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domingo, 22 de mayo de 2016

DATOS




La semana pasada escribía en este mismo blog la entrada «DUPLICADOS» en la que hacía referencia a la importancia de tener un cierto control sobre la información que voluntariamente ponemos en la red, dado que una vez fuera de nuestro control es impredecible a dónde puede llegar, las manos en las que puede caer y el uso que se pueda hacer de ella. Pero no siempre depende de nosotros el tener cuidado pues con que haya otras personas descuidadas, o empresas, el problema podrá ocurrir igual. Oímos hablar de la existencia de una Agencia de Protección de Datos que vela por las buenas prácticas en estos asuntos, pero nos encontramos con demasiada frecuencia hechos que escapan a su control.

Quién no tiene redactado y actualizado lo que se conoce con el latinajo de curriculum vitae o de forma más abreviada C.V., ese documento que contiene referencias completas a los datos personales, estudios, desempeños profesionales, aficiones y algún que otro dato específico en función de nuestros intereses o los de las empresas a las que se lo vayamos a remitir. Una información preciosa en estos tiempos actuales donde el manejo de la información es un valor creciente que puede reportar a las empresas numerosas incentivos para sus campañas publicitarias o de estudios de mercado con los fines más variados. ¿Qué hacen las empresas con los C.V.? Deberían destruirlos en la trituradora de papel en el momento en que ya no sean de su interés o en caso de conservarlos de cara al futuro extremar de forma celosa la custodia de los mismos.

Hace unos años recibí una llamada directa de una empresa sevillana que tenía una información completa sobre mí al disponer, según me comentaron, de mi propio y personal C.V. Yo nunca había mandado ese documento a esa empresa, desconocida para mí, y que me llamaba interesándose por la posibilidad real de que, dado mi lejano domicilio a esa ciudad, desplazarme a la misma para prestar un desempeño laboral en un contrato con una duración estimada de cuatro años. Aparte de indignarme de forma educada ante el hecho de que estuvieran en posesión de mis datos, les indiqué que en ningún caso entraba dentro de mis proyectos desplazarme a Sevilla. Por buenas composturas y de forma educada, conseguí que me dijeran de que iba el asunto: se trataba de un concurso que habían abierto para subcontratar el mantenimiento de parte de sus funcionalidades. En el pliego de presentación de candidaturas requerían el C.V. de los empleados que, caso de ganar el concurso, serían destinados a laborar en esa empresa sevillana.

Evidentemente no conseguí que me dijeran el nombre de la empresa que había tenido la desfachatez de facilitar mi C.V. sin consultarme. Solo era una mera curiosidad pues poco parece que los mortales de a pie podamos hacer para evitar estas prácticas. Entiendo que de ganar el concurso realmente, cualquier excusa sería suficiente para dar el cambiazo de las personas, con lo cual de poco sirve la anticipación de los C.V. si luego no hay una garantía real de que sean las personas exactas las que van a desempeñar la labor. Numerosas empresas por diferentes motivos tienen mi C.V., eso si no se lo han pasado entre ellas como en este caso y poco control puedo tener yo sobre el asunto.

La mañana del jueves de esta semana, cerca de donde aparco mi coche en una zona empresarial, pude observar un montón de papeles esparcidos por el suelo cerca de un contenedor de basura. Recogí uno de ellos por curiosidad, que es el que figura en la imagen que acompaña a esta entrada. Se ve que el viento y los elementos han jugado con los papeles pues en este precisamente han quedado marcadas varias huellas de neumáticos. Se han desfigurado los datos para evitar su reconocimiento, pero se trata de un C.V. completo donde podemos conocer datos de Lucía B.R., domicilio, teléfono, documento de identidad, correo electrónico, su formación académica y dónde ha sido obtenida, su experiencia laboral, los idiomas que domina e incluso que dispone de coche propio, carnet de conducir, se maneja con las cuestiones básicas de informática y es «capaz de trabajar en equipo, extrovertida, resolutiva, dinámica, con afán de conocimiento y capacidad de aprendizaje». Además, como corresponde, tenemos su fotografía.

Es relativamente frecuente el hecho de encontrar en las papeleras y contenedores de basura documentos sensibles como el que nos ocupa. Había decenas de ellos revoloteando por la zona, por lo que supongo que una empresa sin demasiados escrúpulos ni control de sus actividades ha depositado un montón de C.V. directamente en la basura convencional, sin preocuparse de pasarlos por una trituradora de papel de forma que se conviertan en inservibles. Poco cuidado y pocas garantías para los confiados demandantes de un puesto en esa empresa receptora de los C.V. En otras ocasiones los documentos han sido facturas, con numerosos datos de empresas y actividades o hasta historiales médicos encontrados desperdigados en las inmediaciones de un hospital. Pasa el tiempo y no aprendemos a extremar las precauciones.

Ante esto… ¿Qué podemos hacer los simples mortales? ¿Negarnos a facilitar nuestros C.V. a las empresas que nos lo pidan? ¿Dotarlos de un mecanismo de autodestrucción a los xx días? Estamos apañados e indefensos ante estas prácticas que van desde una falta de cuidado a conductas verdaderamente delictivas según la ley vigente que escapan a nuestro control pero por las que podemos sufrir consecuencias y vernos afectados sin remedio ni posibilidad alguna de reacción por nuestra parte.
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sábado, 14 de mayo de 2016

DUPLICADOS




Cada vez con más frecuencia estamos asistiendo a una digitalización galopante de todo lo que nos rodea, lo que implica hacer todo lo posible por convertirlo en una secuencia de ceros y unos, los llamados «bits», que permiten su almacenamiento en dispositivos electrónicos, léase «pendrives» o discos duros de nuestros ordenadores o más últimamente en la llamada «nube», donde estarán disponibles para nosotros en cualquier momento y lugar con la condición de tener disponible un aparato y disponibilidad de acceso a la RED para recuperarlos.

No hace mucho tiempo, la fotografía era analógica y en su decurso no había llegado al mundo digital, con lo que era necesario hacer las tomas con el correspondiente carrete o rollo fotográfico, llevarlo a revelar y obtener los negativos y sus copias en papel o en su caso las diapositivas que permitían su proyección. En interés de lo que estamos tratando en este tema, decir que era complicadillo obtener duplicados de los negativos y diapositivas aunque si se podían obtener en papel. Digamos con esto que los laboratorios fotográficos o alguno de sus operarios siempre podían copiar de alguna forma esa foto especial que les gustase por las razones que fueran.

Hoy en día, lo analógico en el mundo de la fotografía y la imagen en general es bastante residual. Todavía quedan personas que siguen con sus carretes pero cada vez es más difícil encontrar laboratorios industriales que te los revelen y te hagan las copias a papel e incluso el obtener los líquidos y aparatos para el hágaselo Vd. mismo en casa es bastante complicado, pues pocas tiendas comercializan lo necesario al ser una actividad prácticamente inexistente. Queda la posibilidad, que yo utilicé muchas veces en mis tiempos, de comprar los productos químicos en la droguería y con báscula y paciencia fabricárselos artesanalmente.

El hecho de que acudamos con nuestro «pendrive» a la tienda o incluso enviemos vía «ftp» a través de la RED nuestras fotografías al laboratorio implica que no son en su formato base más que unos archivos digitales que, para el tema que nos ocupa, permiten su copiado varias veces sin dejar rastro. Por ello, no tenemos ninguna garantía de que la tienda o laboratorio, ellos o algún empleado desalmado, se quede con copias de nuestras fotos, repito que sin dejar rastro; unas copias que por ser digitales son exactamente iguales, idénticas, sin ninguna diferencia entre original y copia. Hay medios de encriptar en las fotos marcas de copyright pero salvo que lo hagamos de una forma particular, también hay formas de quitarlas, está todo inventado.

