internacional. Como digo, las cosas han cambiado y mucho en estos cuarenta años. Antaño nos hubiéramos enterado de la noticia probablemente por la radio, lo más inmediato en aquella época, al llegar a casa esa misma noche si hubiéramos conectado alguna emisora o quizá ya al día siguiente.

Pero ahora casi todos llevamos en nuestro bolsillo una potente herramienta de comunicación: el teléfono móvil. En un momento de esos tontos de la cena en los que empiezan los comentarios, las fotos y las idas y venidas a visitar al sr. Roca, me dio por encender el teléfono y entrar en Twitter a dar un vistazo rápido y allí pude ver como estaba todo lleno de comentarios de unos y otros sobre los sucesos: la noticia en vivo y en directo, de forma inmediata, en mensajes cortos, fotos o vídeos, directos o «re tuiteados». Opté por no decir nada en la cena para que la cosa siguiera en su ritmo festivo y se viera alterada por la noticia.

Los medios de comunicación lo tienen hoy día más fácil pero también más complicado. En esta semana se ha producido otro atentado en el asalto de unos terroristas a un hotel en Mali, no tan grave como el de París pero si impactante. Los medios de comunicación, por ejemplo la radio, se han procurado corresponsales improvisados utilizando la llamada directa por teléfono a personas normales y corrientes, no periodistas, que se encuentran en la zona, como por ejemplo y en lo que yo he podido escuchar un sacerdote y un monja que están allí en misión humanitaria y que nos han podido ofrecer noticias de primera mano desde el lugar de los hechos.

En cuanto a tenerlo complicado, remito a una entrada en este blog de hace cuatro años, en octubre de 2011, titulada «autoINFORMACIÓN». En ella se hacía ver que los medios deben extremar su cuidado en lo que informan sobre determinados actos porque los oyentes o lectores podemos estar asistiendo casi en directo a los mismos a través de las redes sociales, lo que puede derivar en el más grande de los ridículos o en que se les vea el plumero pues disponemos de herramientas de contraste de la información que nos brindan una miríada de personas anónimas, presentes en los actos, con sus comentarios, sus fotografías y sus vídeos a través de las redes sociales por medio de sus teléfonos móviles.

Cualquiera que se encuentre en el lugar puede devenir en un corresponsal improvisado con solo sacar su teléfono del bolsillo. Los profesionales de los medios de comunicación llegarán tarde o nunca a sucesos inesperados con lo que no tendrán más remedio que servirse de lo que ellos mismos llaman «aficionados» cuando divulgan la noticia utilizando el material cedido por estos improvisados corresponsales que cubren el sucedido en vivo y en directo.



domingo, 15 de noviembre de 2015

IMPORTADO




«A la cama no te irás sin saber una cosa más» reza un conocido refrán que suele ser cierto aunque no nos demos cuenta en nuestro trajín diario. Pero a veces sí que nos damos cuenta sobre todo cuando nos aplicamos aquel otro de «la letra con sangre entra» y el aprendizaje conlleva un cierto sufrimiento. Por seguir con los dichos, aquel de «pones un circo y te crecen los enanos» me ha resultado de aplicación esta semana, en la que los líos se me amontonaban y me caían unos encima de otros sin solución de continuidad.

Uno de ellos ha sido la (nueva) rotura del teléfono móvil de mi madre, persona ya entrada en una edad que se acerca a la «noventena», palabra que tengo que poner entre comillas españolas por no figurar en el diccionario, donde se localiza hasta cincuentena pero no se puede seguir adelante sin incurrir en error. Los teléfonos móviles para personas mayores tienen que estar dotados de algunas características especiales, que se convierten en muy especiales dependiendo del grado de interés que tenga la persona mayor en las nuevas tecnologías, cuando no el rechazo de las mismas, ya que por un lado quieren acceder a ellas pero por otro no están dispuestas a dejar a un lado su natural aversión por «estas cosas nuevas» como dicen ellas y aprender. Y lo digo con conocimiento de causa por una simple comparación entre mi madre y mi suegra, ambas de la misma edad y, comparativamente hablando, como la noche y el día en este asunto, especialmente por la predisposición.

Como tenía poco tiempo, la solución estaba en buscar de forma rápida algún sitio en internet, algún sitio de cierta confianza, para encontrar el mismo modelo, exactamente el mismo, que tenía mi madre y darle el cambiazo para que todo siguiera igual y no se requiriera ninguna explicación ni ningún esfuerzo, por mi parte y por la suya, en hacerse con los mandos y controles de un nuevo cacharro. Dicho y hecho, la solución la encontré en Amazon, empresa de la que ya he hablado varias veces de forma positiva en este blog y que funciona a las mil maravillas, con lo cual no tuve ninguna duda además de que el precio era el mejor. En menos de dos días —lo encargué el miércoles por la tarde y el viernes por la mañana lo tenía en mi poder— me disponía a configurar el nuevo teléfono para dejarlo exactamente igual que el estropeado en todos los temas de sonidos, agenda, etc. etc.

Soy persona que gusta de leer de forma exhaustiva los folletos y ya me sorprendió que en la caja estuvieran en los idiomas clásicos de inglés, francés, italiano y alemán e incluso holandés pero no estuviera el correspondiente al español. En fin, lo encontré sin ningún problema en la web del fabricante y leyendo en la pantalla en lugar de en papel, me dispuse a interaccionar con el teléfono una vez cargada su batería como mandan los cánones.

¡Sorpresa! Lo primero es dirigirse a la configuración de idioma y ahí pude constatar que no estaba el español. ¿Cómo es esto posible? Nueva consulta al manual, a la web del fabricante, incluso les mandé un correo al centro de soporte que por cierto todavía no me han contestado y todo ello sin ningún éxito por mi parte. Intenté configurar el teléfono en italiano pues el tiempo me apremiaba y quería dárselo a mi madre a toda prisa, no porque le hiciera una falta enorme a ella sino por quitarme la tarea de encima. Pero resultó imposible; el italiano, al menos en los controles de un teléfono móvil, o de ese en particular, no se parece en nada al español.

La cuestión estaba clara, a devolver el teléfono, cuestión sencilla en Amazon, pero que lleva su tiempo pues hay que obtener las etiquetas de devolución, ir a una oficina de correos a devolver el paquete o pedir que te lo recojan en tu domicilio… en fin, más tiempo a emplear en todo caso. Pero no quería quedarme con la mosca detrás de la oreja de no saber lo que había pasado exactamente, si simplemente se traba de un fallo de Amazon en su cadena de distribución o por el contrario había gato encerrado en el asunto, de forma que si lo volvía a pedir, ese u otro, me tocara sufrir de nuevo el problema.

Pues sí, había un gato encerrado del que me enteré llamando por teléfono al centro de atención al usuario, que es el 900 803 711 y que pongo aquí porque me llevó un pequeño tiempo el encontrarle. Amablemente me lanzaron todo el proceso de devolución reintegrándome el dinero y mandándome las etiquetas de evolución a mi correo electrónico, proceso que no es nuevo para mí y que ya me ha tocado realizar en otras ocasiones que como digo he referido en este blog y que pueden verse utilizando el buscador. Como adición, un amable operador me indicó cual había sido toda la causa de esa ausencia de español en los folletos y en el propio aparato.

La clave de todo este problema es ese vocablo que he resaltado en la imagen y que figura al final del texto del anuncio: «IMPORTADO». Según me explicó, cuando figura la palabra «IMPORTADO» se trata de elementos comprados fuera del territorio nacional en los que no se puede tener la seguridad de que estén adaptados de forma completa al español, no solo en temas del idioma de configuración sino en otros aspectos como la ausencia de letras «ñ» o similares. Si el teléfono hubiera sido para mi uso personal muy probablemente me hubiera apañado con el inglés e incluso con el francés, pero me dijo el operador que aunque el idioma inglés suele estar incluido en todos los aparatos, pudiera darse el caso de que en alguno muy especial ni siquiera este idioma estuviera presente. Convinimos en que en estos casos debería estar mucho más claro el asunto, de forma que ni Amazon ni los clientes perdiéramos un tiempo precioso amén de unos gastos en envíos y devoluciones, que bien es verdad que sufraga la propia Amazon pero que deberían de evitarse.


Así que ya sabe, mucho cuidado con la palabra «importado» al final de la descripción de un elemento que piense comprar, al menos en la web de Amazon.



sábado, 7 de noviembre de 2015

DIARIO-2




El quince de noviembre de dos mil nueve escribía la entrada titulada «DIARIO» en este blog. Hace ya seis años de aquellas reflexiones en las que se incluía el siguiente párrafo que reproduzco:
El más completo de todos que recuerdo es el que realicé día a día durante todos los días de mi servicio militar, contando con pelos y señales todas mis vivencias en aquel año largo de secuestro legal. En muchas ocasiones pensé que si algún día me pillaban me iba a costar una buena reprimenda y quizá algo más, ya que lo escribía según lo sentía y lo veía. Y en el servicio militar, al menos en “mi” servicio militar había muchas cosas que no me gustaban.
Son ya muchos años en las espaldas y he sido un poco hormiguita en guardar cosas, tantas que muchas veces no sé ni lo que tengo ni dónde lo tengo. Buscando otros papeles, esta semana he dado con ese diario que estaba perdido. Ha sido una gran alegría y a la vez un trabajo nuevo, pues está escrito parte a mano y parte a máquina de escribir, en papeles, servilletas y donde pillaba. Nunca supe si el correo que me llegaba al cuartel estaba intervenido de alguna forma por los mandos, pero lo que sí que parece es que los servicios oficiales de Correos eran fieles a sus deberes y el correo de salida no lo estaba; por ello tenía mucho cuidado de depositar mis reflexiones en sobres como el que acompaña esta entrada e introducirlos directa y personalmente por la boca del león del buzón oficial en la central de correos. Iban dirigidos a la entonces mi novia que los fue guardando celosa y ordenadamente hasta mi vuelta.

Ahora toca el trabajo de escaneo, revisión y paso de toda la información a un documento electrónico. No sé si para otras personas sería interesante, pero sí lo es para mí, no sólo por recordar otros tiempos sino por tomar conciencia en la distancia de las peripecias y sinsabores que tuve que soportar durante esos catorce meses de, lo pongo en mayúsculas y negrita, SECUESTRO LEGAL que supuso para mí perder materialmente ese tiempo de mi vida para «servir» a la Patria y de paso a algunos militares «profesionales». En el diario se relata todo lo que pasó en aquel cuartel perdido en tierras españolas en África. Para que luego nos vengan contando monsergas, menos mal que la mili se acabó porque no creo que hoy en día los jóvenes soportaran tamaño desatino, al menos tal y como estaba concebido en aquellos tiempos.

He empezado la recuperación; reproduzco a continuación los primeros escritos de ese diario, empezando por lo que titulé el «Diario del Recluta» que luego tuvo continuación en el «Diario del Soldado», todo ello dentro del rimbombante título general de «Mi querido servicio militar».

DIARIO DEL RECLUTA.

Día 10 de octubre de 1.976.
Hoy es domingo. Rondando las seis de la mañana, los reclutas vamos llegando al cuartel de zapadores ferroviarios en la zona de Aluche-Campamento de Madrid.
—- ¡No os queda mili ni ná, pelusos! ¡No me queda mili ni pá regalar, reclutas! Los veteranos se lo pasan en grande con nosotros.
—- ¡Entrar y poneros en fila allí!
Me acerco a un sargento y le digo:
—- Oye, en que fila nos ponemos los de Melilla.
—- En aquella y… ¡oiga! Que te vayas enterando.
Se ha recibido el primer corte de novato. Nos llevan andando por la vía unos dos kilómetros y nos meten en un tren. Previamente nos han dado unas bolsas con la cena y el desayuno.
Al cabo de dos horas el tren se pone en marcha y está arrancando y parando cada cinco o diez minutos. Vamos ocho en cada compartimento. De los ocho, si me quito yo, quedan siete, de los cuales hay dos que no me gustan nada. Esos dos se dedican a romper ceniceros, espejos, a tirar las sobras por la ventana y a beber vino.
Intentan soplar a todo el departamento y cuando seis están tajados, se empiezan a meter con el otro y conmigo, hasta que le pegué un empujón a uno y le dejé sentado. Parece que deciden estarse quietos y dormirse. Son las cuatro de la mañana.
Pasan unos cuantos días sin que pueda escribir algo en mi recién empezado diario, otro día con más tiempo seguiré.

Día 15 de octubre de 1.976.
Después de la diana y de ir a desayunar, llega el momento de la limpieza: me destinan a recoger colillas, y eso que yo no fumo. Todos los días le digo al Alcalá y al San Fernando que no tiren las colillas al suelo y que eso debían de hacer todos, pero desde entonces cada vez que tienen algo en la mano y lo van a tirar me avisan para que lo vea. Recién limpio todo nos dan un chusco y dos quesitos. La gente quita el papel de los quesitos y lo tira al suelo. Por supuesto después hay bronca y nos mandan recogerlos.
—-¡Compañía, a formar!
—-Fulano, mengano, que pasen a la oficina que los quiere ver el alférez. Los demás a hacer la instrucción.
Por esta vez me he escapado de la instrucción, pero no me hace mucha gracia. Después de comer se está en la compañía y luego a pasear. Hoy a San Fernando le ha tocado cocina, así que vamos tres: Coslada, Alcalá y yo. Nos hicimos una foto.
Después de cenar se forma la compañía y sale en primera fila Lérida.
—- Los veteranos forman delante.
—- Joder, siempre estamos igual, este cabo los tiene subidos.
En la formación se empiezan a escuchar pedos, eructos, rebuznos y toda clase de ruidos. De pronto Lérida se pone a "mear" y precisamente al lado de un cabo veterano con ocho meses de mili. Y naturalmente se arma.
—- Por de pronto mañana cocina, y luego ya veremos.
El cabo está de mal humor, y al entrar dentro dice a voz en cuello:
—- Al que hable me lo follo y se le van a caer los huevos al suelo.
La gente no se calla, y de pronto se ve a tres haciendo firmes en calzoncillos.
Silencio absoluto.

Día 16 de octubre de 1.976.
Hoy amanece mal día, pues tocan las famosas y temidas vacunas. Después de diana y desayuno me emplean en la limpieza del suelo de colillas hasta que nos forman y nos conduce un cabo primero hasta el botiquín. Según vamos llegando se divisa a la gente que «ya ha pasado por la piedra» de otras compañías, mareada, tumbada en el suelo, y algunos llevados por otros a hombros, como si hubiera pasado algo fuerte. De pronto, después de pasar lista, te ves en una fila, desnudo de cintura para arriba, yodo en un brazo, en otro pinchazo por la izquierda, pinchazo por la derecha, sales y te empieza a doler, con lo que te pones a boxear en el aire, para que se te distribuya por la sangre y no te haga demasiado efecto.
Después se toma el bocadillo y se espera «galbaneando» la hora de comer. Después de comer, se hace alguna cosilla en la oficina y a las cinco el cabo de cuartel me destina a limpieza de lavabos.
—- Esta fila, quiero ver, primero yo y después el alférez, los lavabos brillantes, más limpios que el jaspe.
A fregar los lavabos.
Llega la hora de recibir cartas con todo el mundo, o casi todo el mundo sentado en el centro de la compañía y el cabo va cantando nombres:
—- Fulano de tal.
—- Aquí.
Algunos reciben varias cartas y uno dice:
—- Qué pasa, «paisas», que os escriben por capítulos o qué.
—- Cubalibre debéis, los de tres pá arriba.
Se da una vueltecilla por el campamento y después de cenar un «poquejo», a la piltra.
Día 17 de octubre de 1.976.

—--¡COMPAÑÍA…, DIANA… TODOS A FORMAR CORRIENDO!
Antes de esto, la gente se viste como puede encima de la cama, pues está prohibido bajarse, e incluso algunos llegan a hacer la cama estando encima. ¡Vaya hechuras de camas!
Siempre existe el clásico remolón que tiene a toda la compañía con el brazo izquierdo levantado en la formación, y eso que ayer hubo vacuna y está dolorido el brazo.
—--Tienen tres minutos para lavarse y vestirse correctamente. A formar se puede salir sólo con el cinto y la gorra. Lávense y a formar nuevamente para ir a desayunar, rompan filas.
—- ¡A la orden!
La gente entra en tropel en la compañía con la mano en la cabeza cubriendo la gorra, por si acaso se la levantan y desaparece.
Hago mi cama, me visto y salgo a formar, pues no me queda tiempo para lavarme. Después de desayunar me «enchufan»" en la oficina, venga y venga a hacer fichas y fichas con una máquina de escribir antigua y desvencijada; no levanto la cabeza hasta la hora de comer.
Después de comer, un potaje de garbanzos, huevos fritos con papas y chorizo frito, ensalada y manzanas, que se dejaban comer bastante bien, me enchufo de nuevo en la oficina con la máquina, robando algunos ratillos para escribir a la novia y acabando a las siete de la tarde.