Este ejemplo comentado con el mundo de la fotografía o la imagen, se hace extensible a otros muchos aspectos que han pasado a la digitalización, como la música, el cine, los libros, etc. etc., lo que implica un cierto descontrol en su circulación y distribución. Mientras tengamos nuestros archivos en el disco duro interno de nuestro ordenador o en un disco externo debidamente controlado, incluso cifrado, no hay peligro de que caigan en manos ajenas salvo que un espía o agente capacitado asalte nuestro domicilio y haga eso que no es tan sencillo pero parece fácil tal y como todos habremos visto alguna película o serie en las que alguien se cuela en el ordenador de otro y copia sus datos.

Cada vez más los datos están en la «nube», que es tanto como decir alojados en algún sitio desconocido y fuera de nuestro control. Cuando ponemos algún archivo nuestro en la «nube» estamos aceptando que puede ser copiado sin que nos enteremos y aparecer en donde menos se espere. Los llamados «hackers» están a la orden del día y si no que se lo digan, es un ejemplo, a los de Mossack Fonseca que deben estar pensando como más de once millones de sus archivos han sido puestos esta semana a consulta pública.

Para ilustrar un poco el tema, relato un hecho que me ha sucedido personalmente con un archivo que tengo alojado en la «nube» y mucho me temo que si ha ocurrido con ese será una práctica generalizada. Se trata de una nube de esas de empresas grandes como Microsoft, Dropbox, Google, SugarSync, Box… Hay muchas y aunque el hecho me ha ocurrido en una de ellas, que no concreto, lo más probable es que sea generalizado y si no lo es bien pudiera serlo. Todos los archivos en la nube tienen una especie de matrícula, una clave de identificación como por ejemplo «6eb482f5f898.6EA712F9EC8!10244» que permite a los ordenadores referirse a él de forma más precisa que utilizando su nombre. Pues bien, hace unas semanas borré un fichero, incluso de la papelera asumiendo y mostrando expresamente mi conformidad con la imposibilidad de su recuperación. Si intento acceder al fichero por el nombre me dice con toda lógica que no existe pero, ¡oh maravilla!, si intento acceder por su matrícula me lo recupera perfectamente, y eso que se supone que ya no existía.

Por seguir indagando en este tema, procedo a borrar el fichero por su nombre, a lo cual obtengo la respuesta, lógica, de que el fichero no existe, pero, ¡otra vez oh maravilla!, cuando lo intento borrar por su matrícula me dice, toma castaña, que ese fichero no es mío y que no tengo autoridad para borrarlo. La deducción es lógica y meridiana: el fichero realmente no ha sido borrado, sigue existiendo en algún lugar pero ya fuera de mi control, con lo que aunque yo crea que no existe esto no es cierto, una copia o más del mismo siguen estando «por ahí». El fallo gordo está en que el propietario de la «nube» siga dejando acceder por la matrícula a un archivo teóricamente borrado pero que sigue vivito y coleando con sus ceros y unos en algún lugar fuera de mi control.

De esto se deduce que mucho ojo con los ceros y unos que ponemos fuera de nuestro ordenador, subiéndolos a una «nube» o enviándolos por correo, «ftp» o cualquier otro medio electrónico. Es como el dicho aquel, que reza que «serás dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras». Una vez que la piedra ha salido de nuestra mano hemos perdido el control sobre ella y la RED, cada vez más últimamente, nos está demostrando que su memoria es casi infinita y sus tentáculos muy largos.


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domingo, 8 de mayo de 2016

PRÓTESIS




Avanzamos viento en popa a toda vela en el magnífico curso titulado «Claves y desafíos del siglo XXI» que bajo la dirección del profesor Antonio Rodríguez de las Heras está teniendo lugar dentro de los monográficos de la Universidad Carlos III de Madrid. Llevamos consumidas diez sesiones de las quince previstas y los conceptos y los conocimientos se acumulan proporcionando una sensación de vértigo con connotaciones agradables si nos da por pensar en positivo y disfrutar de los adelantos tecnológicos a los que estamos asistiendo cada día. Desde que el homo sapiens camina sobre la superficie de la Tierra, y de esto hace unos cuantos miles de años, no paramos de incorporar lo que el profesor llama «prótesis» a nuestra endeble estructura humana para hacerla cada vez más potente: nace así el que pudiéramos denominar «homo sapiens protéticus».

El concepto es muy amplio y no podemos circunscribirle únicamente a adelantos tecnológicos. El hecho de llevar encima un vestido no deja de ser un aditamento para hacer nuestra vida más agradable supliendo carencias o deficiencias que presenta nuestro cuerpo para combatir el frío o el calor. Nos ponemos o nos quitamos la ropa en función de la sensación térmica que percibimos y con ello podemos manejar mejor las condiciones que la naturaleza nos impone. Preparados en nuestros orígenes para vivir no más allá de tres o cuatro decenas de años, alcanzamos en las sociedades desarrolladas siete o más y no para de subir la esperanza de vida, lo que significa una necesidad cada vez mayor de prótesis que van desde un simple bastón hasta los modernos exoesqueletos que empiezan a aparecer y permiten movimientos impensables hasta hace pocos años.

A la salida de clase comentaba con mi compañero y amigo Luis el concepto de «Tecnología» como una redefinición y asentamiento de la inundación de conceptos que estamos recibiendo en el curso. Si nos acercamos a las definiciones oficiales en el diccionario oficial de la Real Academia, tecnología es el «Conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico» o bien el «Conjunto de los instrumentos y procedimientos industriales de un determinado sector o producto». Pasando por encima de estas definiciones académicas, podríamos considerar en terrenos más prácticos como innovación en tecnología aquello que no existía en un momento determinado y de pronto llega a disposición generalizada de los humanos como forma de mejorar su calidad y condiciones de vida. Con este planteamiento, un aparato de televisión sería tecnología para mí pues en mi infancia y principio de la adolescencia no estaba a mi alcance, pero no lo sería para mi hija que desde que habita este mundo es un aparato que para ella siempre ha estado ahí. Podríamos referirnos a una montonera de cachivaches o archiperres, prótesis, pero sería repetir una entrada en este mismo blog titulada «TECNOLOGÍA» que data de diciembre de 2010.

De las cosas puramente mecánicas como puede ser un carro para transportar mercancías en vez de llevarlas a cuestas, una lanza para mejorar nuestras posibilidades de caza, una brújula para orientarnos o un microondas para cocinar nuestros alimentos hemos pasado a nuevos aparatos que la industrialización creciente nos acerca permitiendo extender nuestras capacidades de una forma exponencial, jamás imaginada, lo que plantea nuevos retos en todos nuestros ámbitos. Un ejemplo: la memoria. Cuando un estudiante hace no tantos años acababa sus estudios, tenía que llevar en su cabeza todos los conocimientos necesarios, siendo la manera de ampliarlos el acudir a artefactos físicos generalmente en papel tales como apuntes o libros en su biblioteca personal o en la pública. La memoria humana, potente pero limitada, era la única fuente a la que acudir. Ahora, mediante una prótesis transportable como es un «smartphone» o una fija como es un ordenador, este estudiante moderno puede acceder a la RED y recuperar una vasta información, suya propia o de otros, prácticamente en cualquier lugar del mundo y al instante. En suma, que puede llevar sus apuntes y sus notas consigo, y muchas más de otros a cualquier parte a la que se desplace. No es memoria cerebral propiamente dicha pero podemos recuperar la información de esta «memoria externa». A nosotros nos parece ahora normal pero díganselo a cualquier persona de mediados del pasado siglo y no digamos ya si nos retrotraemos hacia atrás. Es casi ciencia ficción ahora mismo a poco que meditemos sobre ello.

Con todos estos planteamientos, con lo que parece cercano a corto plazo como llevar un «smartphone» injertado en la piel, con acceso a la RED en cualquier parte, el profesor planteaba el concepto de «Una educación sin memoria». Yo aprendí a hacer manualmente operaciones de raíces cuadradas que todavía recuerdo porque las practico por puro placer de vez en cuando. Pero, ¿es esto transferible al inmediato futuro? ¿Es necesario que un estudiante, pongamos que no sea gallego, retenga en su memoria neuronal los ríos de Galicia? ¿O basta con que sepa consultarlos en la RED?

Entrando en términos médicos, esta semana acompañaba a mi madre anciana para cambiar sus audífonos, pues ya sin ellos oye con dificultad. Aunque no era lógico para una persona mayor, nos hablaron de modelos controlados inalámbricamente desde el teléfono. Micro audífonos implantados en los oídos permiten mejorar la audición pero este tipo de aparatos lleva tiempo entre nosotros y no nos impresiona tanto su evolución. Pero supongamos un parche colocado en nuestra piel que se comunica constantemente vía «bluetooth» con nuestro teléfono y este con el ordenador del hospital y entre ellos se transmiten nuestras constantes vitales de forma instantánea. Estamos pensando en temperatura, pulsaciones, tensión arterial o similares, las más corrientes, pero no sólo esas; una píldora que ingiere el paciente varias veces al día lleva un contenido biónico con nanotecnología que es capar de enviar imágenes y tomar medidas de sus efectos en el interior del cuerpo por donde se va desplazando. Y si nos olvidamos de tomarla, el ordenador o nuestro teléfono es capaz de recordárnoslo.

El problema de todo esto es el uso de los medios tecnológicos. Es fundamental que el centro de todo sea el hombre y su mejoramiento y no ocurra como muchas veces al revés, en que se obliga a cambiar al hombre para adaptarse a la tecnología en una vorágine de cambios que acaba por trastocarnos por el vértigo inducido.

Como colofón mencionar un comentario jocoso sobres estos aspectos. Supongamos que disponemos de un frigorífico conectado a internet que se encarga de conectarse al supermercado y hacer la compra para reponer los artículos. Ojo a si también se conecta a nuestra báscula inteligente, esa que nos «obliga» a pesarnos todas las mañanas, y entre los dos, frigorífico y báscula, se ponen «de acuerdo» para no reponer  cervezas hasta que no bajemos de peso…


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domingo, 1 de mayo de 2016

RELECTURAS




He finalizado esta semana la lectura de un libro de esos considerados universales. Se trata de uno de los que contribuyeron a que Gabriel García Márquez obtuviera el premio Nobel en 1982 y no es otro que «Cien años de soledad», considerado como uno de los grandes de la llamada literatura hispanoamericana y que vio la luz en 1967. Ha sido mi segunda lectura de este libro, forzada por un hecho que más tarde comentaré y solo decir que ha sido un dolor. Lo leí anteriormente en diciembre de 2007 y como comentario en esa fecha tengo la anotación siguiente: «Sin comentarios. No me ha gustado nada de nada, pero algo tendrá si le han valorado como para un premio Nobel».

Con estos planteamientos y con todo lo que tengo pendiente de leer, se me hacía muy cuesta arriba la tarea de acometer de nuevo su lectura, tarea que me había sobrevenido por haber sido elegido en uno de los clubs de lectura en los que participo. Nunca hasta ahora he acudido a las reuniones de recensión sin haber leído recientemente el libro propuesto y no iba a ser esta la primera vez en los casi cinco años que llevo en este particular club. Pues tras esta segunda lectura mi opinión no ha cambiado mucho, me he dedicado a disfrutar del lenguaje, de las situaciones, de los personajes y del libro en general pero sin entusiasmo y casi con sufrimiento y unas ganas de acabarlo cuanto antes, tarea no fácil si tenemos en cuenta los más de ciento cuarenta mil vocablos que contienen sus páginas.

En los clubs de lectura me he visto en la tesitura de releer algunos libros por segunda vez, es lo que tiene ser un letraherido. Desde el año 2004 llevo anotando puntualmente en una hoja excel los libros que voy devorando, con una pequeña calificación y comentario a los mismos. Los comentarios son en algunos momentos y desde hace algunos años extensos por realizar una pequeña reseña en el blog amigo «A leer que son dos días». Según estas notas son 683 obras las leídas hasta el momento, algunas de ellas en más de una ocasión. Concretamente los club de lectura me han llevado a segundas lecturas en estos libros: «Infancia» de John Maxwell Coetzee, «El lector» de Bernhard Schlink, «Rojo y negro» de Stendhal, «El hereje» de Miguel Delibes, «El curioso incidente del perro a medianoche» de Mark Haddon, «Traficantes de mentiras o cuando las moscas se equivocan» de Consuelo Sanz de Bremond, «Brooklyn follies» de Paul Auster e «Intemperie» de Jesús Carrasco. No han sido muchos y en algunas de estas segundas lecturas he podido disfrutar de nuevo pues como ya dijo Isaac Asimov… «Además, si diez mil personas leen el mismo libro al mismo tiempo, no obstante cada una de ellas crea sus propias imágenes, sus propias voces, sus propios gestos, expresiones y emociones. No será un solo libro, sino diez mil libros», cuestión que me atrevo a hacer extensible y aplicable a cuando un mismo lector hace una relectura, pues su vida y sus apreciaciones habrán cambiado.

En alguna ocasión he escuchado la frase que dice que un libro que no merece ser leído dos veces no puede ser bueno. Como siempre las excepciones vienen a confirmar la regla pues todo es relativo. Por ejemplo, el libro «Intemperie» de Jesús Carrasco no admite a mi entender una segunda lectura porque una gran parte de su magia es la atmósfera que va creando página a página y que si se sabe de antemano le deja sin gracia. Siempre se obtienen nuevas sensaciones pero conocer el desarrollo y el final le quita mucho atractivo.

Aparte de lo comentado anteriormente de segundas lecturas «por una cierta obligación», a lo largo de mi vida he leído algunos libros varias veces y me propongo hacer un recuerdo de ellos en esta entrada. Como siempre las listas son malditas pero he hecho el ejercicio de recuperar de mi memoria y de mis notas tres de los libros que he leído varias veces y que sin duda volveré a leer y son los que figuran en la imagen que encabeza esta entrada: «El juego de Ender», de Orson Scott Card, «La sustancia interior» de Lorenzo Silva» y «El ladrón de tumbas» de Antonio Cabanas. Aunque no en tantas ocasiones como los anteriores, hay muchos más que volveré a leer como por ejemplo «De animales a dioses» de Yuval Noah Harari, un libro que leí en tres ocasiones el año pasado y que me encantó por sus enseñanzas prácticas. Otras relecturas han sido el clásico «Los pilares de la Tierra» de Ken Follett, «El significado de la noche» de Michael Cox, «El conde de Montecristo» de Alejandro Dumas, «Ben-Hur» de Lewis Wallace, «Espartaco» de Howard Fast, «Pigmalion» de George Bernard Shaw o «El salón dorado» de Jose Luis Corral Lafuente. En algún momento hay que parar porque la lista podía ser interminable.

En los próximos días y por una nueva indicación de uno de los clubs de lectura voy a ponerme con la relectura de un libro que tenía pendiente, que leí muy deprisa en octubre de 2013 y del que se pueden sacar buenas enseñanzas con una lectura pausada. Se trata de «El funcionario prudente», una auto publicación de mi buen amigo Ricardo Ruiz de la Sierra, que si todo sigue como se ha planteado asistirá a la reunión del club de lectura a finales de junio. Me conmino a leerlo pausadamente y aprovechar sus muchas indicaciones para comentarlas en vivo y en directo con el propio autor. Una relectura que estaba pendiente y que me apetece enormemente.





domingo, 24 de abril de 2016

EDUCACIÓN




Nunca recuerdo en mis épocas de colegio cuando era niño y adolescente unas especiales instrucciones relativas al comportamiento en sociedad que debemos mantener todas las personas si deseamos que la convivencia sea sino placentera cuando menos llevadera. Las propias vivencias y la observación de lo que hacían los demás, el llamado aprendizaje por imitación o vicario era suficiente para tener bien claro lo que había que hacer y fundamentalmente lo que NO había que hacer.