Me da tiempo a dar una vuelta y escribir un rato antes de cenar y a acostarme.

sábado, 31 de octubre de 2015

LUCY




Iba a empezar este comentario con el consabido ¿quién no ha oído hablar de Lucy? pero caigo en la cuenta que serán muchas las personas a las que este escueto nombre de mujer, así, de sopetón, no les diga nada. Tendría que tratarse de alguien un poco aficionado a las cuestiones de paleoantropología y estar preocupado, algo preocupado, por la pregunta ¿de dónde venimos? para tener en la mente este nombre de cuatro letras y no precisamente español, que sería Lucía. Solo como curiosidad añadiremos que este nombre se decidió por una entonces conocida canción de The Beatles titulada "Lucy in the sky with diamonds".

Hace más de cuarenta años, en una región perdida de Etiopía llamada Hadar, un jovencísimo Donald Johanson, junto con Tom Gray y su equipo, se topaba un veinticuatro de noviembre de mil novecientos setenta y cuatro con uno de los grandes descubrimientos de la humanidad: el esqueleto incompleto de una mujer, perteneciente a la posteriormente denominada Australopithecus afarensis, que podría tener cerca de tres coma dos millones de años de antigüedad y que sin duda era uno de los ancestros del homo sapiens, que es lo que somos nosotros ahora en la actualidad. En los inmediatos años posteriores se descubrieron más fósiles de homínidos en la zona junto con sus herramientas, aspecto este importante pues es una de las consideraciones a tener en cuenta en la diferenciación como especie humana. Los hallazgos cubren un período de cuatrocientos mil años, pero desafortunadamente en 1976 la situación política paralizó las excavaciones en la zona durante quince años.

Donald Johanson había nacido en Chicago en 1943, por lo que en aquella época contaba poco más de treinta años. En la actualidad, octubre de 2015, cuenta con algo más de setenta, lo que no le impide seguir en la brecha. La imagen que acompaña a esta entrada está tomada de los vídeos de un curso MOOC gratuito de la Universidad del Estado de Arizona, que se imparte bajo la plataforma eDX y que lleva por título «Human Origins». En ningún momento relacioné mi inscripción hace unas semanas, insisto en lo de gratuita, en este curso con la figura de este erudito completamente desconocido para mí aunque no lo fuera «Lucy».

Han transcurrido solamente dos semanas de las cuatro que componen el curso. Han sido más de cuatro horas de vídeo en las que he podido deleitarme con las explicaciones de este caballero desgranando conceptos muy interesantes, para mí, sobre la evolución, los primeros pasos de los Darwin, Lamarck, Wallace, Linneo y compañía y las diferencias existentes entre monos, primates, gorilas, orangutanes, bonoboos y una gran multitud de especies que se parecen pero que no tienen nada que ver, ni entre ellos ni con nuestros ancestros. Descendemos de los chimpancés aunque nuestro tronco es común con las especies mencionadas.

De una forma gratuita y cómodamente sentado en el sillón de casa, uno puede recibir lecciones de una eminencia como es este antropólogo. Bien es verdad que son en inglés, ese lenguaje maldito para muchos españoles, pero las tecnologías modernas permiten complementar los vídeos con los subtítulos de lo que se va relatando, lo que ayuda enormemente en su comprensión. No es el caso, pero otro día hablaremos de las enormes posibilidades que permite la reproducción de vídeos en el ordenador, donde podemos acelerar o retrasar la velocidad del habla y las imágenes a nuestro gusto.

Aquí en España estamos lejos de Hadar pero cerca de una maravilla en estos temas como son los yacimientos burgaleses de Atapuerca, complementados en la actualidad aunque desde hace pocos años con el Museo de la Evolución situado en la capital castellana. Solo la historia de cómo la ejecución de las obras de un tren minero en 1929 puso al descubierto el yacimiento ya es de por si un milagro, aunque tuvieron que pasar muchos años hasta que en 1969 un antropólogo español tomó conciencia de lo que podía suponer este yacimiento en la construcción del puzle incompleto de la historia de la humanidad al hallar restos de la que posiblemente sea la especie humana más antigua de Europa, el denominado «homo antecesor» que vivió hace alrededor de un millón de años. Una visita a ambos lugares, el museo y los yacimientos, debería de ser obligada para comprender lo que somos y nuestros orígenes, al tiempo que despertar nuestra curiosidad por estos temas si es que no la teníamos lo suficientemente despierta ya como es mi caso. He tenido la oportunidad de visitar ambos lugares, la última vez en 2013 según describo en esta entrada y espero que no sea la última. Numerosos libros de eruditos españoles, como es el caso de «La especie elegida» escrito por uno de los codirectores de las excavaciones, Juan Luis Arsuaga, también nos permitirán a nosotros excavar simbólicamente en la mina y conocer algo más sobre nosotros mismos y nuestros orígenes.

Y por si fuera poco el curso, las maravillas de la tecnología permiten un contacto más directo sin importar las distancias. Hay varias plataformas, pero la conocida como Google Hangouts nos va a permitir el próximo jueves día cinco de noviembre de 2015 asistir en directo, igualmente cómodos en nuestro sillón, a una conferencia del profesor Johanson, en la que podremos intentar, seremos muchos, interactuar con él y mandarle nuestras preguntas a través de la red. Más experiencias apasionantes que ir acumulando y con las que podemos disfrutar. Y… ¿hay gente que se aburre sin nada que hacer?

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sábado, 24 de octubre de 2015

RATEROS




Conviven con nosotros desde la noche de los tiempos. Con el paso de los días llegan a ser conocidos en los ambientes policiales y judiciales que se ven impotentes para hacer nada. Son pequeños ladronzuelos que trabajan en la modalidad de hurto con lo que tras tomarles declaración en las dependencias policiales son puestos en la calle de nuevo por los jueces para que puedan seguir…trabajando. Una cosa buena tiene, y es que realizan sus actividades con limpieza y sobre todo sin violencia, a base de astucia y entrenamiento, que necesitan lo suyo. Son los carteristas, rateros o descuideros, esos ladronzuelos de carteras de bolsillo que tratan por todos los medios de que las de los despistados cambien de propietario el tiempo suficiente para detraer los dineros y las tarjetas de crédito antes de arrojarlas a una papelera o alcantarilla, aunque los hay de buen corazón que se molestan en acercarse a un buzón de correos a depositar los despojos de su acción.

Cada vez que entro en un lugar concurrido como pueden ser los servicios de transporte público, tengo el movimiento instintivo de sacar la cartera del bolsillo trasero del pantalón, donde la llevo normalmente, y ponerla en el delantero y además de forma horizontal, con lo que queda más abajo y más encajada. Y como precaución adicional, antes de entrar, saco de la misma el abono, billete o dineros que vaya a necesitar y los llevo a mano, precisamente para evitar el tener que sacar la cartera y estar expuesto a algún tirón o sucedido como el que le ha ocurrido a mi buen amigo Pablo esta semana, que se ha quedado sin sesenta euros y todavía no sabe cómo.

Había quedado con una amiga en una urbanización de la periferia madrileña y fiel a su costumbre había llegado con suficiente antelación, por lo que se encontraba matando el tiempo dando un paseo cuando se detuvo a su altura un coche ocupado por una familia compuesta por un matrimonio y dos hijos de unos doce años. Por el aspecto eran extranjeros y con rasgos árabes, siendo esto lo de menos; chapurreando en inglés le preguntaron mientras exhibían un mapa por un hotel en las inmediaciones haciendo ver que andaban perdidos. Mientras el bueno de Pablo les explicaba sobre el plano donde se encontraban y las alternativas posibles, el padre bajó del coche para hablar con más comodidad. Cuando parecía que se había enterado más o menos de lo preguntado, sacó un billete de cien euros para preguntar si sería suficiente para una primera noche de hotel, al tiempo que indicaba que no conocía los billetes de euro.

Pablo pensó por un momento en tratar de cambiárselo, para lo que sacó su cartera y viendo que no le alcanzaba les mostró a él y a la mujer un billete de 20, otro de diez y una moneda de euro para que tomaran contacto. Muy agradecido, el hombre ocupó de nuevo su asiento de conductor pero volvió a preguntar una aclaración sobre el mapa. Pablo tenía la billetera en la mano, cerrada y recuerda haber apoyado la mano con esta billetera en el quicio de la ventanilla del coche, con lo que esta quedó por un momento bajo el plano, aunque insiste en lo de cerrada.

Adiós, adiós, cuando Pablo acudió a la cita con su amiga y en un momento sacó la cartera para pagar un encargo dulce que le había hecho, unas perrunillas del pueblo de sus padres, una bilis amarga le subió por la tráquea al tomar conciencia de que la cartera estaba…vacía. Quedaba claro quién se la había limpiado, pero ¿Cómo? ¿Con unas pinzas quizá? Una cosa no se le puede discutir al padre de familia perdido en busca de hotel y es que su habilidad fue de matrícula de honor y merecedora de un doctorado en carterismo.

Así que mucho ojo, que ya nos lo dice la sabiduría popular: «Las apariencias engañan». Volviendo a repasar lo que había ocurrido, lo más probable es que el bueno de Pablo se confiara por el hecho de que se trataba de una familia, con niños. Se las saben todas y algún día u otro nos pillarán. Nuevos tiempos, nuevos métodos para las acciones de siempre.

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sábado, 17 de octubre de 2015

CLAUDICAR




Hemos comentado hasta la saciedad en anteriores entradas de este blog los diferentes aspectos a los que se ven expuestos en la actualidad los comercios tradicionales. La competencia es brutal y la globalización y la mejora de los procesos de compra por internet han dado un giro total a nuestra relación con las tiendas de toda la vida, hasta hace pocos años las únicas posibles habida cuenta que la venta por correo no ha tenido mucho desarrollo en nuestro país.

Siempre que puedo, mi primera opción es intentar adquirir los productos en la que siempre se ha denominado como la tienda del barrio, esa que utilizamos cada vez menos y que dejamos para una emergencia cuando no nos apetece o no tenemos previsto desplazarnos al gran centro comercial donde la gran mayoría de la gente realiza las compras de forma masiva y periódica.

Desgraciadamente, la evidencia rinde nuestros planteamientos y nos obliga a claudicar por mucho que nos empeñemos, contra viento y marea, en mantener el tipo y tratar de seguir haciendo que la tienda de toda la vida siga ahí, prestándonos unos servicios que nos sean cuando menos útiles, aunque nos cueste el utilizarlos algún que otro sobreesfuerzo en tiempo y en dinero.

Mi mujer dispone desde hace unos años de un portátil pequeño, de esos conocidos como «notebooks», con el que se apaña y hace sus pinitos en cuestiones de informática casera, a saber, ver el correo electrónico, tratar fotografías, preparar documentación de su trabajo y en general todas las cosas corrientes que cada vez más usuarios normales realizan hoy en día. Ya hace un tiempo sustituí su disco duro convencional por uno de nueva tecnología, SSD, que mejoró bastante la velocidad y prestaciones del aparato, pero lleva una temporada que parece que va lento. Los discos SSD no se pueden compactar, por lo que lo único que se me ocurre es hacer un borrón y cuenta nueva, formatear el disco y empezar a instalar cosas desde cero, cosa que ya he hecho otras veces y algo mejora la cosa, por lo menos de forma subjetiva. Hay que tener en cuenta que a medida que pasa el tiempo, los programas y aplicaciones son de mayor complejidad y utilizan más recursos de memoria y procesador.

Antes del verano me proponía realizar este «borrón y cuenta nueva» cuando se me pasó por la cabeza el tratar de ampliar la memoria RAM: tenía 1 Gb y lo máximo que se podía era pasarla a 2 Gb, pues dispone de una sola bahía, es una máquina ya de una cierta antigüedad y la cosa no daba más de sí. Hombre, se trataba de duplicar la memoria y mejor andaría el asunto.

Dos tiendas de informática tengo en las cercanías. Allí que me fui a la primera con el cacharro medio desarmado y la memoria en la mano para enseñársela al dependiente, pues ya me he visto en anteriores ocasiones con multitud de problemas e incompatibilidades en temas de memoria; hasta que no se pone, se arranca el ordenador y la reconoce y funciona, a priori no se puede estar seguro de nada. Esto mismo me dijo el tendero, que declinó el tratar de conseguirme la memoria pues no podía estar seguro al cien por cien de que funcionara y en ese caso, en sus mismas palabras, se la «tendría que comer con patatas».

Primer intento fallido, me dirijo al segundo. Reparemos en que esto ocurría antes de verano. Me dijo que sí, que me la podía pedir pero que tardaría una semana aproximadamente. Las condiciones me servían, no había prisa, por lo que le hice el encargo correspondiente, quedando en ser avisado por teléfono o correo electrónico cuando estuviera disponible. A los quince días, seguíamos antes de verano, pasé por allí y me dijo que todavía no estaba, no la había recibido, y no pudo darme una fecha concreta pues se trataba de una pieza muy especial, etc. etc. Entiendo que me podía haber llamado para decírmelo como una deferencia pero…

No he llevado la cuenta de las veces que he pasado por allí, pero entre sus vacaciones, las mías, los olvidos y demás, llegó el final de septiembre y el asunto seguía en punto muerto y sin visos de ser solventado. Pensé en acercarme de nuevo personalmente a interesarme por el tema, pero si lo hacía podía darse la circunstancia de quedar enganchado de nuevo en una falsa promesa de mantener el asunto en vivo que es lo que suele ocurrir cuando no eres un cliente totalmente anónimo y desconocido. Con ello, decidí dar esta vía por zanjada y pasar a la acción, que es lo que tenía que haber hecho desde el principio y me hubiera evitado muchas idas y venidas, notas, pedidos, llamadas… El intentar ser «piadoso» y mantener las tradiciones te puede llevar a estas pérdidas de tiempo.

La alternativa ya se la imaginan Vds.: una conexión a internet, concretamente a Amazon, y a la primera, varias tiendas subsidiarias que disponían en su stock de la pieza de memoria buscada. Por marca y precio seleccioné una de ellas que estaba ubicada en Alemania, realicé el pedido, pagué con mi tarjeta virtual, seleccioné como dirección de envío una tienda donde te dejan el paquete para que no tengas que estar en casa pendiente y… A los tres días la memoria estaba instalada en el portátil, reconocida sin problemas por el «Ventanas» y trabajando. Otra cosa es si el procesador marcha más rápido que antes pero ese es un asunto tangencial a esta historia de tiendas y tenderos, presenciales o virtuales.

Me imagino que habrá muchas personas para las que ya su primera opción sea el pedido por internet, no solo de piezas de informática o electrónica sino de cualquier tipo de artículos sin olvidar aquellos de alimentación como naranjas o productos congelados que te traen a tu casa de forma totalmente profesional y con sumo cuidado, mejor que los puedas traer tú del supermercado.


Las tiendas y los tenderos clásicos lo tienen difícil, muy difícil. En lo único en que pueden extremar sus esfuerzos es en la atención personalizada pero aun así muchas personas se acercarán a tomar una cerveza con ellos pero comprarán sus cosas en una tienda virtual, con todas las garantías de entrega y devolución en caso necesario como ya hemos comentado en anteriores entradas de este blog.



sábado, 10 de octubre de 2015

HÁBITOS




Uno no puede por menos que esbozar una sonrisa cuando ve reflejada en la prensa la recomendación de hacer una actividad que ya lleva varios años realizando. La imagen está recogida hace unas semanas en un dominical de El Mundo bajo el atractivo titular de «Cuatro ejercicios que te cambiarán la vida». No puedo por menos que estar completamente de acuerdo porque a mí, que los llevo realizando años, me han reportado unos beneficios que voy a tratar de referir a continuación.

Aunque una acepción de la palabra hábito es «Vestido o traje que cada persona usa según su estado, ministerio o nación, y especialmente el que usan los religiosos y religiosas» no es ese el tema sobre el que voy a juntar unas palabras sino de otra que reza de una forma enmarañada como «Modo especial de proceder o conducirse adquirido por repetición de actos iguales o semejantes, u originado por tendencias instintivas». No creo que sea debido al instinto pero tres cosas fijas hago, salvo imponderables, nada más levantarme por las mañanas. La primera la debe de hacer todo el mundo y no es otra cosa que girar una visita al amigo Roca para evacuar esos líquidos que se nos han ido acumulando a lo largo de la noche. La segunda que yo acometo no tiene nada que ver con el ejercicio físico pero es beneficiosa para la salud, a muy largo plazo, aunque como todo en la ciencia médica no es demostrable y depende de las personas.