Si vamos por la carretera abriendo las ventanillas del coche y lanzando al arcén todo tipo de objetos, acción que es realizada de forma generalizada y con una reiteración insólita, los niños que viajen en esos coches aprenderán esto como una norma de conducta que repetirán de mayores. Y la prueba de que esto ocurre es que con bastante frecuencia vemos en los arcenes de las carreteras unas bolsas de basura como las de la imagen repletas de residuos que la gente arroja desde sus vehículos. Y es que uno de los espacios en los que más se muestra la educación o la falta de la misma es en todo lo relacionado con el mundo de la circulación.

Es evidente que en los espacios públicos en los que nos relacionamos con los demás es donde más se hace necesario el exhibir una correcta educación y respeto por las normas. El tirar cosas en la vía pública era una cosa que antaño no se llevaba pero parece que ahora está de moda y a poco que nos fijemos podemos contemplar todo tipo de restos y desechos en la vía pública lanzados sin ningún pudor. Y por muchos empleados de limpieza que existan no podemos tener uno para cada uno detrás nuestra que vaya recogiendo nuestra basura. La mejor limpieza es la que se deriva de no ensuciar.
En este tramo final de mi vida laboral tránsito por diferentes empresas en pequeños proyectos de colaboración que duran algunas semanas. Los espacios comunes como suelen ser la cafetería, el comedor o los baños son un fiel indicativo del nivel de educación. Muchas veces me pregunto si algunas acciones que se realizan en esos espacios se realizan también en la intimidad, por ejemplo en nuestro hogar.

Es relativamente frecuente ver a personas con la espalda en la pared con una pierna al estilo cigüeña apoyando completamente la suela del zapato en la misma. Como consecuencia de ello, marcas ennegrecidas jalonan los bajos de las paredes al modo de un cuadro modernista, pero no es el caso. Me quedo con las ganas de preguntar a alguno de estos personajes si hacen lo mismo en las paredes de su casa o consideran que la suciedad que se deriva de su acción no tiene importancia.

En algunas empresas hay un servicio continuo de limpieza en los comedores o salas habilitadas para que cada cual se lleve la correspondiente tartera, que no están los tiempos para dispendios diarios en consumir el menú. Lo normal es que no sea así y sorprende ver en qué estado quedan las mesas cuando se levantan los comensales; parece que en ellas hubiera estado comiendo una piara de cerdos en lugar de un grupo de personas. En el caso concreto de la empresa en la que estoy pensando hay servilletas, papeleras y en general todo lo necesario para que cuando se deje la mesa libre quede en unas condiciones mínimas para ser utilizada por los que vengan a continuación.


Pero es en los aseos en donde se muestran las condiciones más deplorables. Estoy hablando de empresas de alto nivel, con oficinas modernas y donde se supone que laboran personas cualificadas y teóricamente no sospechosas de falta de educación. Hay agua por el suelo, las toallitas de papel para secarse las manos acaban por todos lados fuera de las papeleras habilitadas al efecto, quedan en las encimeras de los lavabos restos de todo tipo, tales como crema de dientes cuando no algún tubo vacío que alguien se ha dejado olvidado porque debe suponer un esfuerzo desmesurado el depositarlo en la papelera. Estoy hablando de los baños de caballeros, porque evidentemente en los de señoras no he entrado.

Pero lo peor es si te ves necesitado de entrar a la zona de aguas mayores. Como esté avanzada la mañana hay casi que ir abriendo una por una las puertas para poder tomar una decisión. Aun existiendo urinarios de pared, parece que hay algunos que prefieren el WC y no se molestan ni siquiera en levantar la tapa con lo cual dejan aquello hecho una guarrería, eso cuando no han hecho sus cosas mayores y se marchan sin tirar de la cadena y utilizar la escobilla pensando que ha sido el último y que nadie va a venir detrás de él.

Me imagino que el personal que limpia a diario los baños tendrá un rosario de anécdotas de lo que se va encontrando en el desarrollo de su labor. De ahí me imagino que vienen esos carteles pegados en las puertas y que en un principio pueden parecer exagerados aunque me temo que no lo sean tanto a tenor de lo que se puede observar. Yo intento evitar por todos los medios mi acceso a estos lugares pero cuando estás ocho horas de forma continuada en una oficina es imposible no acceder al baño en más de una ocasión. No es la primera vez que he tenido que subir a la planta de arriba o bajar a la de abajo para poder «disfrutar» de unas condiciones mínimamente soportables.


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domingo, 17 de abril de 2016

INCÍVICOS




Si lo hace todo el mundo… por qué no lo voy a hacer yo también. Ya lo dijo una diputada en el propio Congreso de los Diputados de la Carrera de San Jerónimo: «¡Que se jo…!»

Ya he comentado hasta la saciedad en numerosas entradas de este blog mi opinión de que en asuntos de tráfico es donde se demuestra la educación del personal. A riesgo de resultar repetitivo, me acojo hoy al dicho de que «una imagen vale más que mil palabras», con lo que esta entrada va a ser fundamentalmente gráfica, con algunas imágenes de como los automovilistas interpretan a su manera las normas y señales de tráfico y sobre todo, fuera ya de reglas y leyes, piensan en los demás a la hora de comportarse. «Piense en los demás»… jajaja ¡que antiguo!







sábado, 9 de abril de 2016

LÓPEZ




El título de la entrada de esta semana parece que pudiera tratarse de un apellido, de los más extendidos en España, que llevan multitud de personas reales como un tenista famoso, una cantante o mi buen amigo Miguel Ángel, o ficticias como un súper agente, pero en realidad se trata de un nombre propio, una evolución curiosa de uno de otro idioma, «Lopepe», que significa «veloz» y que fue el elegido por una madre sur sudanesa para su hijo nacido en 1985 en la aldea de Kimontong en plena guerra civil y de secesión de Sudán, una guerra que duró más de 20 años y se llevó por delante la vida de cerca de dos millones de civiles, muchos de ellos asesinados. Por aportar más datos es el nombre, no el apellido sino el nombre, del atleta que puede verse en la fotografía.

No recuerdo si el ocho de agosto de 2008 estaba sentado frente al televisor viendo la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Pekín, aunque lo más probable es que sí estuviera pues es un evento que no me suelo perder, así como estar clavado frente a la pantalla el mayor tiempo posible durante la celebración de las pruebas, especialmente las de atletismo. Por unanimidad, resultó elegido por sus compañeros para portar la bandera en el desfile inaugural el atleta mediofondista López Lomong que se había nacionalizado tan solo un año antes. Con posterioridad, llegó a participar como un atleta más representando a su país de adopción en los juegos de Londres de 2012.

La historia de cómo llegó un niño sudanés del sur a representar en unos juegos olímpicos a los atletas norteamericanos es todo un ejemplo de superación, de constancia , de lucha, de agradecimientos y de situaciones encadenadas que dicen mucho de la raza humana, capaz de estas proezas al mismo tiempo que causante de los mayores males contra sí misma. Toda la historia está reflejada en un libro escrito por su protagonista, López «Lopepe» Lomong, ayudado y aconsejado por Mark Tabb. El libro se titula «Correr para vivir. De los campos de exterminio de Sudán a las olimpiadas». Una reseña del mismo puede verse en este enlace.

Comencé la lectura el lunes por la noche de la semana pasada en el momento de acostarme y lo rematé casi de un tirón el martes, teniendo que reconocer que me inundaron muchos sentimientos de emoción cercanos a las lágrimas al transitar por algunos de los pasajes y comprobar como por encima de lo mejor y lo peor de la raza humana, una persona constante y con fe en el futuro y en su Dios cristiano llega a alcanzar sus metas tras duros sacrificios, numerosas zancadillas y multitud de pruebas y sufrimientos.

No es posible desgranar aquí la historia sin hacer lo que ahora se denomina «spoiler» por lo que desde estas líneas recomiendo encarecidamente su lectura, muy amena, entretenida, con momentos sobrecogedores jalonados de agradables sorpresas y situaciones que pueden parecernos cómicas a los habitantes de la llamada «civilización occidental». Una de ellas que recuerdo vivamente es cuando el chaval se sube al Boeing 747 que desde Kenia vía El Cairo y Pekín le conduciría a su nueva vida en Nueva York y varias veces pasa la azafata ofreciendo la bandeja de comida; muerto de hambre, la rechazaba sistemáticamente porque no tenía dinero para pagarla. Otra es cuando esperaban todos los niños ansiosos a que llegaran los martes por ser el día en que se depositaban en la basura los restos de la comida de los empleados del campo de refugiados y podían tener un festín, una vez a la semana, liándose a codazos entre unos y otros por alcanzar algún resto que suponía el más delicado de los manjares para ellos. O estar jugando al fútbol con balones de trapo y verse obligado nuestro protagonista a correr descalzo 30 Km. alrededor del campo de refugiados para tras descomunal prueba recibir autorización para jugar al fútbol. Y así un día tras otro en un campamento donde se carecía de todo lo material y espiritual.

Llama la atención la inquebrantable fe en su Dios cristiano en todo momento que le permite sacar fuerzas de flaqueza y enfrentarse una tras otra a numerosas y durísimas pruebas. Y más de resaltar es el continuo agradecimiento mostrado por todo lo que recibe. Poco a poco va alcanzando sus metas, apoyado en todo momento por su papá y mamá americanos a los que muestra verdadero reconocimiento y devoción y que han demostrado su grandeza al acoger primero a Lopepe y luego a otros niños perdidos en su casa y darles todo el cariño como si fueran sus verdaderos hijos de una forma desinteresada. López persigue con ahínco el conseguir algo de dinero para poder ayudar a los muchos niños y familias que han quedado en Sudán y que no disponen de lo más elemental para vivir y sobre todo para poder estudiar. Gracias a su esfuerzo y con una nula e inexistente instrucción hasta los 15 años, consigue aprender un idioma nuevo y graduarse en la universidad como director de hotel compaginando sus estudios con los entrenamientos en atletismo para conseguir su sueño de ser olímpico, como su ídolo Michael Johnson, aquel que cuando era un niño vio competir y ganar en una televisión en blanco y negro a la que le dejaron asomarse a cambio de algo de dinero; posteriormente le conocería y saludaría en persona y diría que «La vida de López Lomong es una verdadera fuente de inspiración: Una historia de coraje, esfuerzo, abnegación que no se rinde ante nada, y de esperanza en medio de la desesperación. López es un auténtico modelo».

Todas comparaciones son odiosas y las diferencias y contrastes entre seres humanos que han existido siempre ahora son universal y puntualmente conocidas al instante. Oía en una conferencia esta semana que hay más teléfonos móviles en el mundo que retretes mientras se mostraba una imagen de un pastor africano hablando por su teléfono móvil mientras cuidaba su rebaño de vacas. Es probable que viva en una choza sin agua, electricidad o aseo…

Tras la lectura de este libro han venido a mi mente, por asociación, otros dos que lei hace tiempoy que me propongo desde ahora mismo volver a leer. Uno de ellos es «El salón dorado», de José Luis Corral Lafuente, por la coincidencia en el comienzo de la historia con el rapto de un niño que al final se demuestra como un hecho positivo en su vida y otro es «Los Papalagi», de Erich Acheurmann,  donde se muestran ante nuestros ojos los contrastes entre la vida en una aldea africana y la gran ciudad a los ojos de un asombrado nativo que descubre, entre otras muchas cosas, que las «chozas» de los blancos en la «civilización» tienen varios pisos, puertas, ventanas y hasta… ascensor.

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sábado, 2 de abril de 2016

REFRENDO




En las prácticas bancarias de antaño, cada cliente contaba con un resguardo por lo general en forma de libreta o cartilla en el que constaba de forma fehaciente el saldo de su cuenta. Para clientes de tipo empresarial existían las cuentas corrientes de las que no había un reflejo unitario de los movimientos pero la comunicación de estos era cuasi continúa en documentos denominados extractos de cuenta. Con ello, en todo momento cada cual sabía el dinero que tenía disponible y de alguna forma estas cartillas o extractos eran una especie de resguardo que en un momento dado podía justificar un saldo en la entidad bancaria. Bien es verdad es que las operaciones eran contadas y casi todas ellas realizadas cara a cara de forma presencial en la oficinas bancarias o ante corresponsales en localidades donde estas no existían.

Esta semana de primeros de abril de dos mil dieciséis uno de los dos grandes bancos españoles ha anunciado el inminente cierre de más de cuatrocientas oficinas de atención al público, que es por lo general una práctica que lleva ya varios años realizándose aunque no se publicite, derivada de fusiones pero principalmente debida a un hecho que se extiende cada vez más, cual es el desarrollo de las tecnologías a través de internet, con lo que cada vez un mayor número de usuarios no pisa en meses o años las oficinas bancarias y realiza toda su operativa a través del ordenador o del teléfono. Esto representa unas ventajas indudables de rapidez, inmediatez y comodidad pero lleva asociadas unas connotaciones que no siempre hemos valorado lo suficiente.

Uno recuerda la época en que en las gasolineras existían empleados que te servían el combustible sin que en muchos casos tuvieras necesidad ni siquiera de bajarte del coche. En la actualidad y salvo en algunos casos excepcionales, estos empleados han desaparecido de la faz de la tierra y en su lugar el sufrido conductor dispone de unos guantes desechables de plástico para no mancharse las manos y auto atenderse por sí solo. La pregunta en este asunto es ¿ha descendido el precio del combustible por este hecho? El importe de los sueldos que el propietario del surtidor se ahorra con la inexistencia de estos empleados… ¿se ha repercutido al automovilista?

Con el asunto de los bancos pasa lo mismo. Con nuestro ordenador, nuestra electricidad, nuestro tiempo, nuestra impresora y en resumen con nuestros medios, nos auto realizamos las operaciones bancarias en nuestras casas y oficinas, lo que deriva en que cada vez son menos necesarias oficinas de atención presencial. Yo hace años que no piso una. Pero es que, es más, una de las entidades bancarias con las que trabajo prácticamente no tiene ninguna ya que toda su operativa está basada en internet. No hace falta decir que me refiero a esa que se identifica por un color naranja y que según informaciones copa el 82% de todas las operaciones bancarias que se realizan por internet en nuestro país.

Esta semana de finales de marzo y principios de abril de 2016, la operativa a través de internet de ese banco naranja ha estado parada por… «un problema técnico». No sabremos nunca la verdad ni conoceremos con detalle cual ha sido ese problema técnico y si pudiera haberse evitado con ciertas prácticas que se deben seguir en asuntos informáticos y que cada vez están más relajadas o no se realizan con la profesionalidad adecuada, y lo digo por experiencia. Lo «único» que no ha funcionado es la operativa a través de internet, pues los movimientos han seguido fluyendo y no ha habido problemas en cargos de recibos, abonos de transferencias o nóminas y extracciones de dinero en efectivo a través de los cajeros, operaciones estas que son las más básicas en el común de los clientes. Todo muy bien, pero… ¿y en otro tipo de operaciones?

Hay que reconocer que la entidad ha pedido disculpas por activa y por pasiva, en todos los medios y redes sociales e incluso a través de un correo electrónico personalizado. Pero cuando ya parece que no pasa nada y que debemos esperar a la próxima, sin entrar en disquisiciones profundas, se me ocurren un par de temas sobre los que había que reflexionar.

Uno de ellos es acerca de que ocurre con asuntos que hayan tenido consecuencias derivadas de esta falta de operatividad. Por ejemplo, personas que hayan tenido que hacer una transferencia para afrontar pagos en otras entidades, reservar una casa o un viaje, comprar acciones o abonar el colegio de sus hijos y que de alguna manera hayan sufrido algún tipo de pérdida o penalización por no poder realizar el pago a tiempo. ¿Tienen derecho a algún tipo de indemnización? ¿Es automática? ¿Hay que denunciar y meterse en asunto de abogados? Con la iglesia hemos topado, Sancho.