Ya hace muchos años, en una visita a la localidad granadina de Lanjarón, famosa por sus aguas minerales que son buenas para el corazón así como las de Mondariz son buenas para la nariz y las de Bezoya para otro órgano… masculino, una señora muy anciana que nos vendió un tarro de miel en el zaguán de su casa nos dijo que se trataba de un producto natural con muchas propiedades, destacando entre ellas los beneficios para la tersura de la piel, cuestión que pudimos constatar en su persona pues, casi ya nonagenaria, no presentaba ni una arruga. Años después, la hermana de una cuñada, que aparenta muchos menos años de los que en realidad tiene y que exhibe una piel envidiable, me dijo que al levantarse por las mañanas se tomaba un vaso de agua templada con una buena cucharada de miel y el zumo de un limón. Estos dos hechos me lanzaron a adquirir para mí esa costumbre que practico a diario desde entonces. Si tengo bien la piel o no o si las arrugas son las que corresponden a mi edad o no, no me compete a mí juzgarlo, pero un hecho reciente aporta alguna clave en ese sentido. En una época próxima he perdido 33 kilos y la piel ha seguido tersa y sin esas bolsas y arrugas desagradables que invariablemente aparecen en pérdidas de peso de ese calibre. También la gente me dice que aparento menos edad de la que consta en mi carnet de identidad y algunos comentarios sobre arrugas que no reproduzco. ¿Es verdad? ¿Se debe a la ingesta diaria de miel y limón? No puedo estar seguro al cien por cien, pero seguiré tomando mi pócima diaria nada más levantarme, porque claramente ningún daño me hace.

Y no me olvido de la tercera actividad que hago por las mañanas y que es exactamente la que preconizan en el artículo mencionado, aunque yo añadiría un ejercicio extra que también recomiendo. Comentaré una por una con los beneficios que creo se derivan, al menos en mi propia experiencia. La primera, anda o corre, no la ejercito al levantarme, pero si tres o cuatro días por semana la de correr y siempre que puedo la de andar. Los beneficios generales para el cuerpo y la mente son tan evidentes que no admiten discusión.

La segunda, abdominales, me permiten mantener alejados los dolores de espalda que a ciertas edades aparecen con demasiada frecuencia, al tiempo que sin llegar a lucir una tableta, mantienen un cierto tono muscular en tripa y barriga incluso cuando por mi peso han estado con determinado volumen. La flacidez que puede apreciarse en ciertas personas cuando se les desborda el cinturón, bien puede ser arreglada o minimizada con ejercicios de abdominales que, ojo, hay que realizar bien y no de cualquier manera, a ver si nos vamos a provocar lesiones en lugar de beneficiarnos.

La tercera, flexiones de brazos, es para mí fundamental. Me gusta darme largas caminatas por el campo y las montañas, para las que siempre llevo dos bastones, en los que me apoyo en las subidas al ayudarme con la fuerza de los brazos y sobre todo en las bajadas, donde son de una ayuda inestimable en las articulaciones de las extremidades inferiores, sobre todo en las rodillas. En la vida diaria, una caída inesperada no tiene las mismas consecuencias, y lo digo por experiencia, si tenemos unas extremidades superiores fortalecidas que nos permitan amortiguar el golpe. Y también, porque no, unos brazos potentes nos ayudan a llevar la compra, subir escaleras mediante los pasamanos o cuando un amigo nos «contrata» para hacer la mudanza.

La cuarta, sentadillas, es mágica. Yo hago veinte, bien hechas, todas las mañanas. Como es fundamental agarrarse bien, cuando no dispongo de otro sitio mejor, el elegido es el borde del fregadero, del lavabo o incluso el canto de una puerta agarrando los picaportes. Con los años, uno de los problemas graves de las personas mayores es el tener enormes dificultades para poderse agachar, sentarse en el suelo o levantarse. Me resulta curioso cuando observo en los parques a personas ancianas o no tanto jugando al chito o la calva, porque casi todos ellos llevan un cable con un imán en la punta que les permite recoger las bolas sin doblar el lomo. Poder agacharse es bueno, como también lo es poderse poner los calcetines, cortarse las uñas de los pies o darse en los mismos una crema rica en urea que evite callos y durezas.

Y la quinta la pongo de mi cosecha, torsión troncal lateral. De pie, separado una cuarta de una pared, se trata de girarnos todo lo que podamos por un tiempo a ambos lados, manteniendo la torsión, sin rebotes. Al mismo tiempo y para fortalecer el cuello, giraremos la cabeza al lado contrario. Creo que este ejercicio me reporta movilidad y seguramente ayuda a minimizar problemas en la cintura y espalda al tiempo que el cuello mantiene su tonicidad, su capacidad de giro y nos aleja tortícolis y sensaciones indeseadas.

Así que ánimo, lector, son quince minutos a emplear a diario que, con el tiempo, supondrán una mejora significativa en tu calidad de vida. No lo dudes y… empieza hoy mismo.



sábado, 3 de octubre de 2015

(MAL)TRATO




No solo los salarios sino también las condiciones laborales han cambiado, para peor, de forma drástica y lamentable en los últimos tiempos. Y no estamos pensando es esos talleres clandestinos en los que empresarios sin escrúpulos y con el único fin de engrosar su cuenta corriente en el menor tiempo posible emplean a personas necesitadas que desempeñan su trabajo en unas condiciones deplorables, como ha podido verse en las ocasiones en que estas noticias, cada vez con menor frecuencia, llegan a los medios de cierto nivel de difusión.

Cerca de 20 años estuve laborando en aquella entelequia hoy desaparecida que conocíamos hasta no hace mucho por el nombre de “Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid”. Durante la primera decena, allá por los setenta del siglo pasado, me sentía un trabajador necesario y que aportaba su granito de arena a la consecución de los fines empresariales. Quizá hubiera un cierto paternalismo en la dirección de la empresa pero creo no equivocarme si aventuro que ese era el sentimiento general de todos los empleados, que se partían el pecho por hacer que todo fuera mejor. A mediados de los ochenta, diversos condicionantes como expansiones y cambios en la alta dirección torcieron este sentimiento y los empleados ya no sentíamos la empresa en nuestras entretelas. Unos más y otros menos, según los departamentos y las circunstancias, íbamos convirtiéndonos en simples mercenarios que acudíamos a nuestro puesto de trabajo a cumplir y poco más. Al poco de aquello abandoné esa empresa en la que durante años tuve la creencia que me iba a jubilar. Deambulé por otras de las grandes del entramado bancario español con más pena que gloria hasta que ya hace unos cuantos años me dijeron desde el departamento de recursos humanos, antes se llamaba de personal, que no contaban conmigo y que era mejor que me marchara, menos mal que prejubilado y no despedido.

Era joven entonces, como lo sigo siendo ahora, pues había comenzado mi cincuentena, y tocaba alquilarse al mejor postor en esa modalidad de trabajo en autónomo que todo el mundo, hasta el diccionario, conoce por free lance. Ello implica pequeños contratos de algunas semanas o meses en diferentes empresas por las que he ido pasando este último casi decenio, lo que me ha permitido vivir de primera mano diferentes ambientes y situaciones.

Uno de los problemas que me echo al coleto es el del acceso al puesto de trabajo y la composición del mismo. No voy a entrar en detalles, pero es por lo general lamentable y por ello solo voy a contar, por agradecimiento, el mejor de todos que tuvo lugar en el centro informático de Tres Cantos de Bankinter. Me presenté al control de accesos un lunes a las ocho de la mañana y con solo mostrar mi carnet de identidad, una persona me acompañó a mi puesto de trabajo, me enseñó diferentes zonas interesantes de la empresa como la cafetería y los servicios y se quedó a mi lado los diez minutos escasos que fueron suficientes para encender el PC y comprobar con no poca sorpresa y mucha admiración que estaba operativo y que mi usuario de red, de mainframe, mi correo electrónico y en general todo lo que iba a necesitar para desempeñar mi trabajo estaba dispuesto y operativo. En otros sitios y por circunstancias de lo más peregrino  he llegado a necesitar casi una semana para poder empezar a desempeñar mínimamente las  funciones para las que se me ha contratado.

Todo esto viene de prolegómeno para relatar una situación actual, que no estoy viviendo directamente en primera persona pero que sí les está ocurriendo a compañeros cercanos. Un día de esta semana hablaba con uno de ellos y no daba crédito a mis oídos por la historia que estaba escuchando. Uno de ellos hizo el resumen en tres palabras: «This is Spain». Omitiré detalles específicos por aquello de relatar el pecado y no desvelar el pecador, pero si diré que se trata de una de las grandes empresas de este país llamado, por el momento, España.

El centro de trabajo al que acuden a diario está una zona de la periferia de Madrid construida hace relativamente poco tiempo y destinada a oficinas; pensar en acudir allí con coche es imposible, ni siquiera madrugando, porque están aparcados encima de las farolas y subidos a las fachadas colgando de los aleros. En algún caso de necesidad, dejándolo donde ha podido, alguno ha sido obsequiado con una multa de 200 euros por la policía municipal. La alternativa es el transporte público, que remedio; cerca de dos horas de ida y otras tantas de vuelta en alguno de los casos, especialmente si la ubicación de esta periferia de oficinas está en la punta opuesta de Madrid a la del lugar de residencia. Eso sí, esta empresa dispone de dos plantas reservadas, repito, plantas, de aparcamiento, que por lo general están con un índice de ocupación mínimo pero en las que no está permitido aparcar, y mucho menos a los «externos» que es como se denomina a los trabajadores que no están en la nómina de la empresa para la están trabajando como uno más. Solo falta que les pongan una camiseta especial y un gorro para marcarles como se hacía en la Edad Media con algunos colectivos.

No disponen de una tarjeta permanente de acceso, por lo que tienen que solicitarla a diario al control, que tiene que llamar al teléfono FIJO de dos personas para que una u otra BAJE física y personalmente a la entrada a autorizar su acceso y les acompañe a su puesto de trabajo. Cuando por diversas circunstancias estas personas no son localizadas, porque todos tenemos una mala noche, o llegamos tarde o estamos en una reunión, los externos deben esperar por un tiempo indeterminado. En alguna ocasión la demora en ser recepcionados por los autorizados ha llegado a las TRES horas. Sal de tu casa a las seis de la mañana y disfruta dos horas del transporte público para estar tres horas en la entrada esperando a que te dejen entrar a desempeñar tu trabajo. Una solución que les han propuesto es que personalmente llamen desde sus teléfonos móviles, y por lo tanto a su cargo, a los móviles de los «autorizadores» para que bajen a buscarlos. Solo falta que les digan que les lleven café y bollos. Y otra cuestión es la utilización del baño, que está fuera de la zona para la que es necesaria tarjeta de acceso. A la vuelta de visitar al sr. Roca hay que esperar a que pase alguien o hacer mimos a través de los cristales a ver si algún alma caritativa se apiada y te abre, pero los cercanos a las mamparas están hartos, con razón, de hacer de porteros. Hay más, pero no se trata de aburrir, den rienda suelta a la imaginación. En dos palabras como decía aquel: «im»  «presionante».

Y el puesto de trabajo… El centro funciona en el modo que ahora se llama de factoría, esto es, se paga por el puesto de trabajo efectivamente utilizado una cantidad diaria. En este caso concreto, cada puesto supone un gasto diario de casi veinte euros. Claro, lo mejor es ahorrárselo con la triquiñuela de meterlos a todos en una sala de reuniones, que algunas veces no está libre, para ahorrarse esos eurillos. Menos mal que todavía no se les ha ocurrido poner estanterías en los pasillos o en el baño, que todo se andará. Las condiciones de trabajo en esa sala de reuniones  en cuanto al mobiliario, los equipos y el ambiente son deplorables. No entremos en detalles, pero pongan la vista con atención en la imagen que acompaña esta entrada: la temperatura ha sobrepasado en varias ocasiones los 27 grados. ¡Así no hay quién labore!

Supongo que no pretenderán que estas personas desarrollen bien su trabajo en estas condiciones. Ya sé que peor están en otros sitios, pero no es de recibo que una empresa pudiente y de las que tiran del carro en este país permita estas condiciones. También imagino que sus dirigentes no están enterados de estas menudencias, como ha pasado con el asunto de la Volkswagen en estos días, pero bien que ellos, los políticos de turno, los directores de medios y demás personajes influyentes de la vida patria se encargan de hacernos creer por activa y por pasiva que los empleados son el principal activo de las empresas. ¡Miau! 

Insisto en la idea: no quiero que me lo digan, quiero sentirlo yo por mi mismo sin que nadie me tenga que convencer de ello. Y con estos mimbres, los cestos que fabriquemos no pueden tener mucho futuro.


sábado, 26 de septiembre de 2015

W.P.I.C.




Las combinaciones de las 26 letras internacionales del abecedario tomadas de cuatro en cuatro alcanzan el número de 456.976. La combinatoria fue una cuestión de las matemáticas que estudié en mi quinto curso de bachillerato; ahora no sé en qué curso lo estudiaran los chavales aunque es posible que en ninguno salvo que se dediquen a alguna especialidad técnica. En todo caso, WPIC es, pues, una de las casi medio millón de combinaciones posibles.

Estamos hartos de acrónimos, ya se sabe, esos vocablos inexistentes «… formados por la unión de elementos de dos o más palabras…». En este caso el título de esta entrada responde a las iniciales, en inglés, de un supuesto «Código de Identificación Personal Mundial», o lo que es lo mismo y en inglés, «World Personal Identification Code».

Como cuando un autor está buscando título para uno de sus libros, una de las cuestiones fundamentales hoy en día es saber si lo que estamos pergeñando existe con anterioridad o al menos algo parecido, para lo cual es menester consulta obligada al sr. Google ese, que en un periquete nos devolverá cientos de miles cuando no millones de entradas en internet hablando del asunto. Puesto manos a la obra, me encuentro con que «WPIC» o «W.P.I.C.» existe pero ni por asomo se refiere al tema del que quiero ocuparme. Un instituto canadiense de relaciones matrimoniales, algún instituto norteamericano de carácter médico e incluso una emisora de radio son las páginas más significativas que he logrado encontrar.

Otro asunto es buscar no tanto por el palabro sino por el concepto. En esta era de la globalización sorprende no encontrar nada referido al asunto, salvo un intento recogido en páginas francesas de establecer un código de corte similar para empresas a nivel mundial, pero no para personas, aunque el hecho de que yo no haya encontrado nada no quiere decir que no exista. En todo caso me da igual, ya que mis fines son otros.

Tras cuarenta años y unos cuantos lenguajes de programación de ordenadores utilizados en mi vida profesional y personal, le ha llegado el turno a aprender uno nuevo: Python. No es un lenguaje reciente ya que según reza la Wikipedia fue creado a finales de los años ochenta del siglo pasado en los Países Bajos por Guido van Rossum, con lo que cuenta ya con una antigüedad superior al cuarto de siglo. Mi motivación para, mejor dicho, necesidad de, aprender Python me ha hecho tomar contacto con este lenguaje y he podido realizar a lo largo del pasado verano un par de cursos MOOC disponibles, gratuitos y bastante interesantes que me han dado un baño básico suficiente para entender algo y aproximarme a la consecución de mis fines.

Aficionado como soy a las frases, ya he comentado en otras entradas aquel famoso proverbio chino que dice que «Si lo oigo, lo olvido; si lo veo, lo recuerdo; si lo hago, lo sé». Por ello lo mejor en estos casos es ponerse una meta a alcanzar y no parar hasta conseguirlo, por aquello de que con la parte práctica del asunto asentaremos conocimientos, solventaremos escollos y se nos quedará una base para el futuro.

El desarrollo informatizado que me propuse como ejemplo y que he bautizado como WPIC es tratar de conseguir un código, de ocho posiciones, formado por letras mayúsculas, menos la «O», números del 0 al 9 y las letras minúsculas internacionales de forma que cualquier ciudadano del mundo disponga del suyo de forma unívoca. Para ello he utilizado unos algoritmos sencillos que suponen operaciones lógicas y matemáticas y una serie de 61 caracteres básicos para generar el código, lo que da un número de posibilidades cercano a doscientos billones, si bien no todos los códigos son válidos porque existen ciertos controles internos de verificación. Conviene señalar que es reversible, esto es, que a partir de un código podemos obtener los datos que hemos utilizado para construirlo, que no son otros que el código internacional numérico de país según la tabla ISO-3166-1 y un número identificativo nacional. Como lo mejor es un ejemplo, diremos que para un español, código 724 del país España, con un Documento Nacional de Identidad supuesto de 41.325.627, el WPIC asignado sería «gP44P0lj» o para un supuesto número de identidad 7.523.321 de un alemán, código 276 del país Alemania, el WPIC asignado sería «MLnThv2y».

Ni que decir tiene que esto es una simple elucubración, aunque seguro que en el futuro, si es que no ocurre ya, alguna empresa de esas de la globalización se está planteando la necesidad de este tipo de código además de que a los muchos fisgones, autorizados o no, que hay por la red también les vendría muy bien, pero para implantarlo serían necesarias reuniones al más alto nivel mundial y el empleo de algoritmos de cifrado y criptografía mucho más potentes de los que he empleado yo en este ejemplo, que no deja de ser para andar por casa.