Y el otro asunto es un poco más sibilino y sin consecuencias inmediatas. Dado que gran parte de nosotros realizamos la operativa a través de internet, no tenemos ningún justificante o resguardo —documento acreditativo de haber realizado determinada gestión, pago o entrega— con el que poder demostrar nuestro saldo. Suponga por un momento que su entidad bancaria, la que sea, sufre una catástrofe en su centro de proceso de datos y cuando al cabo de un tiempo «x» recupere la información si es que lo consigue, esta está incompleta o tiene fallos o faltas. O sin llegar a estos extremos, suponga que Vd. que revisa cuasi a diario sus movimientos, se acostó ayer sabiendo que tenía en la cuenta algo más de tres mil euros y hoy cuando se ha levantado figuraban trescientos. ¿Qué hace? ¿Cómo reclama? ¿Qué documentos tiene que avalen su demanda?

Desconozco si las entidades bancarias tienen la obligación de comunicar a algún estamento oficial como la Hacienda Tributaria o el Banco de España los saldos detallados de sus clientes y en caso afirmativo con qué periodicidad. A nivel individual poco podemos hacer; yo guardo en mi disco duro los extractos mensuales, algo es algo, y en algunas ocasiones aunque confieso que no siempre, un pantallazo de lo que estoy viendo, repito que algo es algo. Otra solución peligrosa es ceder a la tentación de, total para los intereses que nos renta, mantener en las cuentas el saldo imprescindible para atender los pagos y los ahorros y el dinero del día a día llevarlo a otra entidad más personal, «Bankcolchón», pero como digo esto no es recomendable por numerosas razones que todos conocemos.

En una entrada antigua rotulada «RESGUARDOS» hablaba de estos temas pero en resumen y como dice mi buen amigo Miguel Ángel, «ajo, agua y resina», sigamos «perocontentos» y rezando para que no pasé «ná».


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lunes, 28 de marzo de 2016

TRAYECTOS




La Semana Santa es una de esas épocas del año en la que algunos automovilistas nos metemos entre pecho y espalda una montonera de kilómetros para alcanzar ese lugar de descanso en el que pasar unos días. No sabría definir lo que se entiende por un trayecto largo en coche pero por llegar a un acuerdo podríamos convenir que sería aquel en el que recorramos más de doscientos kilómetros o empleemos más de dos horas. Los conductores profesionales, «vigilados» por sus tacógrafos, tienen unas normas estrictas de cumplimiento que dejan bien claro los períodos en los que pueden estar conduciendo y los descansos de obligado cumplimiento, pero los conductores particulares no estamos sometidos a ningún control y podemos negociar la ruta y los tiempos como nos venga en gana mientras el cuerpo aguante.

Yo siempre he sido de los de subir al coche con todo preparado e intentar no parar ni una sola vez hasta el destino. Mi mayor tirada consistió en hacer mil ochocientos kilómetros de continuo, desde el corazón de Suiza a Madrid, parando lo mínimo para repostar gasolina para el coche, alimento para el cuerpo y un par de cabezaditas cortas cuando empezaba a notar cansancio por tantas horas seguidas de conducción. Anticipo desde ahora mismo que esto de no parar es un craso error por las experiencias y razones que esgrimo a continuación.

Se nos insiste y repite de forma machacona que debemos detenernos cada dos horas de conducción o doscientos kilómetros. Nos resistimos a creer en lo que los expertos nos dicen y tomamos nuestras propias decisiones haciendo caso omiso de las recomendaciones, que por lo general son acertadas y basadas en multitud de estudios y experiencias. En todo caso, y para aquellos conductores recalcitrantes en no parar ni para ir al baño, no está de más que en una ocasión se propusieran seguir las recomendaciones y así poder contrastar sus opiniones al respecto.

«A la fuerza ahorcan» reza el dicho popular y a mí me tocó «ahorcarme» y hacer caso con motivo de un viaje familiar en coche a Munich con mi mujer embarazada de tres meses. Son algo más de dos mil kilómetros que realizamos en dos días. La ginecóloga que atendía a mi mujer se negó en redondo a ese desplazamiento en coche en un primer momento, pero tras insistir por nuestra parte, claudicó bajo dos condiciones básicas que deberíamos observar a rajatabla. Eran muy sencillas, consistiendo la primera en que cada hora mi mujer tenía que hacer ejercicios de estiramientos de brazos y piernas en el propio asiento del coche durante unos minutos y la segunda era que cada dos horas teníamos que parar unos minutos, bajarnos del coche y andar un poco. Recuerdo que comentó jocosa que podíamos darle vueltas andando al propio coche.

El primer tramo previsto del viaje fue de mil cuatrocientos kilómetros, todo por autopistas. Nos pusimos en marcha temprano y cumpliendo estrictamente las normas dadas llegamos a nuestro destino pasadas las siete de la tarde. Llevábamos la tartera con la tortilla y los filetes empanados pues pensábamos cenar un poco y acostarnos previsiblemente molidos tras el viaje. En ese momento comprobé en mis propias carnes el error de no parar en los desplazamientos largos. Tras el pequeño refrigerio, ninguno de los tres estábamos cansados y decidimos ir a dar una vuelta por la ciudad. Me quedó claro que ese no estar cansados era debido a las paradas obligatorias que habíamos realizado.

Dese entonces lo tomo por norma y siempre que puedo realizo una parada técnica cada dos horas. Son unos minutos, se aprovecha para tomar algo o ir al baño y el cuerpo se tonifica y aunque se alcance algunos minutos más tarde el punto de destino, la sensación de llegar descansado es inmejorable, aparte de que la seguridad se ve incrementada al ir más frescos y despejados.

Hay muchas recomendaciones para el conductor desde todas las instancias oficiales que indican tener cuidado con los medicamentos y sus posibles interacciones, dormir lo suficiente y bien, nada de alcohol, vigilar la copiosidad de las comidas inmediatamente antes o durante el viaje, mantener una temperatura adecuada en el interior del vehículo, evitar las distracciones, combatir el aburrimiento sin recurrir a usos indebidos de móviles o tabletas y en general seguir unas pautas racionales que nos permitan no solo llegar bien a nuestro destino sino descansados y con ganas de hacer cosas.

El consejo fundamental es no tratar de vencer a la fatiga y sobre todo al sueño. Por experiencia propia diré que las ventanillas abiertas, el frío o la radio a todo volumen son trucos que no funcionan para combatir la somnolencia. La técnica que yo utilizo es mirar al espejo retrovisor exterior y si al volver la vista al frente me cuesta enfocar de nuevo la carretera es un síntoma inequívoco de cansancio que requiere una parada lo más pronto posible. Si nuestro acompañante tiene carnet de conducir y está en condiciones, lo mejor es ceder el puesto de conductor y si no es así, una cabezadita por un tiempo prudencial nos permitirá ponernos de nuevo en marcha.

Yo utilizo otro sistema complementario, que es el beber agua en sorbitos pequeños aún sin tener sed. La hidratación nunca está de más y al menos una botella de agua mineral de esas de litro y medio suele caer en los viajes con una consecuencia añadida: entran ganas de orinar que obligan sí o sí a la parada correspondiente.


domingo, 20 de marzo de 2016

DIRECTO





Los avances que nos rodean y sorprenden día a día suponen un enorme mar de posibilidades siempre que seamos libres y tengamos la capacidad de escogerlos o rechazarlos en función de nuestras necesidades o apetencias.

Cuando la televisión iba llegando a los hogares españoles allá por los años sesenta del siglo pasado, una de las «magias» que aportaba era la posibilidad que tenían los telespectadores de asistir a través de esa «ventana» a eventos en directo, en el mismo instante en que se estaban produciendo. Partidos de fútbol, corridas de toros, combates de boxeo y en general numerosos eventos deportivos y sociales podían ser contemplados cómodamente desde el sillón de casa si se disponía de aparato de televisión o desde el sillón de la casa del vecino como fue mi caso durante varios años. Ya se disponía de la parte hablada a través de las ondas de la radio, pero por mucho que locutores de la talla de Alberto Oliveras, Matías Prats y otros se esmeraran al máximo en sus alocuciones, no era lo mismo oír un partido de fútbol por la radio que verlo en la televisión, si bien yo recuerdo con mi padre el quitar la voz a la televisión y seguir el sonido por la radio: una combinación perfecta.