Una cosa que sabía, pero que no recordaba, era que en los mundos de Windows y en el caso particular de un usuario de Google, no se distinguen las mayúsculas y las minúsculas. Con ello, si queremos obtener un correo de Google, un @gmail.com, con nuestro flamante WPIC podemos tener problemas al no distinguirse mayúsculas de minúsculas. Con este planteamiento he dado una vuelta de tuerca al programa de forma que el código pase a tener 10 posiciones pero esté construido solo con los números y las mayúsculas internacionales exceptuando la letra «O» por aquello de su similitud con el número cero.

Para quienes pudieran estar interesados en obtener sus WPIC’s de 8 o 10 posiciones, en el siguiente enlace estará disponible por un tiempo un fichero de tipo «.zip» que contiene varios ejecutables y módulos necesarios. Con expandir este fichero en una carpeta de nuestro ordenador bajo cualquier sistema operativo Windows, y sin tener que instalar nada, dispondremos del programa ejecutable «WPICpython.exe», libre de virus, que voy a decir yo, con el que se pueden calcular los WPIC’s de 8 y 10 posiciones introduciendo el código de país y el número personal que sería equivalente al DNI. español. Mi manejo del lenguaje Python es todavía muy pedestre en lo que se refiere a interfaces gráficas, por lo que este programa ejecuta en modo de ventana de comando de forma muy elemental y con pocas alharacas, pero obtiene lo que vamos buscando.

Por aquello de verificar los resultados, he realizado el mismo programa en otro lenguaje, en este caso Visual Basic, en el que los manejos gráficos son más conocidos por mí aunque todavía no dominados. Está junto al otro en la misma carpeta antes comentada con el nombre «WPICvisualbasic.exe», pero lamentablemente al ejecutarle en su ordenador sin instalación Vd. puede encontrarse que le faltan por cargar determinados módulos denominados DLL’s, con lo cual fallará, salvo que se ponga manos a la obra y registre estos DLL’s en su registro de Windows, cuestión no muy complicada pero tampoco sencilla y que no podemos explicar aquí.

Suerte con sus WPIC’s. Los míos son «oArWv3bz» y «5T08HDL7YQ» en 8 y 10 posiciones respectivamente. ¿Cuál son los suyos? No me los diga, que al ser reversibles podría determinar, siempre que sean correctos, el país y número de identificación utilizados, aunque por el momento y hasta que no se globalice «solo podría hacerlo yo» ya que «este» WPIC es mío y solo mío…

sábado, 19 de septiembre de 2015

PODCAST




Hace años que mi gran amigo Miguel Ángel lo practica en sus paseos matutinos y me viene hablando de ello. También lo ha hecho anteriormente mi cuñado Hermann y esta semana otro buen amigo, José María, ha incidido en el tema de los «podcast», otro universo de los que nos rodea, del que hemos oído hablar pero que no acabamos de viajar a él por falta de tiempo, interés o que simplemente no se dan las condiciones para que nuestras antenas se orienten para captar todo lo que puede ofrecernos un viaje a ese mundo.

Yo he sido de siempre un amante de la radio a la vez que he ignorado y sigo ignorando la televisión todo lo que me es posible. Aunque algunas personas, especialmente los jóvenes, son expertas en manipular los móviles al tiempo que ven la televisión, esta requiere una atención plena si de verdad quieres enterarte de lo que se cuece, pues numerosos detalles visuales acompañan a los sonoros en un conjunto armónico y necesario para seguir la historia que se cuenta. La radio, por el contrario, te permite estar escuchándola al tiempo que realizas otras tareas o disfrutas de otra actividad como puede ser pasear, hacer deporte o…conducir.

Pasé innumerables horas escuchando programas de radio cuando empleaba mi tiempo en largas sesiones vespertinas en mi laboratorio fotográfico mientras revelaba negativos o positivaba fotografías y también en mis pinitos como ebanista o carpintero aficionado en un pequeño taller improvisado que conseguía en mi garaje sacando el coche a la calle. La radio era una compañera fiel y llegué a dominar el dial y los horarios para escuchar numerosos programas interesantes o simplemente amenos. No podía faltar la radio al lado mientras me afanaba en mis tareas. Quizá fuera una continuación de una época de niño en la que no había todavía televisión y la radio presidía desde su repisa en el comedor de la casa de mis padres y acompañaba a la familia durante todo el día con el programa de los «Porretas» por la mañana, las novelas interminables que escuchaba mi abuela mientras remendaba nuestros pantalones en la mesa camilla al calor del brasero o, ya por las noches, con toda la familia escuchando algunos programas de los que únicamente recuerdo uno titulado «Ustedes son formidables" conducido por Alberto Oliveras.

En los años setenta, con aquellos radiocasetes que integraban radio y posibilidad de grabación en cinta, muchos días utilizaba un programador en el enchufe y dejaba preparado todo para que se encendiera el aparato a una hora determinada y grabara algún programa favorito que luego escuchaba en diferido cuando podía. La media docena de cintas de casete que tenía para este menester se grababan y regrababan una y otra vez de forma que era casi milagroso que tras varios meses y grabaciones se pudieran seguir escuchando.

Ahora todo ha cambiado para mejor. Los programas de radio se pueden oír a cualquier hora con solo conectarse a internet. Y no solo de emisoras de radio digamos oficiales, sino de numerosas alocuciones que solo se generan en el mundo de internet por personas desconocidas o no tanto, que al igual que otros juntamos palabras en un blog se dedican a hacerlo de forma sonora. Pero además de esto está el mundo de los «podcast», que pongo entre comillas porque no he logrado encontrar la correspondiente palabra en español que defina el asunto. Una consulta al fantástico mundo de la Fundeu dice que… «El uso de esa palabra (podcast) es correcto y su plural es invariable (los podcast). No hay equivalente en español.». Así que a partir de ahora la escribo sin comillas.

Y… ¿por qué ahora sí y antes no mi acceso a este universo de los podcast? Mi actual situación laboral me fuerza a desplazarme en automóvil una hora de ida y otra de vuelta. He intentado el transporte público para poder ir leyendo pero serían casi dos horas de ida y no menos de dos y cuarto de vuelta, lo cual es un horror a pesar de que podría leerme casi un libro diario según el tamaño. Al principio brujuleaba por las emisoras de radio que me acabaron hartando a los pocos días por sus repeticiones de noticias por las mañanas a la ida y por sus anuncios y la falta de interés por las tardes a la vuelta, con lo que el refugio estaba en escuchar música grabada. Pero una de las cosas maravillosas que tiene el coche es la posibilidad de conexión «bluetooth».


Hay numerosos gestores de podcast en el móvil que permiten descargar al mismo miles de programas interesantes de forma casi automática. Al llegar al coche, enciendo la radio del mismo, activo el «bluetooth» de mi teléfono y empiezo a escuchar cosas interesantes o que en principio pueden serlo. Si no me interesan, con pasar a la siguiente se soluciona el asunto. Ahora lo que viene es dar con un buen gestor de mis podcasts alojados en el teléfono de forma que todos los días laborables, al inicio de la mañana, disponga de dos horas de contenidos para llenar ese viaje que de alguna forma ha cobrado un nuevo interés y me recuerda otros tiempos. ¡Qué maravilla!



sábado, 12 de septiembre de 2015

x'3C'




Una de las cuestiones que es igual para todo el mundo y a la que nada ni nadie pueden sustraerse es el paso del tiempo. La medición del mismo es cuestión ya humana y hace varios siglos que se adaptaron los sistemas de medición, calendarios y relojes, a los fenómenos naturales que tienen relación con la Tierra y su devenir diario en el universo. Pero otra cuestión es la representación de los valores en los que se plasman las peculiaridades de cada cultura. En cuestión de calendarios, en la actualidad nos regimos por el llamado Gregoriano, que fue implantado por el papa Gregorio XII allá por 1582 y que sustituía al anterior, denominado Juliano, que databa de los tiempos romanos de Julio César en el año 46 antes de Cristo. En el asunto de relojes, el mundo digital está sustituyendo a pasos agigantados al anterior analógico.

Desde hace muchos años, la humanidad utiliza masivamente la numeración arábiga que, contrariamente a lo que muchos pensamos, no fue inventada por los árabes sino por los hindúes, quizá con influencias chinas, aunque llegó a occidente a través de la expansión del Islam. Este sistema hace que los números del cero al nueve sean utilizados posicionalmente para representar cantidades. Sin embargo, a mediados del pasado siglo XX, la computarización de los cálculos motivó la emergencia de un sistema de numeración tan potente como simple, resumido en dos estados, que se pudieran describir como encendido-apagado, si-no, arriba-abajo, activo-inactivo. Habíase establecido la numeración binaria con el bit como unidad de información en el que solo caben los dos valores «0» y «1», hablando en términos numéricos y lo que sería una numeración de base «2» en lugar de la que utilizamos todos de forma común que es de base «10».