El enorme inconveniente que tenía este asunto era que uno tenía que estar secuestrado ante el televisor a la hora adecuada so pena de perderse el evento. Una veintena de años más tarde empezaron a llegar a los hogares los vídeos, con aquellos sus tres formatos iniciales denominados BETA, VHS y VÍDEO2000, que nos permitían grabar los programas de la televisión y verlos más tarde, en un horario a nuestra conveniencia. Yo que he sido siempre más madrugador que trasnochador, grababa los partidos de la Selección Española del Mundial de Fútbol de Méjico en 1986 que se celebraban muy tarde por la noche y me levantaba pronto para visionarlos antes de ir a trabajar. Como no me enteraba del resultado, aunque no fuera en directo, la percepción era la misma al desconocer lo que había ocurrido. Además y como premio adicional, me ahorraba los quince minutos del descanso al adelantar el vídeo a gran velocidad.

Hoy en día, las imágenes de televisión, de internet, de youtube o de cualquier otro medio o red social son factibles de obtener en la red y dejarlas grabadas en discos duros que son fácilmente reproducibles en televisores, tabletas u ordenadores en el momento, y lugar, que nos resulte más oportuno. Las ventajas son tan enormes que salvo algún acto muy puntual, tengo que reconocer que no veo en directo prácticamente nada. Todo lo grabo o descargo y me permito el lujo de elegir el momento adecuado. Las ventajas, para mí, son muchas y quedan derivadas del control del tiempo que me permite esta modalidad de «en diferido».

Si se trata de películas o programas emitidos en televisión, la principal ventaja es no tener que, si no quiero, tragarme los anuncios publicitarios o determinados momentos que pueden no interesarme: con utilizar el mando a distancia —otro enorme invento— y avanzar rápidamente, pasan de un plumazo. Otra ventaja adicional es saber de antemano el tiempo que necesitas para el visionado. Ver una película en televisión de esas que empiezan tras la cena supone no saber a qué hora te vas a poder ir a dormir incluso aunque sepas los minutos que dura la película original, pues las interrupciones quedan fuera de tu control.

Hay más ventajas y sin ser exhaustivo en la enumeración de las mismas no quiero dejarme en el tintero una que he descubierto recientemente y que uso con asiduidad, generalmente en el visionado de videos en el ordenador procedentes de plataformas como Youtube, Vimeo y similares.

Vaya de antemano que la imagen que he elegido para esta entrada es un homenaje al profesor Antonio Rodríguez de las Heras, de cuya erudición vengo disfrutando en las últimas semanas como ya he comentado en la entrada «DESAFÍOS». Seguramente sus próximas comunicaciones darán pie a algún comentario más que enriquezca este blog. La imagen pertenece a un curso MOOC, a los que estoy muy aficionado últimamente, impartido por este profesor, muy recomendable y disponible gratuitamente en la plataforma Edx y titulado «Estrategias para una sociedad del conocimiento».

Pero me estoy desviando de lo que quiero decir acorde con el tema de esta entrada. ¿No ocurre que muchas veces, cuando estamos escuchando a alguien, nos parece que se recrea en la dicción, que progresa lentamente, que sus pausas se alargan o que incluso llena de ruiditos o dejes la comunicación? Insisto para que quede bien claro que no es el caso de este profesor. A mí me pasa esto con relativa frecuencia y me gustaría que los hablantes utilizaran una velocidad normal —tendría que definir que es para mí normal— que me permita seguir con atención la charla. Ya que estamos en ello me quiero acordar de algunos lectores o lectoras, que cuando tienen la oportunidad de dar las lecturas en la misa dominical, parece que les gustaría estarse allí un par de horas aunque solo tengan que leer un par de párrafos.

Pues bien, la magia de la tecnología ha venido en mi ayuda. Cuando estoy viendo un vídeo en el ordenador, la posibilidad de aumentar o reducir la velocidad de dicción del hablante es una herramienta enorme que cada vez uso más. Vídeos de lecciones de cursos MOOC, de conferencias TED de lo más interesante y de otras cuestiones similares, pueden ser por lo general acelerados de forma conveniente de manera que me entero perfectamente de lo que se dice y me ahorro un tiempo precioso. No olvidemos además que la facilidad de utilizar los subtítulos nos puede permitir ir todavía más rápido y al grano de lo que se está diciendo sin tener que estar comiéndonos la uñas esperando con desesperación a que la comunicación avance.

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sábado, 12 de marzo de 2016

ENVÍOS





De siempre me ha parecido que la compra por correo era un gran avance que permitía acercarse a tiendas o almacenes de una manera cómoda sin importar la distancia. Por poner un ejemplo que tiene ya muchos años, una de mis primeras compras de este tipo, además en el extranjero, tuvo lugar a mediados de los años 80, concretamente en octubre de 1985, fecha que recuerdo con nitidez por estar asociada a un evento familiar importante, en que hice una encargo de varios productos a la casa inglesa Mothercare, en Londres. Fue un poco complicado el obtener un talón bancario en libras esterlinas para proceder al pago pero salvado este escollo todo funcionó con absoluta normalidad y recibí el paquete con los artículos encargados sin problemas.

La compra a distancia, por correo o ahora por internet, está basada en una confianza mutua entre el comprador y el vendedor además de canales de envío adecuados que satisfagan a ambos. Una serie de envíos y las opiniones de los usuarios validan el circuito y animan a otros a adentrarse en este mundillo que comporta innumerables ventajas. Hoy en día y basándose en el soporte de internet y los medios de pago electrónico, comprar cosas en cualquier parte del mundo es coser y cantar. Determinadas empresas que permiten este tipo de compra se han ganado mi confianza, como por ejemplo PCCOMPONENTES o AMAZON al tiempo que otras la han perdido como PIXMANÍA, no solo por el propio hecho de la compra sino por los posteriores inconvenientes en caso de surgir problemas, cuestión que me ha ocurrido con las tres mencionadas y han sido resueltas de forma rápida y satisfactoria por las dos primeras y de forma insatisfactoria o mejor y simplemente no resueltas por la tercera.

Salvada la potencia e inmediatez de la red a la hora de acceder a los artículos, sus características, sus prestaciones y sus precios, el quid de toda esta cuestión está en varios asuntos colaterales que para mí se revelan como primordiales:

·      La disponibilidad o no del artículo deseado en los almacenes de la empresa para proceder a su envío inmediato o en caso contrario información precisa de  los plazos estimados de disponibilidad, sin irse por las ramas ni engañar.
·      La posibilidad de pago por diferentes medios electrónicos seguros, entre los que cito los que mayormente utilizo yo, como son las tarjetas de crédito recargables o Paypal, que me ha demostrado en más de una ocasión su garantía en temas de intermediación y disputa por envíos no adecuados o que no han llegado a su destino.
·    El canal de envío, un tema de vital importancia para mí. Si bien en años pasados como el ejemplo que he relatado al principio de esta entrada solo existía el correo postal, ahora la diversificación es absoluta, y a este asunto, el envío, quiero dedicar la última parte de esta entrada con algunas reflexiones.

Uno de mis problemas fundamentales es el «no estar en casa» de forma continuada. En los primeros tiempos de los envíos por mensajero o «courier», el día que tenía que recibir un paquete era un día de secuestro y además, siguiendo las leyes de Murphy, la entrega llegaba justo en ese momento que habías salido cinco minutos a comprar el pan, con lo cual el porteador daba la lata a algún vecino o simplemente te dejaba la notita y se largaba. En una ocasión, con motivo de una tarjeta SIM telefónica que necesitaba, me tocó hacer ochenta kilómetros de ida y otros tantos de vuelta hasta un polígono industrial de la periferia de Madrid para poder recoger personalmente el envío.