Este asunto, un poco enrevesado y difícil de entender en una primera aproximación para personas que no estén familiarizadas con el mundo de la computación y los ordenadores, es básico para que las máquinas, desde grandes ordenadores a pequeños microprocesadores integrados en todos los archiperres que nos rodean, puedan efectuar millones de operaciones en un segundo, a base de manejar muchos bites que cambian su estado de «0» a «1», apagado o encendido, a gran velocidad.

Por operatividad de todo este asunto, la siguiente unidad de información es el byte u octeto, que resulta de agrupar 8 bites. A poca matemática que empleemos, deducimos que el mayor valor numérico que podemos representar en un byte a base de combinar ceros y unos es 256, desde el valor 0 al valor 255, es decir, dos elevado a ocho. Aquí entran varios sistemas de asignar caracteres y signos a las combinaciones de ceros y unos contenidos en los ocho bites de un byte. El más usado en los ordenadores personales es la notación denominada ASCII que hace que un valor binario ‘01100101’ represente la “A” mayúscula y sin acento, por ejemplo, mientras que en otro sistema más extendido en los ordenadores grandes, mainframes, conocido como EBCDIC, esa misma letra “A” mayúscula, y sin acento, está asignada al valor binario ‘110000001’.

Todo este devaneo me sirve para explicar el título de esta entrada en el blog. Un poco de paciencia. Para los humanos es imposible hablar en ceros y unos; sería interminable tener que decir, en código ASCII, ‘0110010101111000011100010110100101110110’ para decir «ANGEL», que pongo entre comillas españolas por no haber utilizado la tilde en la A mayúscula. Por ello se agrupan los valores en una numeración de base dieciséis, hexadecimal, en la que en lugar de existir los diez números presentes en el sistema de base 10, existen dieciséis. Para ello asignaremos al hipotético número 10 la letra A, al 11 la B y así sucesivamente hasta la letra F para el valor 15. Nuestros números hexadecimales están compuestos por dieciséis figuras que serán las comprendidas entre cero y nueve más las figuras A B C D E y F. Con este sistema, para decir “ANGEL “ en hexadecimal no tendremos que emplear esa interminable ristra de unos y ceros y diríamos simplemente ‘6578716976’ en código ASCII o ‘C1D5C7C5D3’ en código EBCDIC, lo que es más corto y más inteligible para expertos programadores aunque igualmente enrevesado para personas corrientes poco versadas en el mundo de la programación de ordenadores. Para aquellos interesados, en la red hay numerosas páginas web con conversores e incluso la calculadora existente en cualquier ordenador personal puede colocarse en versión programador para permitir jugar con estos valores y las conversiones entre ellos.

De toda esta parrafada que le estoy soltando tiene la culpa mi buen amigo Miguel Ángel. Como muy buen informático que es, hace unos años, pocos, se acercaba a cumplir los 60 y, poco tiempo antes de llegar a esa fecha, decidió que dejaba de cumplir los años en decimal, como todo el mundo, y empezaba a cumplirlos en hexadecimal. Dado que cada posición vale dieciséis como hemos visto, para decir 48 en hexadecimal diremos ‘30’ y para decir 60 diremos ‘3C’ De un plumazo se había convertido en treintañero… hexadecimal.

Como hemos hablado al principio, el tiempo transcurre y discurre inexorablemente y esta semana me ha llegado a mí mismo la hora de convertirme en sesentón. Lo llevo bien y no soy de los que esconden los años, como parece deducirse de una frase que me parece ingeniosa y que hace mención a «esos diez maravillosos años que, en la vida de una mujer, transcurren entre los treinta y los treinta y uno». Así pues, sesentón para algunos, me queda el consuelo de ser treintañero para otros… Todo en la vida depende del cristal con que se mire o el sistema de numeración que se utilice.

domingo, 6 de septiembre de 2015

ÁLBUMES




Esta auto imposición de juntar unas letras una vez por semana que vengo cumpliendo, salvo contadas ocasiones, desde hace ya casi ocho años, me permite o me obliga a dedicar un tiempo a mejorar mi vocabulario y mis conocimientos de la lengua. Cualquier excusa es buena y aunque todos sabemos lo que es un álbum, me he permitido acudir al diccionario. Se pueden encontrar tres acepciones, más o menos parecidas, pero me quedo con la segunda que reza así: «libro en blanco de hojas dobles, con una o más aberturas de forma regular, a manera de marcos, para colocar en ellas fotografías, acuarelas, grabados, etc.». Pero los tiempos han cambiado y en el caso de las fotografías, aquellos viejos álbumes que tenían las hojas con plástico autoadhesivo o con paspartús han pasado a mejor vida.

Allá por los años setenta y ochenta el siglo pasado cursaba yo con una gran afición a la fotografía. No solo hacía fotos con mi cámara fotográfica sino que tenía mi propio laboratorio en casa en el que pasaba muchas tardes entre líquidos y cubetas revelando negativos y positivándolos después. Nunca me acostumbré al proceso mágico que hacía surgir la fotografía latente en un papel blanco por efecto del revelador bajo aquella luz roja de poca intensidad que era la única permitida. Disponía de un buen equipo y ello hacía que fuera buscado primeramente por familiares y posteriormente por amigos e incluso conocidos para pedirme que les tomara las fotografías de eventos familiares, tales como bautizos, comuniones y …bodas.

Aunque pudiera parecer lo contrario, lo de las bodas era un verdadero suplicio. Mientras todos disfrutaban, quizá no los novios pero sí el resto de invitados, yo y algunas veces mi mujer nos dábamos una paliza de campeonato en la iglesia, en el parque, en el banquete y luego en la discoteca. Y cuando todo parecía que acababa, realmente para mí empezaba. Llévate los carretes a un laboratorio profesional, recoge a las horas las fotos, elige un álbum, selecciona, coloca… Hasta que al día siguiente a la celebración, si no se habían ido de viaje, podías entregar el álbum terminado a los novios, no te quedabas tranquilo. Tuve suerte y no metí la pata en ninguno de los eventos, que fueron numerosos, quedándome algunos francamente bien. El hecho de ser amigo o familiar permitía ciertas licencias con novios y familiares que luego podían apreciarse en los resultados al obtener ciertas fotografías claramente especiales y poco corrientes. Ello hizo que personas particulares requirieran mis servicios, a lo que me negué en redondo, ya que ni era profesional ni quería hacer una competencia desleal a los fotógrafos oficiales que tenían esa profesión como medio de vida de ellos y de sus familias.

Han pasado treinta años de aquello pero me vienen estos recuerdos a la mente al asistir el pasado fin de semana a la boda de un sobrino. Los contrastes fueron tremendos. Solo los fotógrafos que conocieran otras épocas sabrán apreciar lo que supone no tener que estar cambiando el carrete cada treinta y seis tomas, no poder comprobar las fotos a medida que se iban haciendo, tener mucho cuidado con las baterías de los flases, no tener que revelar, poder hacer cientos o miles de fotos sin coste para luego poder elegir…

Pero los tiempos actuales traen cosas sorprendentes consigo que quiero compartir con los lectores que hayan llegado hasta aquí. En la actualidad, todos los invitados, incluso los niños, son fotógrafos en potencia, pues antes, durante y después de los acontecimientos, sus teléfonos móviles echan humo tomando fotografías y vídeos a diestro y siniestro. Los grupos de wasap funcionan a tope enviando y recibiendo todo lo que se cuece… Aquí es donde viene lo último que me sorprendió porque no lo conocía y me parece una buena idea: Wedshoots, una aplicación para el móvil en la que los novios abren un álbum y pasan la identificación del mismo a todos los asistentes, que pueden subir de forma fácil y cómoda todas las fotografías que deseen, eso si, de diez en diez. De esta forma todos, novios e invitados, pueden ver las fotos de todos e incluso hacer comentarios y marcarlas con el típico «me gusta». No lo sé con certeza, pero al parecer los propios novios pueden descargar las fotos y en todo caso tienen ellos, tenemos todos, acceso a un montón de tomas que unos y otros han o hemos compartido. Si bien la cosa no es nueva porque ya existían los álbumes compartidos en las «nubes», el hecho de que esté disponible como una aplicación en el móvil la convierte en un culto a la inmediatez, pues permite seguir el evento en directo por personas que están muy alejadas, como por ejemplo y en este caso, la abuela del novio que estaba a miles de kilómetros viendo las fotos que continuamente iban subiendo los invitados.

Nuevos tiempos, nuevas formas. ¿Qué nos queda por descubrir?
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