En mis primeras compras con PCCOMPONENTES vi con satisfacción como esta empresa ampliaba su red de distribución incorporando a CORREOS como empresa distribuidora, no solo para el envío al domicilio sino ofreciendo la posibilidad de utilizar como destino la propia oficina de Correos. Un correo electrónico te avisaba de la disponibilidad y solo tenías que acercarte a la oficina elegida a recogerlo. Este mecanismo me ha permitido comprar cosas estando de vacaciones en la playa. Pero con el tiempo PCCOMPONENTES retiró este sistema de envío, supongo que por razones crematísticas, volviendo al único sistema del envío solo por mensajero. Consecuentemente, yo he dejado de comprar cosas en esa plataforma porque no estoy dispuesto a estar secuestrado en mi casa a la espera del paquete.

Antes de comentar el sistema o sistemas de AMAZON, decir que otras empresas se están poniendo las pilas e ingeniándoselas al utilizar por ejemplo gasolineras o incluso taquillas en zonas comunes como estaciones de metro o universidades a las que los usuarios pueden dirigir sus paquetes. Un código electrónico enviado al usuario por correo o vía SMS permite a este dirigirse en el momento en que le cuadre mejor y abrir la taquilla para recoger su pedido. No se pueden dar más facilidades.

Esta semana he ido personalmente a un par de tiendas a comprar un atril para mi ordenador portátil, uno concreto y no precisamente barato. No lo tenían en ninguna y he recurrido a internet. Entre los sitios vistos que lo tenían disponible estaba AMAZON. Esta empresa ha diversificado sus sistemas de envío y además de los dos descritos, mensajería y Correos en el domicilio o en la oficina, admite determinados comercios en las localidades a los que dirigir los pedidos. Yo he utilizado este sistema en mis últimas adquisiciones a mi entera satisfacción, pues puedo pasarme por la tienda elegida en el horario comercial de la misma, lo que para mí representa una comodidad.

Pero no todo es de color rosa. Cuando puse el atril en mi cesta de compra, procedí con la misma y elegí como punto de entrega la tienda, el «sistema» me dice que ese punto de entrega no es posible para esa compra concreta. ¿Cuál es la razón? Estaba comprando un artículo de otra empresa «a través de» AMAZON y tiene toda la pinta de que esa empresa, que no AMAZON, no admite envíos que no sean por mensajero y al domicilio.

En fin una venta que han perdido por el asunto del envío.





domingo, 6 de marzo de 2016

CASTIGO




Hace siete millones y medio de años, de los cuatro mil quinientos millones que se estima la vida en la Tierra, la descendencia de unos primates transitó por una vía evolutiva diferente dando lugar a la aparición de los homínidos sobre la superficie terráquea.

Hace doscientos mil años se estima que tuvo lugar la aparición de «homo sapiens», la rama de los homínidos de la que formamos parte y que es la única que ha sobrevivido tras convivir con los «homo neanderthalensis» hasta que estos se extinguieron hace unos treinta mil años.

Hace doce mil años los humanos vivían en grupos reducidos, con no más de cuarenta o cincuenta integrantes, que se conocían personalmente y se veían las caras e interaccionaban a diario unos con otros. Eran cazadores-recolectores y tenían que vivir al día, procurándose el sustento a diario y moviéndose de ubicación de forma continua en función de las estaciones y de la localización de sus fuentes de alimentación. Por decirlo de una manera básica, el que no trabajaba no comía, las reglas, muy pocas, eran estrictas y a poco que algún elemento se desviara de lo convenido en el grupo o lo dispuesto por el jefe del clan, ya sabía a qué atenerse y básicamente era eliminado directamente o expulsado del grupo, lo que suponía una muerte casi segura.

Hace seis mil años, los humanos habían abandonado su nomadismo y se habían convertido en agricultores. Ya estaban asentados en lugares concretos, se alimentaban de la agricultura y la ganadería, habían aparecido las ciudades y los grupos podían ser más numerosos al controlar la posibilidad de sustento sin tener que preocuparse de ello día a día. Habían surgido las sociedades, en las que sus integrantes ya no se conocían personalmente y eran necesarias unas normas para regular la convivencia y que todos supieran a qué atenerse en sus desenvolvimientos sociales.

Hace cerca de cuatro mil años está datado el código legal más antiguo conocido, el código de Hammurabi, que ha llegado a nuestros días porque dos mil años antes los humanos habían inventado la escritura que permitía legar información de unas generaciones a otras.

Hace mil quinientos años, en el año 476 después de Cristo, se extinguió el Imperio Romano de Occidente, dando comienzo lo que se ha llamado la Edad Media, una época oscura en la que se hacía lo que decía la Iglesia, los caudillos o los reyes y eso de los derechos sociales todavía estaba por descubrir. Los faraones egipcios o los césares romanos, símbolos del poder absoluto sobre enormes sociedades, habían quedado atrás. En Grecia había nacido la democracia pero su desarrollo real a gran escala estaba todavía por llegar a concretarse.

Hace doscientos veintisiete años se acabó el poder omnímodo y divino de reyes y papas, emergiendo el ciudadano como integrante de la sociedad. Se empiezan a elaborar las llamadas «Constituciones» en las diferentes sociedades existentes en las que los integrantes de un país se deban a sí mismos las normas para el nombramiento de sus gobernantes y se establecían las leyes bajo las cuales se iba a desarrollar la convivencia.

Y hoy en día parece que todo esto no ha servido para nada o para muy poco. Estamos (mal) conviviendo en grandes sociedades, funcionando bajo una enormidad de leyes, normas y disposiciones y cada vez más muchos tenemos la impresión de que todas esas normas no se respetan y cada uno se fabrica las suyas a su medida. Como es sabido, las normas se pueden discutir y consensuar durante el tiempo que sea necesario, pero una vez emitidas y puestas en vigor, su respeto tiene que ser estricto, pues en ello reside la base de una convivencia pacífica y respetuosa entre todos.

Pero lo que en realidad ocurre es que las normas no se cumplen. Y eso es un asunto previsto en ellas, con lo que de forma paralela se establece el castigo que sufrirá quién o quienes las incumplan. Pero hemos de tener en cuenta que si se hace algo que daña a la colectividad y no se recibe por un ello un CASTIGO adecuado, el previsto, la mala acción se enquista y se va ampliando poco a poco, pues todos quieren aquello de «parte o chivo». El castigo tiene que producirse, ser adecuado y proporcional a la falta y al que la comete: no es lo mismo un ladrón que roba una pequeña cantidad para comer que un político o banquero que nada en la abundancia y aun así hace de las suyas. Muchos de los prepotentes hoy en día lo son porque en el pasado ellos mismos u otros que cometieron similares fechorías no han recibido el suficiente y adecuado castigo, no tanto físico hoy en día como moral y social.

El castigo solo sirve para corregir hechos ya sucedidos y sobre todo prevenir que otros los cometan por temor a él. Si a un banquero corrupto, que ha esquilmado hasta la saciedad, no se le mete en cintura adecuadamente sino que se ataca al juez hasta echarle de la judicatura, lo que estamos transmitiendo a otros es que tienen patente de corso para hacer lo mismo y si es posible corregido y aumentado. «Los pequeños ladrones ven pasar a los grandes en carroza» dice un proverbio francés y se nos antoja cada vez más cierto a tenor de los últimos escándalos. No robes un euro, que irás a la cárcel, roba miles de millones y te reirás de tus congéneres desayunando caviar todos los días a su costa y mirándolos por encima del hombro.

El secreto no está en el castigo, sino en la educación. Ya decía Pitágoras «Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres». Pero la educación en humanidades no está ya bien vista, parece que lo único que se debe aprender es lo justo y necesario para trabajar y rendir. La historia no es importante y casi es mejor que no la conozcan los ciudadanos, así podrá repetirse una y otra vez sin que aprendan de ella.